Eclesiastés 6 Biblia Jerusalén (1998) | 12 versitos |
1 Hay otro mal que observo bajo el sol, y que pesa sobre el hombre:
2 supongamos que Dios concede a un hombre riquezas, tesoros y honores; nada le falta de lo que desea, pero Dios no le deja disfrutar de ello, porque un extraño lo disfruta. Esto es vanidad y gran desgracia.
3 Supongamos que alguien tiene cien hijos y vive muchos años, y aunque sus años son numerosos, no puede saciarse de felicidad y ni siquiera halla sepultura; entonces yo digo: Más feliz es un aborto,
4 pues entre vanidades vino y en la oscuridad se va; mientras su nombre queda oculto en las tinieblas.
5 No ha visto el sol, no lo ha conocido, y descansa mejor que el otro.
6 Y aunque hubiera vivido por dos veces mil años, pero sin saborear la felicidad, ¿no caminan acaso todos al mismo lugar?
7 Todo el mundo se fatiga para comer, y a pesar de todo su apetito no se sacia.
8 ¿En qué supera el sabio al necio? ¿En qué, al pobre que sabe vivir su vida?
9 Mejor es lo que los ojos ven que lo que el alma desea. También esto es vanidad y atrapar vientos.
10 De lo que existe, ya se anunció su nombre, y se sabe lo que es un hombre: no puede pleitear con quien es más fuerte que él.
11 A más palabras, más vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre?
12 Porque, ¿quién sabe lo que conviene al hombre en su vida, durante los días contados de su vano vivir, que él los vive como una sombra? Pues ¿quién dirá al hombre lo que sucederá después de él bajo el sol?

Patrocinio

 
 

Introducción a Eclesiastés

ECLESIASTÉS

Introducción
Este pequeño libro se titula «Palabras de Cohélet, hijo de David, rey en Jerusalén». La palabra «Cohélet» (o «Qohélet»), ver Ecl_1:2 y 12; Ecl_7:27; Ecl_12:8-10, no es nombre propio, sino un nombre común empleado a veces con artículo, y aunque su forma es femenina, se construye como masculino. Según la explicación más probable, es un nombre de función y designa al que habla en la asamblea (qahal, en griego ekklesía; de ahí los títulos latino y español, tomados de la Biblia griega), en una palabra, el «Predicador». Se le llama «hijo de David y rey en Jerusalén» ver Ecl_1:12, y aunque no aparezca escrito el nombre, ciertamente se le identifica con Salomón, a quien claramente alude el texto, Ecl_1:16 (ver 1Re_3:12; 1Re_5:10-11 [1Re_4:30-31]; 1Re_10:7) ó Ecl_2:7-9 (ver 1Re_3:13; 1Re_10:23). Pero esta atribución es mera ficción literaria del autor, que pone sus reflexiones bajo el patrocinio del más ilustre de los Sabios de Israel. El lenguaje del libro y su doctrina, de la que seguidamente hablaremos, impiden situarlo antes del Destierro. Se ha impugnado a menudo la unidad de autor, y se han distinguido dos, tres, cuatro y hasta ocho manos diferentes. Pero se va renunciando cada vez más a una partición que parece desconocer el género y el pensamiento del libro, y a la que se oponen la unidad de estilo y de vocabulario, aunque sí ha sido publicado por un discípulo que añadió los últimos versículos, Ecl_12:9-14.

Como en otros libros sapienciales, por ejemplo Job y Eclesiástico, por no decir nada de Proverbios (una obra miscelánea), el pensamiento fluctúa, se rectifica y se corrige. No hay un plan definido, sino que se trata de variaciones sobre un tema único, la vanidad de las cosas humanas, que se afirma al comienzo y al final del libro Ecl_1:2 y Ecl_12:8. Todo es falaz: la ciencia, la riqueza, el amor y hasta la misma vida. Ésta no constituye más que una serie de actos incoherentes y sin importancia, Ecl_3:1-11, que concluyen con la vejez, Ecl_12:1-7, y con la muerte. Ésta afecta igualmente a sabios y a necios, ricos y pobres, animales y hombres, Ecl_3:14-20. El problema de Cohélet coincide parcialmente con el de Job: ¿tienen aquí abajo su sanción el bien y el mal? Y la respuesta de Cohélet, como la de Job, es negativa, porque la experiencia contradice a las soluciones admitidas, 7:25-8:14. Sólo que Cohélet es hombre de buena salud y no busca como Job la razón del sufrimiento; comprueba la vacuidad del bienestar y se consuela recogiendo los modestos goces que puede ofrecer la existencia, Ecl_3:12-13; Ecl_8:15; Ecl_9:7-9. Digamos más bien que trata de consolarse, porque se encuentra totalmente insatisfecho. El misterio del más allá le atormenta, sin que vislumbre una solución, Ecl_3:21; Ecl_9:10; Ecl_12:7. Pero Cohélet es un creyente, y si bien queda desconcertado ante el giro que Dios da a los asuntos humanos, afirma que Dios no tiene por qué rendir cuentas, Ecl_3:11, Ecl_3:14; Ecl_7:13, que se han de aceptar de su mano tanto las pruebas como las alegrías, Ecl_7:14, que se han de guardar los mandamientos y temer a Dios, Ecl_5:6 [Ecl_5:7]; Ecl_8:12-13.

Es evidente que esta doctrina está lejos de ser coherente. Pero ¿no será mejor atribuir las incoherencias a un pensamiento inseguro de sí mismo, porque aborda un misterio estremecedor sin contar con los elementos de solución, antes que dividir el texto entre varios autores que se corrigen y contradicen mutuamente? A Cohélet, como a Job, solamente puede dársele la respuesta con la afirmación de una sanción de ultratumba.

El libro tiene las características de una obra de transición. Las seguridades tradicionales se debilitan, pero nada firme las sustituye aún. En esta encrucijada del pensamiento hebreo se ha tratado de encontrar influencias extranjeras, que habrían actuado sobre Cohélet. Hay que descartar las comparaciones a menudo propuestas con las corrientes filosóficas del estoicismo, del epicureísmo y del cinismo, que Cohélet pudo conocer por medio del Egipto helenizado; ninguna de estas comparaciones es decisiva y la mentalidad del autor se halla muy alejada de la de los filósofos griegos. Se han fijado paralelos, más aceptables en apariencia, con composiciones egipcias como el Diálogo del Desesperado con su alma o los Cantos del Arpista, y más recientemente con la literatura mesopotámica de sabiduría y con la Epopeya de Guilgamés. Pero no se puede demostrar la influencia directa de ninguna de estas obras. Las coincidencias se dan sobre temas que a veces son muy antiguos y que integraban ya el fondo común de la sabiduría oriental. Y precisamente la reflexión personal de Cohélet ha trabajado sobre esta herencia del pasado, como lo dice su editor, Ecl_12:9.

Cohélet es un judío de Palestina, probablemente de Jerusalén mismo. Emplea un hebreo tardío, de transición, sembrado de aramaísmos, y utiliza dos palabras persas. Esto supone una fecha bastante posterior al Destierro, pero anterior a los comienzos del siglo II a. C., en el que Ben Sirá utilizó ya el librito; de hecho la paleografía sitúa en las proximidades del 150 a. C. fragmentos de Qo encontrados en las cuevas de Qumrán. El siglo III es por lo mismo la fecha de composición más probable. Estamos en el momento en que Palestina, sometida a los Tolomeos, comienza a recibir la corriente humanista y no ha sentido aún la sacudida de fe y esperanza de la época de los Macabeos.

El libro sólo marca un momento en el desarrollo religioso y no se le ha de juzgar separándolo de lo que le ha precedido y de lo que le seguirá. Al subrayar la insuficiencia de las viejas concepciones y forzar a los espíritus a enfrentarse con los enigmas humanos, apela a una revelación más elevada. Da una lección de desprendimiento de los bienes terrenos y, al negar la felicidad de los ricos, prepara al mundo para oír que son «bienaventurados los pobres», Luc_6:20.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

Patrocinio

Notas


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Ecl_2:18-19; Luc_12:20



REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Job_3:11


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Pro_13:7

NOTAS

6:8 Sentido dudoso, pero quizá pudiera verse aquí una comparación exagerada entre el sabio y el que sabe hacerse ilusiones.

NOTAS

6:9 lit.: «que el caminar del alma», en hebreo nefes, que las más de las veces significa «alma», pero cuyo primer sentido es «garganta», de donde «apetito», «deseo», ver ya Ecl_6:7.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Ecl_1:9-11


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Sal_39:7 [Sal_39:6]; Sal_90:10; Sal_102:12 [Sal_102:11]; Sal_109:23; Job_8:9; Job_14:2