Proverbios 24 La Biblia de Nuestro Pueblo (2006) | 34 versitos |
1 No envidies a los malvados
ni desees vivir con ellos,
2 su mente medita violencias,
sus labios dicen maldades.
3 Con la sabiduría se construye una casa,
con la prudencia se mantiene firme,
4 con el saber se llenan sus cuartos
de bienes, riquezas y comodidades.
5 Más vale maña que fuerza,
experiencia más que vigor.
6 Con buenos planes se gana la guerra,
y la victoria es fruto del consejo.
7 La sabiduría es demasiado para el necio:
no abrirá la boca en público.
8 Al que medita maldades
lo llamarán malintencionado;
9 el que trama locuras fracasa;
al insolente lo detestan los hombres.
10 ¿Te has desanimado en el momento del peligro?,
tu fuerza es limitada.
11 Salva a los condenados a muerte,
saca del peligro al que está para morir.
12 Aunque digas que no lo sabías,
¿no lo va a saber el que pesa los corazones?,
¿no lo sabrá el que vigila tu vida
y paga al hombre sus acciones?
13 Hijo mío, come miel, que es buena;
el panal es dulce al paladar:
14 así sean el conocimiento y la sabiduría para tu alma;
si los alcanzas tendrás un porvenir
y tu esperanza no fracasará.
15 No aceches la casa del honrado
ni destruyas su rebaño,
16 pues aunque caiga siete veces el honrado se levantará,
mientras que los malvados se hundirán en la desgracia.
17 Si cae tu enemigo no te alegres;
si tropieza, no lo celebres,
18 no sea que el Señor lo vea
y retire su enojo de él.
19 No te enojes por causa de los malvados,
no envidies a los que obran mal;
20 porque el perverso no tiene futuro,
la lámpara de los malvados se apagará.
21 Hijo mío, teme al Señor y al rey;
no provoques a ninguno de los dos,
22 porque de repente salta su castigo,
y, ¿quién conoce su furor?
23

CUARTA COLECCIÓN

No es justo ser parcial al juzgar:
24 a quien declara inocente al culpable
la gente lo maldice y se irrita contra él;
25 pero a quienes lo castigan, les va bien,
sobre ellos caen bendiciones.
26 Quien da una respuesta oportuna,
es como si diera un beso en los labios.
27 Ordena tus asuntos en la calle y realiza tus tareas en el campo,
después podrás edificar tu casa.
28 No atestigües sin motivo contra tu prójimo,
no engañes con los labios.
29 No digas: le haré lo que me hizo,
me las ha de pagar.
30 Pasé por el campo de un perezoso,
por la viña de un hombre sin juicio:
31 todo era espinas que crecían, los cardos cubrían el terreno,
la cerca de piedras estaba derribada;
32 al verlo, reflexioné;
al mirarlo, aprendí esta lección.
33 Un rato duermes, un rato descansas,
un rato cruzas los brazos para dormitar mejor,
34 y te llega la pobreza del vagabundo,
la penuria del mendigo.

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Introducción a Proverbios

Sapienciales

Los libros sapienciales forman uno de los grupos de libros bíblicos con perfil propio, netamente distinto de la literatura profética, de los cuerpos legales y de las obras narrativas. Cinco libros forman esta pentápolis de claras fronteras, esta especie de «pentateuco» sapiencial: Proverbios, Job, Eclesiastés (Qohelet), Eclesiástico (Ben Sirá) y Sabiduría. Como el Pentateuco invoca como autor o patrono a Moisés, así tres de estos libros invocan a Salomón como autor.
Un cierto parentesco liga a Job con el Eclesiastés como testigos y actores de una patética controversia sobre el sentido de la vida; por otro lado caminan Proverbios y Eclesiástico, mientras que Sabiduría es un enclave tardío en territorio griego.
El cuerpo sapiencial tiene indudable afinidad con nuestros refranes populares, aforismos cultos y textos didácticos. El propósito de la tarea sapiencial no es la enseñanza intelectual, ni el proponer una especie de catecismo ético, ni indagar el puesto de la vida humana en el orden cósmico. Más bien sería como una «oferta de sensatez», que no una imposición, como guía para todo ser humano.




Proverbios

Forma del libro. Es la obra más típica del cuerpo sapiencial. Bajo el nombre genérico de «meshalim» -proverbios- acoge un conjunto de colecciones de enigmas, sentencias, aforismos, refranes, adagios e instrucciones de carácter ético y moralizante a través de los cuales se transmite una sabiduría popular acumulada durante siglos. Su presentación estimula el esfuerzo de comprensión del oyente o del lector: brevedad, carácter incisivo o enigmático y forma rítmica, al mismo tiempo que facilidad de retención en la memoria.
Las doctrinas o enseñanzas de esta antología tienen dos ejes principales, cada uno con dos polos opuestos: «sensato-necio» y «honrado-malvado». Los términos no son precisos: en el primero pueden entrar dotes naturales de inteligencia y perspicacia, conocimientos adquiridos o destreza en el obrar. Lo mismo podemos decir del segundo eje, que puede referirse a la integridad, la justicia o la inocencia. Estos dos ejes se cruzan, porque la sensatez tiene algo de ético, mientras que la maldad se considera insensata.

Época de composición y autoría del libro. Por su carácter anónimo y el tamaño minúsculo de sus unidades es imposible datar los proverbios. Su composición puede abarcar varios siglos. El prólogo y el epílogo serían obra del recopilador final y, por tanto, posteriores a las otras colecciones. Que Salomón diera impulso a esta corriente de proverbios puede ser realidad o pura leyenda. En realidad, el libro salta las fronteras y las épocas.

Mensaje de los Proverbios. La sensatez es una actividad artesana, atribuida al Dios creador y ofrecida al ser humano para que sea el artífice de su existencia, para que aprenda el sentido de la vida y dé sentido a su propia vida. Para ello, el joven inexperto necesita el apoyo de la experiencia ajena, plural y compartida, que cuaja en refranes, máximas y aforismos; algunos son propios de escuelas de maestros, otros, entregados a la libre circulación ciudadana. Dios está presente en este mundo sapiencial y ético de los Proverbios: posee la sabiduría y concede la sensatez al ser humano; con su aprobación y reprobación consolida el mundo ético.
De una «sabiduría a ras de tierra», el libro va ganando en altura hasta colocar en 8,22-31 a la Sabiduría personificada en la esfera celeste de sus orígenes. Aunque no es Dios ni una divinidad, procede de Dios y precede al mundo; posterior a Dios y anterior al universo, inferior a Dios y superior al mundo. El poeta la presenta como personaje que nace, aprende, actúa.
No se sigue que el poeta se refiera a un ser personal existente fuera del poema, pero con el correr del tiempo esa «sabiduría» tendrá un nombre, Jesucristo, «Sabiduría de Dios», como lo llama San Pablo ( 1Co_1:24 ).

Fuente: La Biblia de Nuestro Pueblo (Liturgical Press, 2006),

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Notas

Proverbios 24,1-34Tercera y cuarta colección. El maestro de sabiduría anuncia que ilustrará todo un cúmulo de conocimiento con treinta sentencias nacidas de la la experiencia y de la observación directa de la vida y del comportamiento humano. Podrían ser treinta o más -o menos-; lo importante es que este enunciado cobija un buen número de sentencias que tocan los temas más disímiles de la vida humana. Ni esta sección ni ninguna otra de toda la literatura sapiencial es un tratado de sistemática epistemológica o una teoría del conocimiento; se trata más bien de una antiquísima manera de educar a los hijos y a los jóvenes inexpertos en general, en la que se transmiten unos sencillos «secretos» para explicarse ciertos movimientos del alma humana o para prevenir a la persona de no caer en determinados comportamientos aberrantes.
El que observa es consciente de que la vida tiene que tener un cierto orden, una cierta armonía, y que todo en la vida debe ser asumido con sensatez y prudencia. A la par que se descubre lo ventajoso de llevar una vida ordenada, también se constata lo desventajoso de seguir simplemente los instintos o de dejarse llevar por otros modelos de comportamiento que no desembocan en nada bueno. El padre o los ancianos de la comunidad transmiten a la joven generación estos conocimientos surgidos de la experiencia; corrigen y solicitan afanosamente que tal corrección sea aceptada con agrado, porque sólo quien ama corrige y sólo quien se siente amado es consciente de que la corrección es un bien, signo de acompañamiento y hasta de solidaridad. Este trabajo también es asumido con idéntica función por la corriente de sabios, los cuales elevaron la sabiduría del pueblo a las altas esferas de la corte, haciendo de ella una posesión prácticamente exclusiva de la aristocracia y de aquellos que podían permitirse el lujo de pagarse a un buen maestro. De este modo se desvirtuó el papel de la sabiduría en el plan de Dios y dejó en entredicho la orientación primera de la justicia.