Sabiduría 17 Biblia Jerusalén (1998) | 21 versitos |
1 Grandes e inexplicables son tus juicios; por eso las almas ignorantes se extraviaron.
2 Cuando los impíos creían que podían oprimir a la nación santa, quedaron prisioneros de las tinieblas y encerrados en una larga noche, recluidos en sus casas, fugitivos de la eterna providencia.
3 Cuando creían que permanecerían ocultos con sus secretos pecados bajo el oscuro velo del olvido, se vieron dispersos, presa de terrible espanto y sobresaltados por apariciones.
4 El rincón que los escondía no los libraba del miedo, pues también allí retumbaban ruidos escalofriantes y se aparecían sombríos fantasmas de rostros lúgubres.
5 El fuego era incapaz de alumbrar y el brillo resplandeciente de las estrellas no alcanzaba a iluminar aquella horrible noche.
6 Sólo les lucía una llamarada aterradora que ardía por sí misma; y, cuando desaparecía la visión, quedaban aterrados, considerando aún más horrible lo que habían visto.
7 Las artes mágicas resultaron ineficaces y su pretendido saber quedó en ridículo,
8 pues los que prometían expulsar miedos y sobresaltos del alma enferma, enfermaban ellos mismos con temores absurdos.
9 Y aunque nada inquietante los atemorizase, sobresaltados por el paso de los bichos y el silbido de los reptiles,
10 se morían de miedo y se negaban a mirar hasta el aire inevitable.
11 Pues la maldad es cobarde y se condena a sí misma: acosada por la conciencia, imagina siempre lo peor.
12 Y el miedo no es otra cosa que el abandono de los recursos de la razón:
13 cuanto menor es la propia confianza, mayor parece la causa desconocida del tormento.
14 Durante aquella noche verdaderamente imposible, surgida de las profundidades del impotente abismo, adormecidos en el mismo sueño,
15 o bien eran perseguidos por apariciones fantasmales o desfallecían por el abandono del alma, pues les sobrevino un miedo repentino e inesperado.
16 Así, cualquiera que caía en tal situación, quedaba atrapado, encadenado en aquella prisión sin hierros;
17 ya fuera labrador o pastor, o un obrero que trabajara en solitario, sufría sorprendido por la ineludible fatalidad,
18 pues todos estaban atados a una misma cadena de tinieblas. El silbido del viento, el canto melodioso de las aves en las frondosas ramas, la cadencia del agua que corría impetuosa,
19 el estruendo de las rocas desprendidas, la carrera invisible de animales que retozan, el rugido de las fieras más salvajes, el eco que retumba en las oquedades de los montes los dejaba paralizados de terror.
20 El mundo entero resplandecía con luz radiante, entretenido sin trabas en sus quehaceres;
21 pero sólo sobre ellos se extendía una noche insoportable, imagen de las tinieblas que les esperaban. Aunque ellos eran para sí mismos más insoportables que las tinieblas.

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Introducción a Sabiduría

LIBRO DE LA SABIDURÍA

Introducción
El libro griego de la Sabiduría forma parte de los libros deuterocanónicos. Lo utilizaron los Padres del siglo II d. C. y, a pesar de las vacilaciones y de algunas oposiciones, en especial la de San Jerónimo, ha sido reconocido como inspirado a título igual que los libros del canon hebreo.

En la primera parte, el libro que la Vulgata llama simplemente Liber Sapientiae, muestra el papel de la Sabiduría en el destino del hombre y compara la suerte de los justos y de los impíos en el curso de la vida y después de la muerte, 1-5. La segunda parte, 6-9, expone el origen y la naturaleza de la Sabiduría y los medios de adquirirla. La última parte, 10-19, ensalza la acción de la Sabiduría y de Dios en la historia del pueblo elegido, insistiendo únicamente, salvo una breve introducción que se remonta a los orígenes, en el momento capital de esta historia, la liberación de Egipto; una larga digresión, 13-15, contiene una severa crítica de la idolatría.

Se supone que el autor es Salomón, a quien claramente se designa, salvo el nombre, en Sab_9:7-8, Sab_9:12, y el libro se llama en griego «Sabiduría de Salomón». Éste habla como un rey, Sab_7:5; Sab_8:9-15, y se dirige a sus colegas en la realeza, Sab_1:1; Sab_6:1-11, Sab_6:21. Pero se trata de un evidente artificio literario, que pone este escrito de sabiduría, como el Eclesiastés y el Cantar, bajo el nombre del sabio más grande de Israel. En efecto, el libro ha sido escrito todo él en griego, aun la primera parte, 1-5, para la que algunos han supuesto erróneamente un original hebreo. La unidad de la composición corre pareja con la del lenguaje, que es flexible y rico, y fluye sin esfuerzo entre figuras retóricas.

El autor es ciertamente un judío, lleno de fe en el «Dios de los Padres», Sab_9:1, orgullosos de pertenecer al «pueblo santo», a la «raza irreprochable», Sab_10:15, pero judío helenizado. Su insistencia sobre los acontecimientos del Éxodo, la antítesis que establece entre egipcios e israelitas y su crítica de la zoolotría demuestran que vivía en Alejandría, que era a la vez capital del helenismo bajo los Tolomeos e importante ciudad judía de la Dispersión. Cita la Escritura según la traducción de los Setenta, realizada en este ambiente: es, pues, posterior a ésta, pero desconoce la obra de Filón de Alejandría (20 a. C. - 54 d. C.). Por su parte, este filósofo griego parece que jamás se inspira en la Sabiduría, pero hay muchos contactos entre las dos obras, brotan en el mismo ambiente y no pueden estar muy alejadas en el tiempo. No es posible demostrar de una manera absolutamente cierta la utilización de la Sabiduría por el Nuevo Testamento, pero sí es probable que San Pablo haya sentido su influencia literaria y que San Juan haya tomado de ella algunas ideas para expresar su teología del Verbo. El libro ha podido ser escrito en la segunda mitad del siglo I antes de nuestra era; es el más reciente de los libros del Antiguo Testamento.

El autor se dirige en primer lugar a los judíos, sus compatriotas, cuya fidelidad está en peligro por el prestigio de la civilización alejandrina: el renombre de las escuelas filosóficas, el desarrollo de las ciencias, la atracción de las religiones mistéricas, de la astrología, del hermetismo, o el atractivo sensible de los cultos populares. Ciertas precauciones que toma indican que también busca la atención de los paganos, a quienes quiere llevar al Dios que ama a todos los hombres. Pero esta intención es secundaria, el libro es una obra de defensa mucho más que de conquista.

Dado el ambiente, la cultura y las intenciones del autor, no es extraño que se observen en su libro numerosos contactos con el pensamiento griego. Pero no se debe exagerar su importancia. Ciertamente debe a su formación helénica un vocabulario para la abstracción y una facilidad de razonamiento que no permitían el léxico y la sintaxis del hebreo; le debe también cierto número de términos filosóficos, de cuadros de clasificación y de temas de escuela, pero estos préstamos limitados no significan la adhesión a una doctrina intelectual, sino que sirven para expresar un pensamiento que se nutre del Antiguo Testamento. De los sistemas filosóficos, o de las especulaciones de la astrología, no sabe sin duda más que un hombre culto de su época en Alejandría.

No es ni filósofo ni teólogo, es un sabio de Israel. Como sus predecesores, exhorta a la búsqueda de la sabiduría, que procede de Dios, que se consigue con la oración, que es raíz de las virtudes y que procura todos los bienes. Con una visión más amplia que ellos, agrega a esta sabiduría las recientes adquisiciones de la ciencia, Sab_7:17-21; Sab_8:8. La cuestión de la retribución, que tanto preocupaba a los sabios, recibe en él la solución. Beneficiándose de las doctrinas platónicas acerca de la distinción entre cuerpo y alma, ver Sab_9:15, y sobre la inmortalidad del alma, afirma que Dios ha creado al hombre para la incorruptibilidad, Sab_2:23, que la recompensa de esta sabiduría es esta incorruptibilidad que garantiza un lugar junto a Dios, Sab_6:18-19. Lo que aquí abajo sucede no es más que una preparación para la otra vida, donde los justos vivirán con Dios, mientras que los impíos recibirán su castigo, Sab_3:9-10. El autor no alude a una resurrección corporal. Con todo, parece que da lugar a la posibilidad de una resurrección de los cuerpos de una forma espiritualizada, tratando, de este modo, de conciliar la noción griega de inmortalidad y las doctrinas bíblicas que se orientaban hacia una resurrección corporal (Daniel).

Como para sus predecesores, la Sabiduría es un atributo de Dios. Esta Sabiduría es la que reguló todo ya en la creación y la que guía los acontecimientos de la historia. A partir del cap. 11, lo que a ella se le atribuía es referido directamente a Dios, pero lo es porque la Sabiduría se identifca con Dios en su gobierno del mundo. Por otra parte, la Sabiduría es «una emanación de la gloria del Omnipotente... un reflejo de la luz eterna... una imagen de su bondad», Sab_7:25-26; y de este modo aparece como distinta de Dios, pero es al mismo tiempo una irradiación de la esencia divina. Sin embargo, no parece que el autor vaya aquí más lejos que los demás libros sapienciales, y haga de la Sabiduría una hipóstasis, pero todo este pasaje sobre la naturaleza de la Sabiduría, 7:22-8:8, marca un progreso en la formulación y un ahondamiento en las ideas antiguas.

El autor, en su meditación sobre el pasado de Israel, 10-19, había sido ya precedido por Ben Sirá, Si 44-50, ver también los Sal 78, 105, 106, 135, 136; pero su originalidad se muestra en dos puntos. En primer lugar, busca las razones de los hechos, y esboza una filosofía religiosa de la historia, que supone una interpretación nueva de los textos: por ejemplo, las explicaciones sobre la moderación de Dios con Egipto y Canaán, 11:15-12:27. Sobre todo, fuerza el relato bíblico para demostrar una tesis. Los caps. 16-19 no son más que un largo paralelo antitético entre el destino de los egipcios y el de los israelitas, en el que el autor, para mejor destacar su tema, enriquece el relato con rasgos inventados, pone en conexión episodios distintos, y abulta los hechos. Es un excelente ejemplo de la exégesis midrásica que cultivarán los rabinos.

Los gustos han cambiado y estas páginas han envejecido, pero la primera parte del libro, 1-9, siempre ofrece al cristiano un alimento espiritual de alta calidad; la liturgia de la Iglesia se ha aprovechado ampliamente de ella.

El texto del libro de la Sabiduría está contenido en cuatro grandes mss: B (Vaticano, s. IV), S (Sinaítico, s. IV), A (Alejandrino, s. V) y C (Codex Ephraemi rescriptus, s. V), y en numerosos mss secundarios. El mejor ms es el B, que ha servido de base para la presente traducción.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Sal_92:6 [Sal_92:5]; Sal_92:7 [Sal_92:6]; Rom_11:33-35 [Rom_11:33-36]

NOTAS

17 A la plaga de las tinieblas, Éxo_10:21-23, el autor contrapone la luz que seguía iluminando al mundo en-tero y a los israelitas, Sab_17:20 y Sab_18:1, luego, la luz de la Ley, Sab_18:4, pero la antítesis propiamente dicha hace intervenir a la «columna de fuego», Sab_18:3.



REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Éxo_10:21-23

[2] Sab_14:3


NOTAS

17:3 El autor va a dramatizar de manera extraña la plaga de las tinieblas. La descripción que sigue amplifica en diversos sentidos el relato bíblico y entronca con el midrás helenístico, empleando quizá leyendas judías y especulaciones rabínicas que hay en Filón de Alejandría. Nótese a la vez la orientación apocalíptica del conjunto: las tinieblas de Egipto vienen a ser la anticipación o la imagen de las tinieblas infernales, ver sobre todo Sab_17:14, Sab_17:20.

NOTAS

17:7 Tras un éxito momentáneo, Éxo_7:11, Éxo_7:22; Éxo_8:3 [Éxo_8:7], habían fracasado, Éxo_8:14 [Éxo_8:18], y hasta habían acarreado desgracias a sus autores, Éxo_9:11. Ciertamente parece que, por encima de los magos del faraón, el autor arremete contra los magos de su tiempo.

NOTAS

17:11 Primera mención de la «conciencia» en la Biblia griega, ver Hch_23:1+; la palabra designa aquí la conciencia moral que reprocha los pecados cometidos. -La reflexión elimina las causas imaginarias del miedo. Pero la conciencia turbia la perturba y le impide realizar su labor.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Lev_26:36