II Samuel  22 Libro del Pueblo de Dios (Levoratti y Trusso, 1990) | 51 versitos |
1 David dirigió al Señor las palabras de este canto, cuando el Señor lo libró de todos sus enemigos y de la mano de Saúl.
2 El dijo: Yo te amo, Señor, mi fuerza
3 Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador, mi Dios, el peñasco en que me refugio, mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte, mi salvador, que me libras de la violencia.
4 Yo invoco al Señor, que es digno de alabanza, y quedo a salvo de mis enemigos.
5 Las olas de la Muerte me envolvieron, me aterraron los torrentes devastadores,
6 me cercaron los lazos del Abismo, las redes de la Muerte llegaron hasta mí.
7 Pero en mi angustia invoqué al Señor, grité a mi Dios pidiendo auxilio, y él escuchó mi voz desde su Templo, mi grito llegó hasta sus oídos.
8 Entonces tembló y se tambaleó la tierra: vacilaron los fundamentos de las montañas, y se conmovieron a causa de su furor;
9 de su nariz se alzó una humareda, de su boca, un fuego abrasador, y arrojaba carbones encendidos.
10 El Señor inclinó el cielo, y descendió con un espeso nubarrón bajo sus pies;
11 montó en el Querubín y emprendió vuelo, planeando sobre las alas del viento.
12 Se envolvió en un manto de tinieblas; un oscuro aguacero y espesas nubes lo cubrían como un toldo;
13 las nubes se deshicieron en granizo y centellas al fulgor de su presencia.
14 El Señor tronaba desde el cielo, el Altísimo hacía oír su voz;
15 arrojó flechas y los dispersó, lanzó rayos y sembró la confusión.
16 Al proferir tus amenazas, Señor, al soplar el vendaval de tu ira, aparecieron los cauces del mar y quedaron a la vista los cimientos del mundo.
17 El tendió su mano desde lo alto y me tomó, me sacó de las aguas caudalosas;
18 me libró de mi enemigo poderoso, de adversarios más fuertes que yo.
19 Ellos me enfrentaron en un día nefasto, pero el Señor fue mi apoyo:
20 me sacó a un lugar espacioso, me libró, porque me ama.
21 El Señor me recompensó de mis manos:
22 porque seguí fielmente los caminos del Señor, y no me aparté de mi Dios, haciendo el mal;
23 porque tengo presente todas sus decisiones y nunca me alejé de sus preceptos.
24 Tuve ante él una conducta irreprochable y me esforcé por no ofenderlo.
25 El Señor me premió, porque yo era justo y era inocente ante sus ojos.
26 Tú eres bondadoso con los buenos y eres íntegro con el hombre intachable;
27 eres sincero con los que son sinceros y te muestras astuto con los falsos.
28 Porque tú salvas al pueblo oprimido y humillas los ojos altaneros:
29 tú eres mi lámpara, Señor; Dios mío, tú iluminas mis tinieblas
30 Contigo puedo atacar a un tropel; con mi Dios, puedo asaltar una muralla.
31 El camino de Dios es perfecto, la promesa del Señor es digna de confianza. El Señor es un escudo para los que se refugian en él,
32 porque ¿Quién es Dios fuera del Señor? ¿y quién es la Roca fuera de nuestro Dios?
33 El es el Dios que me ciñe de valor y hace intachable mi camino;
34 el que me da la rapidez de un ciervo y me afianza en las alturas;
35 el que adiestra mis manos para la guerra y mis brazos para tender el arco de bronce.
36 Me entregaste tu escudo victorioso y tu mano derecha me sostuvo; me engrandeciste con tu triunfo,
37 me hiciste dar largos pasos, y no se doblaron mis tobillos.
38 Perseguí y alcancé a mis enemigos, no me volví hasta que fueron aniquilados;
39 los derroté y no pudieron rehacerse, quedaron abatidos bajo mis pies.
40 Tú me ceñiste de valor para la lucha, doblegaste ante mí a mis agresores;
41 pusiste en fuga a mis enemigos, y yo exterminé a mis adversarios.
42 Imploraron, pero nadie los salvó; gritaban al Señor, pero no les respondía.
43 Los deshice como polvo de la tierra, los pisé como el barro de las calles.
44 Tú me libraste de un ejército incontable y me pusiste al frente de naciones: pueblos extraños son mis vasallos.
45 Gente extranjera me rinde pleitesía; apenas me oyen nombrar, me prestan obediencia.
46 Los extranjeros palidecen ante mí y, temblando, abandonan sus refugios.
47 ¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca! ¡Glorificado sea Dios, la Roca de mi salvación,
48 el Dios que venga mis agravios y pone a los pueblos a mis pies!
49 Tú me liberas de mis enemigos, me haces triunfar de mis agresores y me libras del hombre violento.
50 Por eso te alabaré entre las naciones y cantaré, Señor, en honor de tu Nombre.
51 El concede grandes victorias a su rey y trata con fidelidad a su Ungido. a David y a su descendencia para siempre.

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Introducción a II Samuel 


Samuel I

Los libros de SAMUEL formaban originariamente una sola obra, que luego fue dividida en dos partes, debido a la considerable extensión de la misma. Esta obra abarca un amplio e importante período de la historia de Israel. Es el que transcurre entre el fin de la época de los Jueces y los últimos años del reinado de David, o sea, entre el 1050 y el 970 a. C. Israel vive en este tiempo una difícil etapa de transición, que determina el paso del régimen tribal a la instauración de un estado monárquico.
Los hechos que aquí se relatan están centrados en torno a tres figuras protagónicas: Samuel, el profeta austero; Saúl, el primer rey de Israel, y David, el elegido del Señor. Aunque de muy diversa manera, los tres tuvieron una parte muy activa en la agitada vida de su Pueblo y ejercieron sobre ella una influencia decisiva.
Samuel fue el guía espiritual de la nación en los días oscuros de la opresión filistea. Firmemente arraigado en las tradiciones religiosas de Israel, luchó más que ningún otro por mantener viva la fe en el Señor, estimulando al mismo tiempo el fervor patriótico de los israelitas y la voluntad de resistir a la dominación extranjera. Una vez instaurada la realeza, le prestó su apoyo, pero nunca dejó de afirmar que por encima de la autoridad del rey está la Palabra del Señor, manifestada por medio de sus Profetas.
Saúl fue, ante todo, un rey guerrero. El relato bíblico ha conservado ciertos episodios que nos hacen entrever, al mismo tiempo, la importancia histórica de Saúl y la tragedia de su reinado. Hacia el año 1030 a. C., él comienza la guerra de liberación y los filisteos tienen que replegarse a sus fronteras. Pero la violación de las leyes de la guerra santa ( 1Sa_13:8-14 ; 1Sa_13:15 ) le atrae la reprobación de Samuel. Con inflexible severidad, el profeta proclama la caída del rey, y este comienza a perder prestigio. Saúl se vuelve receloso y colérico. La primera víctima de sus celos es David, contra quien desata una encarnizada persecución. Así se desgastan las fuerzas de la monarquía naciente, precisamente cuando el peligro filisteo se hacía cada vez más amenazador. Por último, hacia el 1010 a. C., el desastre de Gelboé marca el trágico fin de este héroe contradictorio y desdichado.
David restauró las ruinas del reino en franco proceso de desintegración. La más significativa de sus hazañas fue ganarse la adhesión de todas las tribus de Israel. Los filisteos fueron rechazados definitivamente y las plazas fuertes cananeas quedaron sometidas al dominio israelita, lográndose así la unidad territorial. Después de la conquista de Jerusalén, el reino davídico tuvo su capital política y religiosa, y las victorias de David sobre los pueblos vecinos aseguraron su hegemonía sobre la Transjordania y sobre los arameos de Siria meridional. Sin embargo, la unidad interna de Israel no llegó a consolidarse realmente. La revuelta de Absalón -apoyada por las tribus del Norte- puso en peligro la estabilidad del reino apenas constituido. A pesar de todo, al término de su larga y azarosa vida, David dejó a su hijo Salomón un reino lleno de gloria y de grandeza.
Basta una somera lectura de los libros de Samuel para descubrir en ellos la presencia de elementos heterogéneos. Fuera de la "Crónica de la sucesión al trono de David" (2 Sam. 9-20), que se caracteriza por su notable unidad, el resto de la obra fue compuesto a partir de tradiciones y documentos de índole bastante diversa. De allí las frecuentes repeticiones y las divergencias en la presentación de los mismos hechos, particularmente en los relatos sobre los orígenes de la monarquía. En la redacción final de la obra se percibe la influencia del Deuteronomio, aunque en menor medida que en los libros de Josué, de los Jueces y de los Reyes.
Los libros de Samuel relatan una historia que llega a su etapa de madurez con la formación del reino de David. En el centro de la narración, el oráculo de Natán ( 2Sa_7:1-17 ) asegura la continuidad de la dinastía davídica en el trono de Israel. Así la historia de David adquiere un significado profético y mesiánico. El recuerdo de esta historia fue perfilando en Israel la figura ideal de un descendiente de David, de un "nuevo" David, el Ungido del Señor, el Mesías. Y "cuando se cumplió el tiempo establecido" ( Gal_4:4 ), "de la descendencia de David, como lo había prometido, Dios hizo surgir para Israel un Salvador, que es Jesús" ( Act_13:23 ).

Fuente: Libro del Pueblo de Dios (San Pablo, 1990)

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Notas