Job  4 Biblia Jerusalén (1998) | 21 versitos |
1 Elifaz de Temán respondió así:
2 ¿Aguantarás si alguien te dirige la palabra? ¡Pero es que no se puede guardar silencio!
3 Tú que a tantos dabas lecciones, que fortalecías las manos débiles;
4 tus consejos animaban al vacilante, robustecías las rodillas inseguras.
5 ¿Y ahora que te toca no aguantas, te llega el turno y te espantas?
6 ¿No era tu piedad tu confianza, no era tu integridad tu esperanza?
7 Recuerda: ¿qué inocente ha perecido? ¿Dónde has visto al justo exterminado?
8 Soy testigo: quienes cultivan maldad y siembran desgracia, las cosechan.
9 Ante el aliento de Dios perecen, ante el soplo de su cólera fenecen.
10 Ruge el león, gruñe la fiera, pero a los cachorros les arrancan los dientes.
11 Muere el león por falta de presa, las crías de la leona se dispersan.
12 He tenido una revelación furtiva, mis oídos han captado su susurro.
13 Cuando las visiones nocturnas provocan ansiedad, cuando los hombres se rinden al sopor,
14 fui presa de terror y agitación, que estremecieron todos mis huesos.
15 Se deslizó por mi rostro un viento que erizó el vello de mi cuerpo.
16 ... Se alzó. No reconocí su rostro, pero su imagen seguía ante mis ojos. Silencio... Después oí una voz:
17 "¿Puede un mortal ser justo ante Dios, puro un hombre ante su Hacedor?
18 Si ni siquiera confía en sus siervos y hasta en sus ángeles percibe defectos,
19 ¿qué decir de los que viven entre adobes, en casas construidas sobre el polvo? Se les aplasta lo mismo que a polilla,
20 de la mañana a la noche se derrumban, desaparecen y nadie lo advierte.
21 Les arrancan las cuerdas de su tienda, mueren desprovistos de sabiduría".

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Introducción a Job 

LOS LIBROS SAPIENCIALES

Introducción
Se da el nombre de «libros sapienciales» a cinco libros del Antiguo Testamento: Job, Proverbios, Eclesiastés, Eclesiástico y Sabiduría. Se les suele añadir con bastante impropiedad los Salmos y el Cantar de los Cantares. Representan una corriente de pensamiento que se halla también en una parte de los libros de Tobías y Baruc.

Esta literatura sapiencial floreció en todo el Antiguo Oriente. Egipto produjo escritos de sabiduría a lo largo de su historia. En Mesopotamia, desde la época sumeria, se compusieron proverbios, fábulas y poemas sobre el sufrimiento, que se han comparado con Job. Esta sabiduría mesopotámica llegó a Canaán: se han encontrado en Ras Samra textos sapienciales escritos en acádico. La Sabiduría de Ajicar, que es de origen asirio y que fue traducida a varias lenguas antiguas, procede de ambientes de lengua aramea. Esta sabiduría es internacional. Manifiesta pocas preocupaciones religiosas y se desenvuelve en el orden profano. Ilustra el destino de los individuos, no por medio de una reflexión filosófica al estilo de los griegos, sino recogiendo los frutos de la experiencia. Es un arte de bien vivir y una señal de buena educación. Enseña al hombre a acomodarse al orden del universo y debería darle los medios para ser feliz y prosperar. Pero esto no siempre ocurre y esta experiencia justifica el pesimismo de algunas obras de sabiduría, tanto en Egipto como en Mesopotamia.

Los israelitas conocieron esta sabiduría. El mayor elogio que la Biblia cree hacer de la sabiduría de Salomón es que superaba a la de los hijos de Oriente y a la de Egipto, 1Re_5:10 [1Re_4:30]. Los sabios árabes y edomitas gozaban de renombre, Jer_49:7; Bar_3:22-23; Abd_1:8. Job y los tres sabios, amigos suyos, viven en Edom. El autor de Tobías conocía la Sabiduría de Ajicar, y Pro_22:17-23:11 sigue de cerca las máximas egipcias de Amenemope. A Hemán y Etán, sabios de Canaán, se les atribuye varios salmos, según 1Re_5:11 [1Re_4:31]. El libro de los Proverbios contiene las Palabras de Agur, Pro_30:1-14, y las Palabras de Lemuel, Pro_31:1-9, ambos originarios de Masá, tribu del norte de Arabia, Gén_25:14.

No es de extrañar que las primeras obras sapienciales de Israel se asemejen en gran medida a las de sus vecinos: todos ellos proceden del mismo suelo. Las partes antiguas de los Proverbios apenas contienen otra cosa que preceptos de sabiduría humana. Con la excepción del Eclesiástico y de la Sabiduría, que son los más recientes, los libros sapienciales no abordan los grandes temas del Antiguo Testamento: la Ley, la Alianza, la Elección, la Salvación. Los sabios de Israel no muestran inquietud por la historia y el futuro de su pueblo, sino que escrutan el destino de los individuos, como sus colegas orientales.

Pero lo consideran bajo un punto de vista más elevado, el de la religión yahvista. Por esto, y a pesar del origen común y de tantas semejanzas, existe en favor de la sabiduría israelita una diferencia esencial que se acentúa con el progreso de la revelación. En efecto, la oposición sabiduría-locura se trueca en oposición entre justicia e iniquidad, entre piedad e impiedad. La verdadera sabiduría es efectivamente el temor de Dios, y el temor de Dios es la piedad. Si la sabiduría oriental es un humanismo, podría decirse que la sabiduría israelita es un «humanismo devoto». Pero este valor religioso de la sabiduría ha venido aflorando poco a poco. El término hebreo más usado referente a la sabiduría tiene un sentido complejo: puede designar la habilidad manual o profesional, el sentido político, el discernimiento y también la astucia, el acierto, el arte de la magia. Esta sabiduría humana puede ejercerse para el bien y para el mal, y esta ambigüedad justifica los juicios desfavorables que los profetas pronuncian sobre los sabios, por ejemplo, Isa_5:21; Isa_29:14; Jer_8:9. Esa ambigüedad puede explicar también que se haya tardado tanto en hablar de la sabiduría de Yahvé, aunque sea Yahvé quien se la da a los hombres (si bien ya en Ugarit la sabiduría era el atributo del gran dios El). Únicamente en escritos postexílicos se llegará a decir que sólo Dios es sabio, con una sabiduría trascendente que el hombre ve actuando en la creación, pero que él no es capaz de escrutar, Jb 28; 38-39; Sir_1:1-10; Sir_16:24 s; Sir_39:12 s; Sir_42:15-43:33, etc. En el gran prólogo que encabeza Proverbios, Pr 1-9, la Sabiduría divina habla como una persona, está a la vez presente en Dios desde la eternidad y actúa con él en la creación, sobre todo Pro_8:22-31. En Job 28, aparece como distinta de Dios, que es el único que sabe dónde se oculta aquella. En Si 24, la propia Sabiduría dice de sí que procede de la boca del Altísimo, que mora en los cielos y que Yahvé la envía a Israel. En Sab_7:22-8:1, es una emanación de la gloria del Omnipotente, una imagen de su bondad. Así, la Sabiduría, atributo de Dios, se separa de él y se convierte casi en una hipóstasis. En el ámbito de la fe del Antiguo Testamento, estas expresiones tan vigorosas rebasan los límites de una personificación literaria, pero mantienen su misterio y preparan la revelación de las Personas Divinas. El Logos de San Juan está a la vez, como esta Sabiduría, en Dios y fuera de Dios, y todos estos grandes textos justifican el título de «Sabiduría de Dios» que san Pablo da a Cristo, 1Co_1:24. Como el destino de los individuos era la preocupación dominante de los sabios, el problema de la retribución tenía para ellos una importancia capital. Y la doctrina evoluciona en su ambiente y por su reflexión. En las partes antiguas de Proverbios, la sabiduría, es decir, la justicia, lleva necesariamente a la felicidad, y la locura, es decir, la iniquidad lleva a la ruina. Dios es quien premia así a los buenos y castiga a los malos. Ésta es todavía la posición del prólogo de los Proverbios, Pro_3:33-35; Pro_9:6 y 18. Esta doctrina es, por consiguiente, el fundamento de la enseñanza de sabiduría y se deduce del hecho de que el mundo es gobernado por un Dios sabio y justo. Trata de recurrir a la experiencia, pero la experiencia la contradice a menudo. Esto es lo que expone de una manera dramática el libro de Job, en el que los tres amigos defienden la tesis tradicional. Mas para el problema del justo desgraciado no hay respuesta que satisfaga al espíritu, si nos atenemos a la retribución terrena; no hay más remedio que adherirse a Dios por la fe, a pesar de todo. El Eclesiastés, por muy diferente que sea su tono, no da una solución distinta; subraya igualmente la insuficiencia de las respuestas corrientes, y niega que sea posible pedir cuentas a Dios y exigir la felicidad como algo debido. El Eclesiástico sigue fiel a la misma doctrina, exalta la felicidad del sabio, 14:20-15:10, pero le obsesiona la idea de la muerte y sabe que todo depende de esta última hora: dice que «es fácil al Señor, el día de la muerte, pagar a cada uno según su proceder», Sir_11:26, ver Sir_1:13; Sir_7:36; Sir_28:6; Sir_41:9. Presiente la doctrina de los «novísimos», pero no la expresa claramente. Poco despues de él, Dan_12:2 formulará explícitamente la fe en una retribución de ultratumba, y esta fe estará en él unida a la fe en la resurrección de los muertos, ya que la mentalidad hebrea no concibe una vida del espíritu separado de la carne. En el Judaísmo alejandrino, el progreso se realizará por camino paralelo y avanzará aún más. Como la filosofía platónica había liberado al pensamiento hebreo de sus ataduras con la teoría del alma inmortal, el libro de la Sabiduría afirma que «Dios creó al hombre incorruptible», Sab_2:23, y que el alma fiel gozará, después de la muerte, de una felicidad sin fin junto a Dios, mientras que los impíos recibirán su castigo, Sab_3:1-12. Al fin se ha dado la respuesta al gran problema de los sabios de Israel.

La forma más simple y más antigua de la literatura sapiencial es el mâsâl. Este es, en plural, el título del libro que nosotros llamamos «Proverbios». El mâsâl es, más exactamente, una fórmula sorprendente que cautiva la atención, un dicho popular o una máxima. Las colecciones antiguas de los Proverbios sólo contienen sentencias breves. Luego, el mâsâl se desarrolla, se hace parábola o alegoría, discurso o razonamiento. Esta evolución, sensible ya en las pequeñas secciones añadidas a los Proverbios y más aún en el prólogo, Pr 1-9, se precipita en los libros siguientes: Job o la Sabiduría son grandes obras literarias.

Por encima de todas estas formas literarias, aun las más simples, el origen de la sabiduría ha de buscarse en la vida de familia o de clan. Las observaciones sobre la naturaleza y sobre los hombres, acumuladas de generación en generación, se expresaron en sentencias, en dichos de campesinos, en breves apólogos, que contenían una aplicación moral y que servían de reglas de conducta. El mismo origen puede atribuirse a las primeras formulaciones del derecho consuetudinario, que en ocasiones coinciden, en su contenido y no solamente en su forma, con las sentencias de sabiduría. Esta corriente de la sabiduría popular prosiguió paralelamente a la formación de las colecciones sapienciales. De aquélla provienen, por ejemplo, los proverbios de 1Sa_24:14 [1Sa_24:13]; 1Re_20:11, la fábula de Jue_9:8-15 y la de 2Re_14:9, y los profetas mismos los han utilizado, por ejemplo, Isa_28:24-28; Jer_17:5-11.

La brevedad de las sentencias, que así se imprimen en la memoria, las hacía aptas para la enseñanza oral. El padre o la madre se las enseña a su hijo, Pro_1:8; Pro_4:1; Pro_31:1; Sir_3:1, y el maestro seguirá llamando «hijo» al discípulo a quien forma, porque los sabios hacen escuela, Sir_51:23, Sir_51:26; ver Pro_7:1 s; Pro_9:1 s. La sabiduría se convierte en privilegio de la clase instruida, y por lo mismo de la que también sabe escribir; sabios y escribas aparecen juntos en Jer_8:8-9, y Sir_38:24-39:11 ensalza el oficio de escriba, que le permite adquirir la sabiduría, contraponiéndolo a los oficios manuales. De entre los escribas designaba el rey a sus funcionarios y en la corte se desarrollaron antes que en sitio alguno las doctrinas de sabiduría. Todos estos rasgos tienen sus paralelos exactos en los demás ambientes de la sabiduría oriental, en Egipto o en Mesopotamia. Una de las colecciones salomónicas de los Proverbios fue recopilada por «los hombres de Ezequías, rey de Judá», Pro_25:1. Pero tales sabios no eran sólo coleccionistas de máximas antiguas; también las escribían. Podemos considerar escritos de sabiduría (con ciertas reservas) dos obras literarias compuestas probablemente en la corte de Salomón, la historia de José y la de la sucesión al trono de David.

El ambiente de los sabios es, pues, muy diferente de aquellos de los que han salido los escritos sacerdotales y los escritos proféticos, y Jer_18:18 enumera como tres clases a sacerdotes, sabios y profetas. Diferentes son sus preocupaciones: los sabios no tienen interés especial en el culto y no parecen conmoverse ante las calamidades de su pueblo ni atormentarse con la gran esperanza que le sostiene. Pero, a partir del Destierro, estas tres corrientes confluyen. El prólogo de Proverbios adquiere un tono de predicación profética; el Eclesiástico, 44-49, y la Sabiduría, 10-19, meditan largamente sobre la Historia Sagrada; el Eclesiástico venera el sacerdocio, se muestra fervoroso del culto, finalmente identifica la Sabiduría con la Ley, Sir_24:23-24 : es la alianza entre el escriba (o el sabio) y el doctor de la Ley que encontraremos en los tiempos evangélicos.

Aquí llegamos, en el Antiguo Testamento, al término de un largo camino, en cuyo arranque estaba Salomón. También en este aspecto hallamos paralelos orientales: dos escritos de la sabiduría egipcia eran considerados como las enseñanzas que un Faraón había dado a su hijo. Desde 1Re_5:9-14 [1Re_4:29-34], ver 1Re_3:9-12 y 1Re_3:28; 1Re_10:1-9, hasta Sir_47:12-17, Salomón fue alabado como el sabio más grande de Israel, y se le atribuyen las dos colecciones más importantes y más antiguas de Proverbios, 10-22 y 25-29; esto explica el título que se da a todo el libro, Pr 1. Bajo su patrocinio se pusieron asimismo el Eclesiastés, la Sabiduría y el Cantar de los Cantares. Toda esta enseñanza gradualmente dispensada al pueblo elegido preparaba la revelación de la Sabiduría Encarnada. Pero «aquí hay algo más que Salomón», Mat_12:42.

EL LIBRO DE JOB

Introducción
El libro de Job constituye la obra maestra literaria del movimiento sapiencial en Israel. Comienza con una narración en prosa. Erase una vez un siervo de Yahvé, llamado Job, que vivía rico y feliz. Dios permitió a Satán que lo probara para ver si seguía siendo fiel a pesar de su infortunio. Herido primero en sus bienes y sus hijos, Job acepta que Yahvé se tome lo que le había dado. Herido en su carne con una enfermedad repugnante y dolorosa, Job sigue sumiso y rechaza a su mujer que le aconseja maldecir a Dios. Luego, llegan tres amigos suyos a compadecerle: Elifaz, Bildad y Sofar, 1-2. Después de este prólogo se inicia un amplio diálogo poético que forma el cuerpo del libro. Primero es una conversación entre cuatro: en tres ciclos de discursos, 3-14, 15-21, 22-27, Job y sus amigos contraponen sus concepciones de la justicia divina; las ideas avanzan aparentemente sin excesiva sujeción a un plan, gracias a una luz que se concentra intensamente sobre los principios establecidos ya desde el comienzo. Elifaz habla con la moderación de la edad y también con la severidad que puede dar una larga experiencia de lo que son los hombres; Sofar se deja llevar por arrebatos de la juventud; Bildad es un hombre sentencioso que se mantiene en un término medio. Pero los tres defienden por igual la tesis tradicional de la retribución terrestre: si Job sufre, es que ha pecado; puede creerse justo en su fuero interno, pero no lo es a los ojos de Dios. Ante las protestas de inocencia de Job se limitan a endurecer su postura. A estas consideraciones teóricas, Job opone su dolorosa experiencia y las injusticias que llenan el mundo. Lo repite sin cesar, y sin cesar choca con el misterio de un Dios justo que aflige al justo. No avanza, forcejea en la noche. En su confusión moral tiene gritos de rebeldía y palabras de sumisión, al igual que tiene momentos de crisis y de alivio en su sufrimiento físico. Este movimiento alternativo alcanza dos cumbres: el acto de fe del cap. 19 y la protesta final de inocencia del cap. 31. Entonces interviene un nuevo personaje, Elihú, quien a la vez desautoriza a Job y a sus amigos y trata de justificar la conducta de Dios con una elocuencia difusa, 32-37. Le interrumpe el propio Yahvé, que responde a Job «desde el seno de la tempestad», es decir, en el marco de las antiguas teofanías, o que más bien se niega a responder, porque el hombre no tiene derecho a juzgar a Dios, que es infinitamente sabio y omnipotente, y Job reconoce que ha hablado neciamente, 38:1-42:6. El libro concluye con un epílogo en prosa: Yahvé censura a los tres interlocutores de Job y devuelve a éste hijos e hijas, junto con sus bienes duplicados, Job_42:7-17.

El personaje principal de este drama, Job, es un héroe de los viejos tiempos, Eze_14:14, Eze_14:20, que se supone vivió en la época patriarcal, en los confines de Arabia y del país de Edom, en una región cuyos sabios eran célebres, Jer_49:7; Bar_3:22-23; Abd_1:8, y de donde también proceden sus tres amigos. La tradición le consideraba como un gran justo, ver Ez 14, que se había mantenido fiel a Dios en una prueba excepcional. El autor se ha servido de esta vieja historia para encuadrar su libro y, a pesar de las diferencias de estilo y de tono, el diálogo poético no ha podido existir sin el prólogo y el epílogo en prosa.

Se ha impugnado la autenticidad de algunos pasajes dentro del diálogo. El poema sobre la Sabiduría, 28, difícilmente puede ponerse en labios de Job, puesto que contiene una noción de la sabiduría que no es la de Job ni sus amigos; por el contrario, tiene afinidades con el discurso de Yahvé, 38-39. Pero es una obra que procede del mismo medio ambiente y que ha sido compuesta al margen del libro; no es posible señalar por qué ha sido colocada precisamente en este lugar, donde no tiene conexión alguna con el contexto. También se ha dudado de que los discursos de Yahvé, 38-41, pertenezcan al poema primitivo; pero esta hipótesis no ha entendido el sentido del libro: estos discursos dan al problema la única solución que el autor entreveía, la del misterio de las acciones de Dios, precisamente porque no tienen en cuenta la discusión que ha precedido ni el caso particular de Job y porque trasfieren el debate del plano humano al plano puramente divino. Algunos querrían descartar al menos, dentro de esta sección, el pasaje sobre el avestruz, Job_39:13-18, y las largas descripciones de Behemot y de Leviatán, 40:15-41:26. Si se suprimen estas descripciones de los dos animales exóticos no queda apenas nada del segundo discurso de Yahvé: al principio sólo habría existido un único discurso que se habría ampliado y dividido en dos mediante una primera y breve respuesta de Job, Job_41:3-5 [Job_41:11-13]. La hipótesis es atrayente, pero no hay razón alguna decisiva en su favor, y la cuestión tiene una importancia secundaria. Finalmente, hay un cierto desorden en el tercer ciclo de los discursos, 24-27, que puede explicarse por accidentes de la tradición manuscrita o por retoques redaccionales.

La autenticidad de los discursos de Elihú, 32-37, encierra mayor dificultad. El personaje interviene súbitamente, sin haber sido anunciado, y Yahvé, que le interrumpe, no le tiene en cuenta. Esto es tanto más extraño cuanto que Elihú ha anticipado parte del contenido de los discursos de Yahvé; incluso produce la impresión de querer completarlos. Por otra parte, repite inútilmente lo que han dicho los tres amigos. Y en fin, el vocabulario y el estilo son distintos y los aramaísmos son mucho más frecuentes que en otras partes. Parece, pues, que esos capítulos han sido añadidos al libro, y por distinto autor. Pero también aportan su contribución doctrinal.

No conocemos al autor de Job más que por la obra maestra que ha compuesto. Se ve en ella que ciertamente era un israelita nutrido en las obras de los profetas y en las enseñanzas de los sabios. Vivía muy probablemente en Palestina, pero debió de viajar o residir en el extranjero, especialmente en Egipto. Sobre la fecha en que vivió sólo tenemos hipótesis. El tono patriarcal de la narración en prosa hizo creer a los antiguos que el libro era obra de Moisés, como el Génesis. Pero el argumento, de todos modos, sólo valdría para el marco del poema, y ese colorido se explica suficientemente como una herencia de la tradición o como un remedo literario. El libro es posterior a Jeremías y Ezequiel, con los que tiene contactos de expresión y de pensamiento, y su lenguaje está fuertemente impregnado de aramaísmos. Esto nos sitúa después del Destierro, en un momento en que la obsesión por la suerte de la nación es sustituida por la preocupación del destino individual. La fecha más indicada, pero sin razones decisivas, es el comienzo del siglo V antes de nuestra era.

El autor considera el caso de un justo que sufre. Para la doctrina corriente de la retribución terrena, semejante caso sería una paradoja irreal: el hombre recibe aquí abajo el premio o el castigo de sus obras. En el plano colectivo, la norma está claramente propuesta por los grandes textos de Dt 28 y Lv 26; los libros de los Jueces y los Reyes muestran cómo se aplica el principio a lo largo de la historia, y la predicación profética lo presupone constantemente. La noción de la responsabilidad individual, latente ya y en ocasiones expresada, Deu_24:16; Jer_31:29-30; 2Re_14:6, está claramente expuesta por Ez 18. Pero el mismo Ezequiel se atiene a la retribución terrena y, con ello, incurre en el mentís flagrante de los hechos. Puede aceptarse, en una perspectiva de solidaridad, que los pecados de la colectividad se impongan, que los justos sean castigados con los malvados. Mas si cada uno ha de ser tratado conforme a sus obras, ¿cómo es posible que sufra un justo? Ahora bien, hay justos que sufren, y cruelmente; testigo es Job. El lector sabe ya, por el prólogo, que los males de aquél vienen de Satán y no de Dios, y que tratan de probar su fidelidad. Pero Job no lo sabe, ni tampoco sus amigos. Éstos dan las respuestas tradicionales: la felicidad de los malos es de breve duración, ver Sal 37 y 73, el infortunio de los justos prueba su virtud, ver Gén_22:12, o bien la pena es castigo de faltas cometidas por ignorancia o por debilidad, ver Sal_19:13 [Sal_19:12]; Sal_25:7. Esto, mientras creen en la inocencia relativa de Job; pero los gritos que el dolor le arranca y sus arrebatos contra Dios, les llevan a admitir en él un estado de injusticia mucho más profundo: los males que Job padece no pueden explicarse más que como castigo de pecados graves. Los discursos de Elihú ahondan en estas soluciones: si Dios aflige a los que parecen justos, es para hacerles expiar pecados de omisión o faltas inadvertidas o bien —y ésta es la aportación más original de estos capítulos— para prevenir faltas más graves y curar el orgullo. Pero Elihú mantiene como los tres amigos, si bien con menor dureza, la conexión entre el sufrimiento y el pecado personal.

Contra esta rigurosa correlación se alza Job con toda la fuerza de su inocencia. No niega la retribución terrena; la espera, y Dios se la concederá finalmente en el epílogo. Mas para él resulta un escándalo el que le sea negada actualmente, y en vano busca el significado de su prueba. Lucha desesperadamente para encontrar a Dios que se le oculta y a quien sigue creyendo bueno. Y cuando Dios interviene, lo hace para revelar la trascendencia de su ser y de sus designios y para reducir a silencio a Job. Ésta es la lección religiosa del libro: el hombre debe persistir en la fe incluso cuando su espíritu no encuentra sosiego. En aquella etapa de la revelación, el autor del libro de Job no podía avanzar más. Para esclarecer el misterio del dolor inocente, era necesario esperar hasta que llegase la seguridad de las sanciones de ultratumba y se conociese el valor del sufrimiento de los hombres unido al sufrimiento de Cristo. Dos textos de San Pablo responderán al angustioso problema de Job: «Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros», Rom_8:18, y «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia», Col_1:24.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas


NOTAS

4 Esta respuesta de Elifaz expresa, endureciéndola, la doctrina tradicional de la retribución: doctrina que es, ante todo, una afirmación de fe en la justicia providencial del Dios de la Alianza. El poeta, aun dudando de su eficacia en todos los casos, la recuerda con entusiasmo.



NOTAS

4:2 «si... te dirige», Aq., Sim., Teod.; «se ha intentado» hebr.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Pro_24:10


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Sal_37:25; Pro_12:21; Sir_2:10; 2Pe_2:9; Pro_22:8; Sir_7:3


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Pro_28:15; Sal_17:12; Sal_22:14 [Sal_22:13]; Sal_22:22 [Sal_22:21]


NOTAS

4:12 Lit. «A mí una palabra vino furtivamente». Se trata de una palabra celeste, comunicada por un personaje misterioso, ver Job_4:16, en medio de un sueño profundo (idéntico término en Gén_2:21; Gén_15:12), que trata de provocar el estremecimiento sagrado. Este modo de conocimiento sobrenatural contrasta con el carácter racional de la doctrina de los sabios y revela una evolución de ésta, al menos en ciertos círculos. Pero la revelación en la que se apoya Elifaz no se corresponde exactamente ni con la experiencia habitual de los profetas, que recibían generalmente la Palabra en estado de vigilia, ni con la inspiración que reivindicará más tarde el Sirácida, Sir_24:31-33; Sir_39:6. Se parece más bien a los sueños o visiones nocturnos, ver Zac_1:8, con un matiz aterrador subrayado connaturalmente por el género literario apocalíptico, ver Dan_4:2 [Dan_4:5]; Dan_5:5-6.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] 1Re_19:12-13; Sal_143:2; Job_4:14+; Job_15:14; Job_25:4-6


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Job_15:15-16

NOTAS

4:18 «siervos (de Dios)» y ángeles son idénticos. Si estos seres, que están cerca de Dios, conservan a pesar de todo una debilidad radical, con mayor razón el hombre carnal y perecedero.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] 2Co_5:1


NOTAS

4:21 «desprovistos de sabiduría», lit. «y no con sabiduría»; se podría entender también «y esto no es culpa de la sabiduría». Pero el contexto inmediato, que insiste en la fragilidad del hombre en general y en la brevedad de su existencia, sugiere más bien la idea de que éste no ha sabido o no sabe encontrar el tiempo (ver Sal_90:12) para adquirir la sabiduría, o bien que su ciencia limitada nada puede contra la muerte.