Jeremías  34 Biblia de Jerusalen (Desclee, 2009) | 22 versitos |
1 Palabra dirigida a Jeremías de parte de Yahvé, mientras Nabucodonosor, rey de Babilonia, a la cabeza de todas sus tropas y de las de todos los reinos de la tierra sometidos a su poder, atacaba Jerusalén y todas sus ciudades:
2 Esto dice Yahvé, el Dios de Israel: Ve y comunica lo siguiente a Sedecías, rey de Judá: Esto dice Yahvé: «Voy a entregar esta ciudad en manos del rey de Babilonia, que la incendiará.
3 En cuanto a ti, no escaparás de su mano, pues serás capturado sin falta y te entregaré en sus manos. Verás personalmente al rey de Babilonia y hablarás con él cara a cara. ¡Desde luego irás a Babilonia!
4 Empero, oye una palabra de Yahvé, Sedecías, rey de Judá: Esto dice Yahvé respecto a ti: No caerás víctima de la espada.
5 En paz morirás. Y del mismo modo que se quemaron perfumes en los funerales de tus padres, los reyes que te precedieron, también los quemarán por ti, y te plañirán «¡Ay, señor!». Soy yo quien lo digo —oráculo de Yahvé—.
6 El profeta Jeremías comunicó a Sedecías, rey de Judá, todas estas palabras en Jerusalén,
7 mientras el ejército del rey de Babilonia atacaba Jerusalén y todas las ciudades de Judá que quedaban: Laquis y Azecá, pues sólo ellas habían quedado de entre todas las plazas fuertes de Judá*.
8 Palabra dirigida a Jeremías de parte de Yahvé, después de llegar el rey Sedecías a un acuerdo* con todo el pueblo de Jerusalén, proclamándoles una manumisión.
9 Tenía por finalidad que cada cual liberase y concediera la libertad a su siervo o esclava hebreos, de suerte que ningún judaíta impusiera la servidumbre a su hermano.
10 Todos los nobles y toda la gente que habían aceptado el acuerdo obedecieron y dejaron libres quién a su siervo, quién a su esclava. Les concedieron la libertad, de modo que no hubiese siervos entre ellos. Obedecieron y los dejaron libres.
11 Pero luego se arrepintieron e hicieron volver a los siervos y esclavas que habían manumitido, reduciéndolos a servidumbre y esclavitud.
12 Entonces dirigió Yahvé la palabra a Jeremías* en estos términos:
13 Esto dice Yahvé, el Dios de Israel: yo hice alianza con vuestros padres el día que los saqué de Egipto, de la casa de servidumbre. Les dije:
14 «Al cabo de siete años cada uno de vosotros dejará libre al hermano hebreo que se le hubiera vendido. Te servirá seis años y después lo dejarás libre.» Pero no me hicieron caso vuestros padres ni aplicaron el oído.
15 Vosotros os habéis convertido hoy y habéis hecho lo que considero justo, proclamando manumisión general y sellando un acuerdo en mi presencia, en el templo donde se invoca mi Nombre.
16 Pero os habéis echado atrás, profanando así mi Nombre. Habéis hecho volver a vuestros respectivos siervos y esclavas, a quienes habíais manumitido, reduciéndolos de nuevo a esclavitud.
17 Por tanto, esto dice Yahvé: Vosotros no me habéis hecho caso al proclamar manumisión general. Pues yo voy a proclamar contra vosotros manumisión de la espada, de la peste y del hambre —oráculo de Yahvé—, y os voy a convertir en espantajo de todos los reinos de la tierra.
18 Y a los individuos que traspasaron mi acuerdo, aquellos que no han hecho válidos los términos del acuerdo que firmaron en mi presencia, haré que acaben como el becerro que cortaron en dos y por entre cuyos pedazos pasaron;
19 a los nobles de Judá, los nobles de Jerusalén, los eunucos, los sacerdotes y todo el pueblo de la tierra que han pasado por entre los pedazos del becerro*,
20 los entregaré en manos de sus enemigos y de quienes tratan de matarlos. Sus cadáveres serán pasto de las aves del cielo y de las bestias de la tierra.
21 A Sedecías, rey de Judá, y a sus nobles los entregaré en manos de sus enemigos y de quienes tratan de matarlos, y en manos del ejército del rey de Babilonia, que acaba de retirarse.
22 Pues voy a dar la orden —oráculo de Yahvé— de hacerlos volver contra esta ciudad. La atacarán, la tomarán y la prenderán fuego; y dejaré desoladas y sin habitantes a las ciudades de Judá.

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Introducción a Jeremías 

Jeremías.
Poco más de un siglo después de Isaías, hacia el 650 a. C., nacía Jeremías de una familia sacerdotal residente en los alrededores de Jerusalén. Conocemos su vida y carácter mejor que los de ningún otro profeta por los relatos biográficos en tercera persona de que está sembrado su libro, y cuyo orden cronológico es el siguiente: 19:1-20:6; 26; 36; 45; 28-29; Jer_51:59-64; Jer_34:8-22; 37-44 . Las «Confesiones de Jeremías»: 11:18-12:6; Jer_15:10-21; Jer_17:4-18; Jer_18:18-23; Jer_20:7-18, proceden del profeta mismo. No constituyen una autobiografía, pero sí son un testimonio emocionante de las crisis interiores que atravesó y que se describen en el estilo de los Salmos de súplica. Llamado por Dios muy joven aún, el 626, el año trece de Josías, Jer_1:2, le tocó vivir el trágico período en que se preparó y consumó la ruina del reino de Judá. La reforma religiosa y la restauración nacional de Josías despertaron esperanzas que fueron destruidas por la muerte del rey en Meguidó el 609 y por el cambio del mundo oriental, la caída de Nínive el 612 y la expansión del imperio caldeo. Desde el 605, Nabucodonosor impuso su dominio en Palestina, Judá se rebeló por instigación de Egipto, que intrigaría hasta el fin y, el 597, Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó a una parte de sus habitantes. Una nueva rebelión hizo volver a los ejércitos caldeos, el 587 fue tomada Jerusalén, incendiado el templo, y tuvo lugar la segunda deportación. Jeremías vivió esta dramática historia predicando y amenazando en vano a los reyes incapaces que se sucedían en el trono de David; fue acusado de derrotismo por los militares, perseguido y encarcelado. Después de la toma de Jerusalén, y aun cuando veía en los desterrados la esperanza del porvenir, Jeremías prefirió permanecer en Palestina junto a Godolías, el gobernador nombrado por los caldeos. Pero éste fue asesinado, y un grupo de judíos, temeroso de las represalias, huyó a Egipto llevándose consigo al profeta. Probablemente murió allí.

El drama de esta vida no estriba sólo en los acontecimientos en que Jeremías se vio envuelto, sino también en el mismo profeta. Era de alma tierna, hecha para amar, y fue enviado para «extirpar y destruir, reconstruir y plantar» Jer_1:10; le tocó sobre todo predecir desgracias, Jer_20:8. Tenía ansias de paz y hubo de estar siempre en lucha: contra los suyos, contra los reyes, los sacerdotes, los falsos profetas, contra todo el pueblo, «varón discutido y debatido por todo el país», Jer_15:10. Se vio desgarrado por una misión a la que no podía sustraerse, Jer_20:9. Sus diálogos interiores con Yahvé están sembrados de gritos de dolor: «¿Por qué ha resultado mi penar perpetuo?», Jer_15:18, y aquel pasaje patético que se anticipa a Job: «Maldito el día en que nací...», Jer_20:14, etc.

Pero este sufrimiento acrisoló su alma y la abrió al trato con Dios. Lo que nos hace a Jeremías tan querido y tan nuestro es la religión interior y cordial que él mismo practicó antes de formularla en el anuncio de la Nueva Alianza, Jer_31:31-34. Esta religión personal le llevó a profundizar en la enseñanza tradicional: Dios sondea los entresijos y los corazones, Jer_11:20, retribuye a cada uno según sus obras, Jer_31:29-30; la amistad con Dios, Jer_2:2, se rompe con el pecado, que sale del corazón malvado, Jer_4:4; Jer_17:9; Jer_18:12. Este aspecto afectivo le emparenta con Oseas, cuyo influjo experimentó; esta interiorización de la Ley, esta función del corazón en las relaciones con Dios, esta preocupación por la persona individual le aproximan al Deuteronomio. Jeremías vio ciertamente de manera favorable la reforma de Josías, inspirada en este libro, pero recibió una cruel desilusión por su ineficacia para cambiar la vida moral y religiosa del pueblo.

La misión de Jeremías fracasó en vida suya, pero su figura no dejó de agrandarse después de su muerte. Por su doctrina de una Alianza nueva, fundada en la religión del corazón, fue el padre del Judaísmo en su línea más pura, y su influjo se nota en Ezequiel, en la segunda parte de Isaías y en varios salmos. La época macabeica le cuenta entre los protectores del pueblo, 2Ma_2:1-8; 2Ma_15:12-16. Al sacar a primer plano los valores espirituales, al poner de manifiesto las íntimas relaciones que el alma ha de mantener con Dios, preparó la Nueva Alianza cristiana, y su vida de abnegación y sufrimientos en servicio de Dios, que bien pudo prestar algunos rasgos para la imagen del Siervo en Is 53, convierte a Jeremías en figura de Cristo.

Esta influencia duradera supone que las enseñanzas de Jeremías se leyeron, meditaron y comentaron con frecuencia. Esta labor de toda una descendencia espiritual se refleja en la composición de su libro, que no se presenta, ni mucho menos, como obra escrita de una vez. Además de los oráculos poéticos y de los relatos biográficos, contiene discursos en prosa en un estilo afín al del Deuteronomio. Su autenticidad ha sido impugnada y han sido atribuidos a redactores «deuteronomistas» posteriores al Destierro. En realidad, su estilo es el de la prosa judía del siglo VII y comienzos del VI a. C., su teología es la de la corriente religiosa a la que pertenecen tanto Jeremías como el Deuteronomio. Son el eco auténtico de la predicación de Jeremías, recogida por sus oyentes. Toda esta tradición jeremiana no se ha transmitido en una forma única. La versión griega ofrece una recensión notablemente más corta (un octavo) que el texto masorético y a menudo diferente en detalles; los descubrimientos de Qumrán prueban que las dos recensiones existían en hebreo. Además, el griego coloca los oráculos contra las naciones después de Jer_25:13, y en orden distinto al hebreo, que los relega al final del libro, 46-51. Estas profecías quizá formaran primeramente una colección particular y no todas procedan de Jeremías: al menos, los oráculos contra Moab y Edom han sido fuertemente rehechos y el largo oráculo contra Babilonia, 50-51, data del final del Destierro. El cap. 52 se nos presenta como un apéndice histórico, paralelo de 2Re_24:18-25:30. Otros complementos de menor extensión fueron insertados a lo largo del libro y atestiguan el uso que de él hacían y la estima en que lo tenían los cautivos de Babilonia y la comunidad renaciente después del Destierro. Hay también abundancia de duplicados que suponen una labor redaccional. Finalmente las indicaciones cronológicas, que son numerosas, no se suceden con orden. El desorden actual del libro es resultado de un largo trabajo de composición, cuyas etapas es harto difícil reconstruir una por una.

No obstante, el cap. 36 nos da valiosas indicaciones: el 605, Jeremías dicta a Baruc los oráculos que había pronunciado desde el comienzo de su ministerio, Jer_36:2, es decir, desde el 626. Este rollo, quemado por Joaquín, volvió a ser escrito y fue además completado, Jer_36:32. Acerca del contenido de esta colección tan sólo caben hipótesis. Parece que le servía de introducción Jer_25:1-12 y agrupaba las piezas anteriores al 605, que se hallaban en los caps. 1-18, pero también contenía, según Jer_36:2, oráculos antiguos contra las naciones a las que se refiere Jer_25:13-38. Se incluyó allí el apartado de las «Confesiones», cuyo detalle se ha expuesto anteriormente. También se añadieron dos opúsculos sobre los reyes, 21:11-23:8, y sobre los profetas, Jer_23:9-40, que pudieron existir anteriormente por separado.

Así se distinguen ya dos partes en el libro: una contiene amenazas contra Judá y Jerusalén, 1:1-25:13; la otra, profecías contra las naciones, Jer_25:13-38 y 46-51. Una tercera parte está constituida por 26-35, donde se han reunido en un orden arbitrario trozos que ofrecen un tono más optimista. Casi todas estas piezas están en prosa y en gran parte proceden de una biografía de Jeremías, que se atribuye a Baruc. Grupo aparte forman los caps. 30-31, que son un opúsculo poético de consolación. La cuarta parte, 36-44, en prosa, prosigue la biografía de Jeremías y relata sus sufrimientos durante y después del sitio de Jerusalén, y concluye con Jer_45:1-5, que viene a ser como la firma de Baruc.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas

Jeremías  34,1
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jer_21:1-7; Jer_32:1-5

[2] LXX: 41

NOTAS

34 Este episodio pudo tener lugar al comienzo del asedio del 588-587, ya que la guerra no se dirigía aún contra Jerusalén, sino que proseguía al sur y al suroeste, Jer_34:7. Podía, pues, Sedecías conjurar aún la catástrofe sometiéndose como Joaquín el 605.


Jeremías  34,5
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jer_22:18

Jeremías  34,7
NOTAS

34:7 Azecá, localizada en Tell Zakaría, a una treintena de km al suroeste de Jerusalén, y Laquis, Tell ed-Duweir a 20 km al suroeste de Azecá, fueron en efecto las dos ciudades fortificadas que resistieron largo tiempo a Nabucodonosor. Un óstracon de esa época encontrado en Tell ed-Duweir atestigua dicha resistencia.

Jeremías  34,8
NOTAS

34:8 (a) El episodio tuvo lugar en la interrupción del asedio, Jer_34:21-22.

34:8 (b) O mejor un «pacto» o un «tratado», pero el mismo término hebreo, berît, se emplea para un simple acuerdo entre dos partes sobre una cuestión cualquiera, ver por ejemplo 2Re_11:4; Job_31:1, y para la Alianza entre Dios y su pueblo, tomada aquí como término de comparación, Jer_34:13.

Jeremías  34,12
NOTAS

34:12 El hebr. añade: «de parte de Yahvé», omitido por griego y sir.

Jeremías  34,14
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Deu_15:12-13

Jeremías  34,17
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jer_29:18

Jeremías  34,19
NOTAS

34:19 Sobre este antiguo rito de alianza, en el que los contratantes pasan entre los trozos de una víctima sacrificada, ver Gén_15:17+.

Jeremías  34,20
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jer_7:33

Jeremías  34,22
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jer_9:10 [Jer_9:11]