I Reyes 13 Biblia Jerusalén (1998) | 34 versitos |
1 Un hombre de Dios llegó de Judá a Betel, bajo orden de Yahvé, en el momento en que Jeroboán estaba en pie sobre el altar dispuesto a quemar incienso.
2 Por orden de Yahvé, gritó al altar diciendo: "Altar, altar, así dice Yahvé: Un hijo nacerá a la casa de David, de nombre Josías. Él sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los lugares de culto, a los que queman incienso sobre ti. Se quemarán huesos humanos sobre ti."
3 Aquel día realizó un signo portentoso, diciendo: "Éste es el signo y el portento que Yahvé ha decretado. El altar se hará pedazos y las cenizas que hay sobre él quedarán esparcidas."
4 Cuando el rey oyó lo que el hombre de Dios gritaba contra el altar de Betel, extendió Jeroboán su mano desde lo alto del altar diciendo: "Prendedlo." Pero la mano extendida quedó seca y no podía volverla hacia sí.
5 El altar se hizo pedazos y las cenizas que había sobre el altar quedaron esparcidas, conforme al signo portentoso que había realizado el hombre de Dios por orden de Yahvé.
6 Respondió el rey al hombre de Dios: "Aplaca, por favor, el rostro de Yahvé tu Dios, para que mi mano pueda volver a mí." El hombre de Dios aplacó el rostro de Yahvé y la mano del rey volvió hacia él y quedó como antes.
7 El rey dijo al hombre de Dios: "Entra a palacio conmigo para reconfortarte y te haré un regalo."
8 El hombre de Dios replicó al rey: "Aunque me dieras la mitad de tu palacio, no entraré contigo. No comeré pan ni beberé agua en este lugar,
9 porque así me ha sido ordenado a través de la palabra de Yahvé: "No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que has ido"."
10 Y se fue por otro camino, no volvió por el camino por donde había venido a Betel.
11 Un anciano profeta vivía en Betel. Sus hijos vinieron y le contaron cuanto el hombre de Dios había hecho aquel día en Betel y las palabras que había dicho al rey.
12 Cuando terminaron su relato, el padre les preguntó: "¿Por qué camino se ha ido?" Sus hijos le mostraron el camino por el que se había ido el hombre de Dios venido de Judá.
13 Dijo a sus hijos: "Aparejadme el asno." Aparejaron el asno y se montó en él.
14 Fue en pos del hombre de Dios y lo encontró sentado bajo el terebinto. Le preguntó: "¿Eres tú el hombre de Dios que ha venido de Judá?" Él respondió: "Yo soy."
15 Le dijo: "Ven conmigo a casa y toma algo de comer."
16 Respondió: "No puedo volver contigo ni entrar en tu casa. No puedo comer pan ni beber agua en este lugar
17 porque he recibido orden, por la palabra de Dios: "No comerás pan ni beberás agua ni volverás por el camino por el que viniste"."
18 Pero él le dijo: "También yo soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por orden de Yahvé diciendo: "Hazle volver contigo a tu casa y que coma pan y beba agua"", pero le estaba mintiendo.
19 Lo hizo volver y comió pan y bebió agua en su casa.
20 Estando ellos sentados a la mesa, llegó la palabra de Dios al profeta que lo había hecho volver.
21 Éste gritó al hombre de Dios venido de Judá: "Así dice Yahvé: Has desobedecido la voz de Yahvé y no has guardado la orden que Yahvé tu Dios te había dado,
22 sino que has vuelto y has comido pan y bebido agua en el lugar del que dijo: "No comerás pan y no beberás agua". Por ello, tu cadáver no acabará en la tumba de tus antepasados."
23 Después que hubo comido y bebido, le aparejó su asno (al profeta al que había hecho volver).
24 Éste partió, y un león le salió al encuentro en el camino y lo mató; su cadáver yacía en el camino, el asno de pie junto a él y el león erguido también junto al cadáver.
25 Algunos hombres que pasaban vieron el cadáver tirado en el camino y al león de pie junto al cadáver; fueron y lo contaron en la ciudad en la que vivía el anciano profeta.
26 Lo oyó el profeta que le había hecho volver del camino, y dijo: "Es el hombre de Dios que desobedeció la orden de Yahvé, y Yahvé lo ha entregado al león, que lo ha destrozado y matado, según la palabra que Yahvé le dijo."
27 Habló a sus hijos diciendo: "Aparejadme el asno". Se lo aparejaron.
28 Marchó y encontró el cadáver tendido en el camino, y al asno y al león de pie junto al cadáver. El león no había devorado el cadáver ni había descuartizado al asno.
29 El profeta recogió el cadáver del hombre de Dios, lo acomodó sobre el asno y lo volvió a llevar a la ciudad para enterrarlo.
30 Depositó el cadáver en su propio sepulcro, y entonaron lamentaciones por él: "¡Ay, hermano mío!"
31 Después de enterrarlo, dijo a sus hijos: "Cuando yo muera, enterradme en el sepulcro en el que el hombre de Dios está enterrado. Donde están sus huesos poned los míos,
32 porque se ha de cumplir la palabra que, por orden de Yahvé, gritó contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los lugares altos que hay en las ciudades de Samaría."
33 Tras esto, Jeroboán no se volvió de su mal camino, siguió consagrando para los lugares de culto sacerdotes tomados de entre el pueblo común; a todo el que lo deseaba, lo consagraba sacerdote de los lugares de culto.
34 Este proceder condujo al pecado a la casa de Jeroboán y a su perdición y exterminio de la superficie de la tierra.

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Introducción a I Reyes

Los libros de los Reyes, como los de Samuel, constituían una sola obra en la Biblia hebrea. Corresponden a los dos últimos libros de los Reinos en la traducción griega, y de los Reyes en la Vulgata.

Son la continuación de los libros de Samuel, y 1 R 1-2 contiene la parte final del gran documento de 2 S 9-20. La larga narración del reinado de Salomón, 1 R 3-11, detalla la excelencia de su sabiduría, el esplendor de sus construcciones, sobre todo del Templo de Jerusalén, y la abundancia de sus riquezas. Es ciertamente una época gloriosa, pero el espíritu conquistador del reino de David ha desaparecido: se conserva, se organiza y, sobre todo, se saca partido de los triunfos de David. Se mantiene la oposición entre las dos fracciones del pueblo, y a la muerte de Salomón, en 931, el reino se divide: las diez tribus del Norte llevan a cabo una secesión agravada por un cisma religioso, 1 R 12-13. La historia paralela de los dos reinos de Israel y Judá se desarrolla de 1 R 14 a 2 R 17: con frecuencia es la historia de las luchas entre estos reinos hermanos, es también la de los asaltos del exterior por parte de Egipto contra Judá y de los arameos por el Norte. El peligro arrecia cuando los ejércitos asirios intervienen en la región, primero en el siglo IX, con más fuerza en el siglo VIII, cuando Samaría cae bajo sus golpes el 721, mientras que Judá se ha declarado ya vasallo. La historia, limitada ya a Judá, prosigue hasta la ruina de Jerusalén el 587 en 2 R 18-25 21. La narración se alarga al tratar de dos reinados, el de Ezequías, 2 R 18-20, y el de Josías, 2 R 22-23, marcados por un despertar nacional y una reforma religiosa. Los grandes acontecimientos políticos son entonces la invasión de Senaquerib bajo Ezequías el 701, en respuesta a la denegación del tributo asirio y, bajo Josías, la ruina de Asiria y la formación del imperio caldeo. Judá hubo de someterse a los nuevos amos de Oriente, pero pronto se rebeló. El castigo no se hizo esperar: el 597, los ejércitos de Nabucodonosor conquistaron Jerusalén y llevaron cautivos a una parte de sus habitantes; diez años después un amago de independencia provocó una segunda intervención de Nabucodonosor, que terminó el 587 con la ruina de Jerusalén y una segunda deportación. Reyes concluye con dos breves apéndices, 2Re_25:22-30.

La obra cita nominalmente tres de sus fuentes, una Historia de Salomón, los Anales de los reyes de Israel y los Anales de los reyes de Judá, pero también existieron otras: además de la parte final del gran documento davídico, 1 R 1-2, una descripción del Templo, de origen sacerdotal, 1 R 6-7, y, sobre todo, una historia de Elías compuesta hacia fines del siglo IX y una historia de Eliseo un poco posterior; estas dos historias forman la base de los ciclos de Elías, 1 R 17 - 2 R 1, y de Eliseo, 2 R 2-13. Los relatos del reinado de Ezequías que presentan en escena a Isaías, 2Re_18:17-20:19, provienen de los discípulos de este profeta.

Cuando la utilización de las fuentes no lo impide, los sucesos quedan encerrados en un marco uniforme: se trata cada reinado como una unidad independiente y completa, su comienzo y su fin se señalan casi con las mismas fórmulas, en las que jamás falta un juicio sobre la conducta religiosa del rey. Se condena a todos los reyes de Israel a causa del pecado original de este reino, la fundación del santuario de Betel; entre los reyes de Judá, ocho solamente son alabados por su fidelidad general a las prescripciones de Yahvé. Pero esta alabanza queda restringida seis veces por la observación de que los altos no desaparecieron; únicamente Ezequías y Josías reciben una aprobación sin reservas.

Estos juicios se inspiran evidentemente en la ley del Deuteronomio sobre la unidad del santuario. Más aún: el descubrimiento del Deuteronomio bajo Josías y la reforma religiosa que inspiró señalan el punto culminante de toda esta historia, y toda la obra es una demostración de la tesis fundamental del Deuteronomio, repetida en 1 R 8 y 2 R 17: si el pueblo observa la alianza concluida con Dios, será bendecido; si la rompe, será castigado. Este influjo deuteronomista se encuentra también en el estilo, siempre que el redactor desarrolla o comenta sus fuentes.

Es probable que una primera redacción deuteronomista fuera hecha antes del Destierro, antes de la muerte de Josías en Meguidó el 609, y la alabanza otorgada a este rey, 2Re_23:25 (menos las últimas palabras) sería la conclusión de la obra primitiva. Una segunda edición, asimismo deuteronomista, se hizo durante el Destierro: después del 562, si se le atribuye el final del libro, 2Re_25:22-30, o algo antes si ponemos su punto final después del relato de la segunda deportación, 2Re_25:21, que tiene trazas de ser una conclusión. Hubo, finalmente, algunas adiciones, durante y después del Destierro.

Los libros de los Reyes se han de leer con el espíritu con que fueron escritos, como una historia de salvación: la ingratitud del pueblo elegido, la ruina sucesiva de las dos fracciones de la nación parecen llevar al fracaso el plan de Dios; pero siempre queda, para defender el futuro, un grupo de fieles que no han doblado las rodillas ante Baal, un resto de Sión que guarda la Alianza. La firmeza de las disposiciones divinas se manifiesta en la admirable subsistencia del linaje davídico, depositario de las promesas mesiánicas, y el libro, en su forma definitiva, se cierra con la gracia concedida a Jeconías, como aurora de una redención.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] 2Re_23:15-16

NOTAS

13:2 «se quemarán» hebr.; «quemará» versiones. -Este anuncio, cuya precisión es extraña al género profético, ha sido añadido al oráculo primitivo, que se limitaba a 1Re_13:3.



NOTAS

13:6 El hebr. añade: «y ruega por mí», ausente de las versiones.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Núm_22:18


NOTAS

13:11 El «profeta», nabí, en esta época representa una clase de inspirados inferior al verdadero «hombre de Dios». Comparar a Elías y Eliseo con los «hijos de los profetas», 2 R 2, etc., y ver Amó_7:14.

NOTAS

13:12 «le mostraron» versiones; «vieron» hebr.

NOTAS

13:16 El hebr. está algo recargado.

NOTAS

13:18 Para probarle. La continuación del relato, en estilo popular muy acusado, enseña esta lección: que las órdenes divinas exigen una sumisión absoluta; el hombre de Dios no debió dudar de la orden recibida ni aun cuando un ángel de Dios le hubiera dicho lo contrario, ver Gál_1:8.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jer_22:18


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] 2Re_23:17-18