I Crónicas 16 Biblia Jerusalén (1998) | 43 versitos |
1 Introdujeron el arca de Dios y la colocaron en medio de la Tienda que David había hecho levantar para ella; y ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión en presencia de Dios.
2 Cuando David hubo acabado de ofrecer los holocaustos y sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre de Yahvé,
3 y repartió a todo el pueblo de Israel, hombres y mujeres, a cada uno una torta de pan, un pastel de dátiles y un pastel de pasas.
4 David determinó los levitas que habían de hacer el servicio delante del arca de Yahvé para celebrar, glorificar y alabar a Yahvé, el Dios de Israel.
5 Asaf era el jefe; Zacarías era el segundo; luego Uziel, Semiramot, Yejiel, Matitías, Eliab, Benaías, Obededón y Yeiel, con salterios y cítaras. Asaf hacía sonar los címbalos.
6 Los sacerdotes Benaías y Yajaziel tocaban sin interrupción las trompetas delante del arca de la alianza de Dios.
7 Aquel día David, alabando el primero a Yahvé, entregó a Asaf y a sus hermanos este canto:
8 ¡Dad gracias a Yahvé, invocad su nombre, divulgad entre los pueblos sus hazañas!
9 ¡Cantadle, tañed para él, recitad todas sus maravillas;
10 gloriaos en su santo Nombre, se alegren los que buscan a Yahvé!
11 ¡Buscad a Yahvé y su poder, id tras su rostro sin tregua,
12 recordad todas sus maravillas, sus prodigios y los juicios de su boca!
13 Raza de Israel, su siervo, hijos de Jacob, su elegido:
14 él, Yahvé, es nuestro Dios, sus juicios afectan a toda la tierra.
15 Él se acuerda siempre de su alianza, palabra que impuso a mil generaciones,
16 aquello que pactó con Abrahán, el juramento que hizo a Isaac,
17 que puso a Jacob como precepto, a Israel como alianza eterna:
18 diciendo: "Te daré la tierra de Canaán como lote de vuestra herencia".
19 Cuando erais poco numerosos, gente de paso y forasteros,
20 vagando de nación en nación, yendo de un reino a otro pueblo,
21 a nadie permitió oprimirlos, por ello castigó a los reyes:
22 "Guardaos de tocar a mis ungidos no hagáis daño a mis profetas."
23 Cantad a Yahvé toda la tierra anunciad su salvación día tras día.
24 Contad su gloria a las naciones, sus maravillas a todos los pueblos.
25 Pues grande es Yahvé y digno de alabanza, más temible que todos los dioses.
26 Pues nada son los dioses paganos, pero Yahvé hizo los cielos.
27 Gloria y majestad están ante él, fortaleza y alegría en su Morada.
28 ¡Tributad a Yahvé, familias de los pueblos, tributad a Yahvé gloria y poder!
29 Tributad a Yahvé la gloria de su nombre. Traed ofrendas, entrad en sus atrios. Postraos ante Yahvé en el atrio sagrado
30 ¡Tiemble en su presencia toda la tierra! El orbe está seguro, no vacila.
31 ¡Alégrense los cielos, goce la tierra! Decid a las naciones: "¡Yahvé es rey!"
32 ¡Retumbe el mar y cuanto encierra! ¡Exulte el campo y cuanto hay en él!
33 Griten de júbilo los árboles de los bosques ante Yahvé, pues viene a juzgar la tierra.
34 ¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno, porque es eterna su misericordia!
35 Y decid: "¡Sálvanos, Yahvé, Dios nuestro, reúnenos de entre las naciones, para dar gracias a tu santo Nombre y honrarnos cantando tu alabanza!"
36 ¡Bendito Yahvé, Dios de Israel, desde siempre y para siempre!" Y todo el pueblo dijo: "Amén." Y alabó a Yahvé.
37 David dejó allí, ante el arca de la alianza de Yahvé, a Asaf y a sus hermanos, para el ministerio continuo delante del arca, según el rito de cada día;
38 y a Obededón, con sus hermanos, en número de sesenta y ocho, y a Obededón, hijo de Yedutún, y a Josá, como porteros;
39 y al sacerdote Sadoc y a sus hermanos, los sacerdotes, delante de la Morada de Yahvé, en el alto de Gabaón,
40 para que ofreciesen continuamente holocaustos a Yahvé en el altar de los holocaustos, por la mañana y por la tarde, según todo lo escrito en la Ley que Yahvé había mandado a Israel.
41 Con ellos estaban Hemán y Yedutún y los restantes escogidos y nominalmente designados para alabar a Yahvé: "Porque es eterno su amor."
42 Y con ellos, Hemán y Yedutún, que hacían sonar trompetas, címbalos e instrumentos para los cánticos de Dios. Los hijos de Yedutún eran porteros.
43 Luego, todo el pueblo se fue, cada cual a su casa; también David se volvió para bendecir su casa.

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Introducción a I Crónicas

LOS LIBROS DE LAS CRÓNICAS DE ESDRAS Y NEHEMÍAS

Introducción
El AT comprende un segundo grupo de libros históricos que en gran parte reiteran y luego prosiguen la historia deuteronomista que abarca de Josué al fin de los Reyes. Se trata de los dos libros de las Crónicas, y además del libro de Esdras y, según la opinión común, del libro de Nehemías. Los dos libros de las Crónicas formaban primitivamente uno solo, y los libros de Esdras y Nehemías integraban el mismo conjunto, obra de un solo autor. No sólo encontramos en ellos el mismo estilo y las mismas ideas fundamentales, sino que la repetición, al comienzo de Esd 1, de los versículos con que concluye 2 Cro 36, certifica la unidad de composición.

Son, pues, los libros de las Crónicas (según el título hebreo; la Biblia griega y la Vulgata los llaman «Paralipómenos», es decir, los libros que refieren las «cosas omitidas», que añaden un complemento) obra del Judaísmo postexílico, de una época en que el pueblo, privado de su independencia política, gozaba con todo de una especie de autonomía reconocida por los dueños del Oriente: vivía bajo la dirección de sus sacerdotes, según las reglas de su ley religiosa. El Templo y sus ceremonias eran el centro de la vida nacional. Pero este marco legalista y ritual recibe vida de una corriente de piedad personal, de las doctrinas sapienciales, del recuerdo de las glorias o de las debilidades del pasado y de la confianza en las promesas de los profetas.

El autor de las Crónicas, un levita de Jerusalén, es profundamente adicto a este medio.

Escribe después de Esdras y Nehemías, bastante tiempo después, puesto que puede combinar a su gusto las fuentes que a aquéllos se refieren. La fecha más probable parece ser el comienzo de la época griega, antes del año 300 a. C. El libro recibió después adiciones procedentes de una o de varias manos. En especial fueron ampliados los cuadros genealógicos de 1 Cro 2-9 y se añadieron listas de nombres, probablemente las de los partidarios de David, 1 Cro 12, las de sacerdotes y levitas, 1 Cro 15, y la larga adición de 23:3-27:34, que es un recuento del personal cultual y administrativo de David.

Estos complementos, que posiblemente utilizaron excelentes documentos, siguen la línea de pensamiento del Cronista.

Muestra gran interés por el Templo. El clero desempeña en su obra un papel preeminente: no sólo los sacerdotes y los levitas, según el espíritu del Deuteronomio y de los textos sacerdotales del Pentateuco, sino también las clases inferiores del clero, los porteros y los cantores, equiparados en adelante a los levitas. La santificación del clero se extiende a los seglares mediante la participación de éstos en los sacrificios de comunión, que ante el Cronista recuperan su antigua importancia. Esta comunidad santa no se restringe exclusivamente a los de Judá: por encima de la apostasía del reino de Israel, del que habla lo menos posible, se imagina a las Doce Tribus unidas bajo el cetro de David y, por encima de las circunstancias del momento, espera la reunión de todos los hijos de Israel. Ni aun los mismos paganos quedan excluidos de la oración del Templo. «Israel» es para él todo el pueblo fiel, con el que Dios había concertado en otro tiempo una alianza y con el que ha renovado aquella alianza en la persona de David. Bajo David se realizaron mejor que nunca las condiciones de la teocracia del reino de Dios sobre la tierra; y en el espíritu de David debe vivir la comunidad, con un afán constante de reforma que es una vuelta a las tradiciones, para que Dios le conserve su favor y cumpla sus promesas.

El centro de interés permanente de esta larga historia es el Templo de Jerusalén y su culto, desde los preparativos bajo David hasta la restauración llevada a cabo por la comunidad vuelta del Destierro.

Estos grandes pensamientos del Cronista explican la composición de su obra. Los primeros caps., 1 Cro 1-9, ofrecen listas genealógicas que se detienen más en la tribu de Judá y la descendencia de David, en los levitas y en los habitantes de Jerusalén. Esto sirve de introducción a la historia de David, que ocupa todo el final del primer libro, 10-29. Se omiten las desavenencias con Saúl, así como el pecado con Betsabé, los dramas de familia y las rebeliones, pero se da relieve a la profecía de Natán, 17, y se concede una importancia considerable a las instituciones religiosas: traslado del arca y organización del culto en Jerusalén, 13, 15-16, preparativos para la construcción del Templo, 21-29. David ha levantado el plano, reunido los materiales, ha organizado las funciones del clero hasta en los detalles, y ha dejado la realización a su hijo Salomón. En la historia de éste, 2 Cro 1-9, la construcción del Templo, la oración del rey en la dedicación y las promesas con que Dios corresponde, ocupan la mayor parte. A partir del cisma, el Cronista sólo se preocupa del reino de Judá y de la dinastía davídica. A los reyes se les juzga conforme a su fidelidad o infidelidad a los principios de la alianza, según se aproximen o se aparten del modelo dado por David, 2 Cro 10-36. A los desórdenes siguen las reformas, y las más profundas de éstas son las de Ezequías y Josías; este último rey tiene sucesores impíos que precipitan el desastre, pero las Crónicas concluyen con la autorización dada por Ciro para reconstruir el Templo. Continuación de estas Crónicas, como hemos dicho, son los libros de Esdras y Nehemías.

Para escribir esta historia, el autor se ha valido, en primer lugar, de los libros canónicos: Génesis y Números para las listas del comienzo, y sobre todo Samuel y Reyes. Los utiliza con libertad, elige lo que cuadra a su propósito, añade y corta. Con todo, jamás cita estas fuentes esenciales que nosotros podemos verificar. En cambio, se refiere a cierto número de otras obras, «libros» de los reyes de Israel o de los reyes de Israel y de Judá, un «midrás» del libro de los Reyes, «palabras» o «visiones» de tal o cual profeta, etc. Estos escritos son desconocidos para nosotros y se discute respecto a su contenido y sus mutuas relaciones. Probablemente describían los diversos reinos a la luz de las intervenciones proféticas. Es dudoso que el Cronista se haya valido también de tradiciones orales.

Puesto que el Cronista ha dispuesto de fuentes que nosotros ignoramos y que podían ser dignas de fe, no hay razón para desconfiar, en principio, de todo lo que añade a los libros canónicos que nosotros conocemos. Se ha de examinar cada caso en sí, e investigaciones recientes han vindicado en diversos puntos al Cronista del descrédito en que le tenían muchos exegetas. Pero también se da el caso de que presente noticias incompatibles con el cuadro que trazan Samuel o los Reyes, o bien que modifique a sabiendas lo que dicen estos últimos libros. Este procedimiento —que no tendría excusa en ningún historiador moderno, cuya misión es narrar y explicar la sucesión de los hechos— se justifica por la intención del autor; él no es un historiador, es un teólogo que, a la luz de las experiencias antiguas y, sobre todo, de la experiencia davídica, «medita» sobre las condiciones del reino ideal; hace que el pasado, el presente y el futuro confluyan en una síntesis: proyecta sobre la época de David toda la organización cultual que tiene ante sus ojos, omite todo lo que pudiera empequeñecer a su héroe. Fuera de los datos nuevos que contiene y cuyo valor se puede verificar, su obra no vale tanto para reconstruir el pasado como para ofrecernos un cuadro del estado y de las preocupaciones de su época.

Porque el Cronista escribe para sus contemporáneos. Les recuerda que la vida de la nación depende de su fidelidad a Dios y que esta fidelidad se expresa mediante la obediencia a la ley y a la regularidad de un culto animado por la verdadera piedad. Quiere hacer de su pueblo una comunidad santa, en cuyo favor se realizarán las promesas hechas a David. Los hombres religiosos del Judaísmo contemporáneo de Cristo vivirán en este espíritu, a veces con desviaciones que él no había previsto. Su enseñanza sobre la primacía de lo espiritual y sobre el gobierno divino de todos los acontecimientos del mundo tiene un valor permanente; deberíamos meditarlo en una época como la nuestra, en que la invasión de lo profano parece retrasar indefinidamente el establecimiento del reino de Dios.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas


NOTAS

16:4 Con mayor legitimidad que el continuador en 1Cr_5:16-24, el Cronista no sitúa el comienzo del servicio hímnico hasta después de la instalación del arca en la tienda. Según él toda la liturgia del Templo se remonta a David, conformándose ya a las prescripciones del Código sacerdotal.



NOTAS

16:5 «Uziel», ver 1Cr_15:18; «Yeiel» hebr.

NOTAS

16:7 Este himno se compone de fragmentos de los Sal 105, 96 y 106, con algunas variantes textuales.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |Sal_105:1-15


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |Sal 96


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |Sal_106:1; Sal_106:47-48


NOTAS

16:38 Yedutún, conocido asimismo por los títulos de los Sal 39, 62 y 77, es el mismo Etán. Aquí es el padre de Obededón, 1Cr_16:38, y por tanto uno de los porteros, 1Cr_16:42. Algunos levitas de la época de Nehemías descendían de él, Neh_11:17; 1Cr_9:16. Sobre Josá, ver 1Cr_26:10.

NOTAS

16:39 El santuario de Gabaón había tomado quizá el puesto del de Silo después de la captura del arca por los filisteos. Será «el alto principal» bajo Salomón, 1Re_3:4-15. El Cronista tiene en cuenta esta situación histórica y la justifica diciendo que la «Morada», la Tienda del desierto, había quedado allí erigida, ver también 1Cr_21:29; 2Cr_1:3. En consecuencia divide el personal del culto entre el santuario de la Morada y el nuevo santuario del arca, en Jerusalén.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |2Sa_6:19-20