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Yahvé tu Dios la entregará en tus manos, y pasarás a filo de espada a todos sus varones; (Deuteronomio  20, 13) © Nueva Biblia de Jerusalén (Desclee, 1998)

BHSEk - Biblia Hebraica Stuttgartensia (Enhanced; KJV versification)

וּ‎(וְ)

Hebrew|û|and

Part-of-speech: conjunction
Gender: not applicable
Number: not applicable
Person: not applicable
State: not applicable
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[f.ab.aa] [519]
[ו] [GES1991] [BDB2226] [HAL2241]

נְתָנָ֛הּ‎(נָתַן)

Hebrew|nᵊṯānˈāh|give

Part-of-speech: verb
Gender: masculine
Number: singular
Person: third person
State: not applicable
Verbal tense: perfect
Verbal stem: qal


[H5414] [n.gg.aa] [1443]
[נתן] [GES5339] [BDB5941] [HAL5834]

יְהוָ֥ה‎(יהוה)

Hebrew|[yᵊhwˌāh]|YHWH

Part-of-speech: proper noun
Gender: masculine
Number: singular
Person: not applicable
State: absolute
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[H3068] [e.az.ae] [484a]
[יהוה] [GES2969] [BDB3312] [HAL3292]

אֱלֹהֶ֖יךָ‎(אֱלֹהִים)

Hebrew|ʔᵉlōhˌeʸḵā|god(s)

Part-of-speech: noun
Gender: masculine
Number: plural
Person: not applicable
State: absolute
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[H430] [a.dl.ad] [93c]
[אלהים] [GES407] [BDB437] [HAL452]

בְּ‎(בְּ)

Hebrew|bᵊ|in

Part-of-speech: preposition
Gender: not applicable
Number: not applicable
Person: not applicable
State: not applicable
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[b.ab.aa] [193]
[ב] [GES855] [BDB923] [HAL939]

יָדֶ֑ךָ‎(יָד)

Hebrew|yāḏˈeḵā|hand

Part-of-speech: noun
Gender: unknown
Number: singular
Person: not applicable
State: absolute
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[H3027] [j.aq.aa] [844]
[יד] [GES2931] [BDB3271] [HAL3251]

וְ‎(וְ)

Hebrew|wᵊ|and

Part-of-speech: conjunction
Gender: not applicable
Number: not applicable
Person: not applicable
State: not applicable
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[f.ab.aa] [519]
[ו] [GES1991] [BDB2226] [HAL2241]

הִכִּיתָ֥‎(נָכָה)

Hebrew|hikkîṯˌā|strike

Part-of-speech: verb
Gender: masculine
Number: singular
Person: second person
State: not applicable
Verbal tense: perfect
Verbal stem: hif‘il


[H5221] [n.dk.aa] [1364]
[נכה] [GES5139] [BDB5736] [HAL5628]

אֶת‎(אֵת)

Hebrew|ʔeṯ-|[object marker]

Part-of-speech: preposition
Gender: not applicable
Number: not applicable
Person: not applicable
State: not applicable
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[H853] [a.gm.aa] [186]
[את] [GES828] [BDB894] [HAL913]

כָּל‎(כֹּל)

Hebrew|kol-|whole

Part-of-speech: noun
Gender: masculine
Number: singular
Person: not applicable
State: construct
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[H3605] [k.bn.ab] [985a]
[כל] [GES3499] [BDB3904] [HAL3872]

זְכוּרָ֖הּ‎(זְכוּר)

Hebrew|zᵊḵûrˌāh|male

Part-of-speech: noun
Gender: masculine
Number: singular
Person: not applicable
State: absolute
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[H2138] [g.bh.af] [551f]
[זכור] [GES2081] [BDB2324] [HAL2336]

לְ‎(לְ)

Hebrew|lᵊ|to

Part-of-speech: preposition
Gender: not applicable
Number: not applicable
Person: not applicable
State: not applicable
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[l.aa.ab] [1063]
[ל] [GES3706] [BDB4135] [HAL4089]

פִי‎(פֶּה)

Hebrew|fî-|mouth

Part-of-speech: noun
Gender: masculine
Number: singular
Person: not applicable
State: construct
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[H6310] [q.al.aa] [1738]
[פה] [GES6231] [BDB6883] [HAL6822]

חָֽרֶב‎(חֶרֶב)

Hebrew|ḥˈārev|dagger

Part-of-speech: noun
Gender: feminine
Number: singular
Person: not applicable
State: absolute
Verbal tense: not applicable
Verbal stem: not applicable


[H2719] [h.fk.ab] [732a]
[חרב] [GES2620] [BDB2941] [HAL2925]

Biblia Comentada, Profesores de Salamanca (BAC, 1965)



20. Derecho de Guerra.
1Cuando vayas a hacer la guerra a tus enemigos, al ver los caballos y los carros de un pueblo más poderoso que tú, no los temerás, porque Yahvé, tu Dios, que te sacó de Egipto, está contigo. 2Cuando se vaya a dar la batalla, avanzará el sacerdote y hablará al pueblo, 3y le dirá: ¡Oye, Israel! Hoy vais a dar la batalla a vuestros enemigos; que no desfallezca vuestro corazón; no temáis, no os asustéis ni os aterréis ante ellos, 4porque Yahvé, vuestro Dios, marcha con vosotros para combatir con vosotros contra vuestros enemigos, y El os salvará. 5Luego hablarán al pueblo los escribas, diciendo: ¿Quién ha construido una casa nueva y no la ha estrenado ? Que se vaya y vuelva a su casa, no muera en la batalla y sea otro el que la estrene. 6¿Quién ha plantado una viña y no la ha vendimiado todavía? Que se vaya y vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y la vendimie otro. 7¿Quién se ha desposado con una mujer y todavía no la ha tomado? Que se vaya y vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y la tome otro. 8Los escribas seguirán hablando al pueblo y le dirán: ¿Quién tiene miedo y siente desfallecer su corazón? Que se vaya y vuelva a su casa, para que no desfallezca, como el suyo, el corazón de sus hermanos. 9 Cuando los escribas hayan acabado de hablar al pueblo, los jefes de las tropas se colocarán a la cabeza del ejército. 10 Cuando te acercares a una ciudad para atacarla, le brindarás la paz.11Si la acepta la gente de ella y te abre, será hecha tributaria y te servirá. 12Si en vez de hacer paces contigo quiere la guerra, la sitiarás; 13y cuando Yahvé, tu Dios, la pusiere en tus manos, pasarás a todos los varones al filo de la espada; 14pero las mujeres, y los niños, y los ganados, y cuanto haya en la ciudad, todo su botín, lo tomarás para ti, y podrás comer los despojos de tus enemigos que Yahvé, tu Dios, te dará. 15Así harás con todas las ciudades situadas lejos de ti que no sean de las ciudades de estas gentes. 16Pero en las ciudades de las gentes que Yahvé, tu Dios, te dará por heredad, no dejarás con vida a nada cuanto respira; 17darás al anatema esos pueblos: a los jéteos, amorreos, canaiieos, fereceos, jeveos y jebuseos, como Yahvé, tu Dios, te lo ha mandado, 18para que no aprendáis a imitar las abominaciones a que esas gentes se entregan para con sus dioses y no pequéis contra Yahvé, vuestro Dios. 19Si para apoderarte de una ciudad enemiga tienes que hacer un largo asedio, no destruyas la arboleda metiendo en ella el hacha; come sus frutos y no los tales, que no es un hombre el árbol del campo para que pueda reforzar la defensa contra ti. 20Los árboles que veas que no son de fruto, podrás destruirlos y derribarlos, para hacer ingenios con que combatir a la ciudad en guerra contigo hasta que caiga.

Este capítulo interrumpe la ilación lógica entre el c.19 y el 21, en los que se trata de cuestiones relativas a homicidios y juicios; por eso estaría mejor colocado después 21:9, sirviendo de introducción a 21:10-14.
Israel, cuando se vea obligada a emprender empresas bélicas, no debe asustarse ante el poderío militar de sus enemigos. No sólo los ejércitos mesopotámicos y los de Egipto tenían caballería con carros, que era el pánico de la época, sino los mismos reyezuelos cananeos1. Israel, frente a esta preparación militar, estaba en plan de inferioridad, pero tenía la protección de Yahvé, que combatiría por él. Los sacerdotes deben exhortar al pueblo al combate haciéndoles ver que con ellos está el brazo omnipotente de Yahvé (v.2). En un alarde de humanitarismo, quedan excluidos del combate los que hayan construido una nueva casa, hayan plantado una viña o se hayan desposado (v.5-7). Incluso los tímidos tienen libertad para volver a sus casas (v.8). Era un modo de invitarlos a hacer un gesto de valentía2. Con todo, el legislador sabe que los de ánimo apocado pueden sembrar el pánico en el combate y ser causa de un desastre.
Cuanto a las normas de la guerra, el legislador distingue la guerra de conquista cananea y la guerra contra los pueblos del exterior. Los cananeos deben ser exterminados, entregados al anatema (jerem), para que no sean ocasión de prevaricación con sus cultos para los hebreos (v.18). Sin embargo, este exterminio no fue tan general, ya que de hecho los cananeos convivieron con los israelitas por mucho tiempo, y el mismo Dios no permite su extinción, para que la tierra no quede despoblada y se llene de fieras3. Los hebreos se acomodaron en estas leyes de guerra a las costumbres bárbaras de la época. Con todo, en la Biblia aparecen muchas frases generales hechas que no se han de tomar al pie de la letra, y, por otra parte, el hagiógrafo quiere con ellas, sobre todo, dar a entender la aversión que el pueblo israelita ha de tener hacia las prácticas idolátricas de los cananeos. Respecto de los otros pueblos, las leyes de guerra son más humanas, aunque están muy lejos de las exigencias del derecho internacional actual y aun del (derecho natural. Ante todo, se ha de ofrecer la paz cuando se quiere asaltar una ciudad. Si el enemigo se entrega, se le someterá a un tributo; en caso contrario, los hombres de guerra morirán al filo de la espada (v.13). Las mujeres, niños y ganados serán contados como botín. Se prohíbe también talar los árboles frutales, lo que no deja de ser una novedad, ya que los reyes asirios se glorían de devastar todos los campos, talando los árboles y sembrando la ruina por doquier4. El legislador considera los árboles como algo útil y, por otra parte, inofensivo contra los invasores israelitas, y, en consecuencia, ordena que no se deben ensañar con ellos (v.20).

El Derecho de Guerra en Israel.
Al crear Dios la primera pareja humana, los bendijo, diciendo: Creced, multiplicaos y henchid la tierra, sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre cuanto vive y se mueve sobre la tierra (Gen_1:28). La misma bendición otorgó Dios a Noé y a su familia al salir del arca después del diluvio (Gen_9:1ss). ¿Cómo llegó a realizarse esta bendición, que es, a la vez, un mandato divino? A medida que el hombre se iba multiplicando y se convertían las familias en tribus, se iban esparciendo por la tierra, que estaba despoblada. Pero, creciendo más y multiplicándose las tribus, convertidas en naciones, vendrían a encontrarse sobre el mismo territorio, acomodándose a vivir juntos en una región o entablando una lucha a muerte por la posesión exclusiva de la tierra. Cuando en una región determinada crece la población y encuentra difícil el vivir con los medios que le produce, vienen las emigraciones de los pueblos en busca de nuevo asiento; y, si dan con una región que por sus condiciones los atraiga, se lanzarán sobre ella apoyados en el derecho de su necesidad y el de su fuerza. Tal es la historia de las invasiones, origen a veces de guerras prolongadas. En el siglo primero antes de la era cristiana comenzaron las tribus germanas a pasar el Rin y lanzarse sobre el Occidente. Las victorias de Mario primero y luego las de César las contuvieron, pero luego volvieron a la carga. Mientras el Imperio estuvo fuerte logró contenerlos. Cuando perdió su fuerza, los germanos atravesaron el Rin y el Danubio e invadieron las provincias del Imperio, deseosos de asentarse en ellas, como lo verificaron. La Providencia divina, que gobierna el mundo, se vale de estos movimientos de los pueblos para regenerar los que se hallan agotados por sus vicios, haciendo así efectivo el mandato dado al principio al hombre de dominar la tierra.
La historia actual nos presenta el mismo problema en otra forma. Hay naciones especialmente prolíficas que no pueden hallar medios suficientes de vida dentro del territorio que ocupan. De ahí la necesidad de ampliar por la conquista su territorio o buscar en la emigración lo que no hallan en su patria. Esto se logra sin derramamiento de sangre, aquello produce guerras sangrientas.
Otra forma del mismo problema es la lucha social. Por causas históricas, una pequeña porción de la sociedad viene a hacerse dueña del territorio nacional, quedando el resto privado de su aprovechamiento. Al fin viene la lucha, que podrá revestir variadas formas, hasta que de algún modo se resuelva el conflicto, y los que no tenían nada alcancen, por un camino o por otro, medios de vida.

El Caso de Israel. Empujados por una ley histórica, los patriarcas hebreos invaden Canaán, todavía poco poblado, y logran vivir allí una vida nómada entre los pueblos sedentarios. La necesidad los lleva, como a tantos otros, a las fértiles orillas del Nilo, donde se multiplican, y, no pudiendo desarrollarse libremente, sienten la necesidad de abandonar la tierra en que por algún tiempo habían hallado su prosperidad. Al fin conquistan la libertad deseada y salen de Egipto. ¿Qué hacer, pues, ya que el desierto no les ofrece medios de vida, a ellos que estaban hechos a la vida fácil de las riberas del Nilo? La tierra de Canaán, habitada anteriormente por sus padres, se presentaba ante sus ojos ocupada por pueblos sin grande fuerza, porque carecían de unidad. Y tuvo lugar la invasión. Hay motivos para dudar de que el relato que la tradición bíblica nos ofrece sea completo, pero eso no importa mucho a nuestro propósito; el hecho de que Canaán fue invadida por los hebreos y que éstos, al cabo de algún tiempo, se adueñaron de ella, exceptuada la parte de la costa, ocupada por los filisteos, no ofrece duda. Tal sería el hecho considerado a la luz de las leyes históricas, que no son extrañas a la providencia de Dios.

El Género Literario Religioso. Pero la Biblia nos lo cuenta siguiendo otros principios: los principios religiosos. Conviene tener presente lo que en la historia narrada según estos principios hay de género literario. Esto sin perjuicio de la revelación divina, que muchos argumentos históricos nos obliga a admitir. En los documentos históricos de Egipto, Asiria y Babilonia, los reyes proceden en todas sus empresas según las disposiciones de sus dioses, los cuales, a su vez, ayudan para que sus oráculos se cumplan. El mismo Mesa, rey de Moab, en la guerra que hubo de sostener contra los israelitas, y de la cual cuenta en su estela que salió victorioso gracias a la ayuda de su dios nacional Camos, nos dice que obró también siguiendo los mandatos del dios. En la Biblia todo procede según los órdenes de Yahvé, el cual no sólo da al pueblo las leyes por que se ha de regir, sino que señala los sitios en que se ha de acampar y los días que en cada sitio debe permanecer. Israel no da un paso sin la orden expresa de Yahvé. Hay aquí algo de género literario, en que se expresa la especial providencia con que Dios regía la vida de su pueblo, a quien había señalado tan altos destinos cuales eran los de preparar la obra del Mesías. No es menor la asistencia de Jesucristo a su Iglesia, y, no obstante, la vida de ésta no está exenta de las leyes históricas, como tampoco lo están la vida de sus santos. Hoy todos confiesan que la antigua hagiografía, que hacía de la vida de éstos un continuo milagro, ni es histórica ni edificante siquiera.
En el Génesis, Dios promete a los patriarcas la posesión de la tierra de Canaán, la tierra de sus peregrinaciones (Gen_13:1438; Gen_16:13ss). Luego envía a Moisés, para que, sacando a su pueblo de Egipto, le introduzca en la tierra prometida a los padres (Exo_3:755; Exo_6:1ss). En el Sinaí habla Dios así a Israel: Yo mandaré un ángel ante ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto. Acátale y escucha su voz, no le resistas, porque no perdonará vuestras rebeliones y porque lleva mi nombre. Pero si le escuchas y haces cuanto él te diga, yo seré enemigo de tus enemigos y afligiré a los que te aflijan, pues mi ángel marchará delante de ti y te conducirá a la tierra de los amorreos, de los jéteos, de los fereceos, de los cananeos, de los jeveos y de los jebuseos, que yo exterminaré. No adores a sus dioses ni les sirvas, no imites sus costumbres y derriba y destruye sus cipos... Mi terror te precederá y perturbará a todos los pueblos a que llegues, y todos tus enemigos volverán ante ti las espaldas, y mandaré ante ti tábanos, que pondrán en fuga a jeveos, cananeos y jéteos delante de ti. No los arrojaré en un solo año, no quede la tierra desierta y se multipliquen contra ti las fieras. Poco a poco los haré desaparecer ante ti hasta que crezcas y poseas la tierra. Pondré en tu mano a los habitantes de esa tierra y los arrojarás de tu presencia. No pactarás con ellos ni con sus dioses, no sea que, habitando en tu tierra, te hagan pecar contra mí y sirvas a sus dioses, lo que sería tu ruina (Exo_23:20-33).
Si nos fijamos un poco en esta larga cita, echaremos de ver que lo primero en que Dios insiste es en la destrucción de la religión cananea, a fin de evitar el escándalo de su pueblo. Promete su eficaz ayuda para realizar la conquista, pero anunciando que ésta será lenta. La razón alegada es una prueba de que los hebreos no alcanzaran la enorme cifra de 600.000 hombres armados, pues con ésos y los demás viejos, mujeres y niños, la tierra de Canaán quedaría más que superpoblada.
Una orden paralela hasta en las palabras la leemos: Yo arrojaré de ante ti al amorreo, al cananeo, al jeteo, al fereceo, al jeveo y al jebuseo. Guárdate de pactar con los habitantes de la tierra contra la cual vas, pues sería para vosotros la ruina. Derribad sus altares, sus cipos; destrozad sus aseras (Exo_34:11-13). Son, en substancia, las mismas ideas del Deuteronomio.
Reglamentación De La Guerra. Todavía vuelve a insistir, al reglamentar el modo de hacer la guerra a las ciudades lejanas que no sean de las ciudades de estas gentes. Porque en las ciudades de las gentes que Yahvé, tu Dios, te da por heredad, no dejarás con vida nada de cuanto respira; darás al anatema esos pueblos: a los jéteos, amorreos, cananeos, fereceos, jeveos y jebuseos, como Yahvé, tu Dios, te lo ha mandado, para que no aprendáis a imitar las abominaciones a que esas gentes se entregan para con sus dioses y no pequéis contra Yahvé, vuestro Dios (Exo_20:15-18).
De todos estos textos sacamos en conclusión la insistencia con que se manda destruir todos los santuarios cananeos, para que no sirvan de escándalo a Israel. Hay que borrar hasta la memoria de las abominaciones idolátricas de los habitantes de Canaán. La razón de esta disposición es clara y no implica ningún problema. En esto insiste también otro pasaje de Num_33:525 : Cuando hubiereis pasado el Jordán para entrar en la tierra de Canaán, arrojad de delante de vosotros a todos los habitantes de la tierra y destruid todas sus esculturas y todas sus imágenes fundidas, y devastad todos sus excelsos. Pero, además de la religión, se ordena arrojar delante de sí a todos sus habitantes, igual que leemos en el éxodo. Esto no es destruir la población, sino anular su influencia, en cuanto pueda constituir un peligro para la vida moral y religiosa de Israel. Aquí la palabra jerem (anatema), que a veces leemos en el Deuteronomio, no tiene el sentido propio, sino otro más genérico, pedido por el estilo oratorio del libro.
El Problema Moral. Con todo, esto implica un grave problema de orden moral: ¿Será posible que semejante legislación venga del cielo? Cuando en el c.18 del Génesis leemos en qué manera condesciende Yahvé con las súplicas de Abrahán en favor de los moradores de Sodoma, cuyos vicios clamaban a Dios pidiendo castigo (Gen_18:20s), no podemos menos de reconocer que tales palabras son una consoladora revelación de lo alto. También cuando leemos el precepto del amor del prójimo extendido a todos los moradores de Israel. Igual hemos de decir cuando oímos a Moisés declarar el sentido que encierra el nombre de Yahvé misericordia hasta la milésima generación, y justicia sólo hasta la tercera -. Y cuando repetimos aquellas palabras del Salmo: Porque su misericordia es eterna (Sal 136), sentimos ahí un preludio de aquellas otras de San Juan en que nos dice que Dios es Amor (1Jn_4:8).
Ahora bien, Dios no se muda, porque es eterno. Y si en la Sagrada Escritura notamos alguna mudanza, esa mudanza tiene su causa en el hombre, que no es capaz de concebir las cosas divinas sino en función de su propio espíritu. La letra del texto sagrado parece querernos decir que Dios usa de estos rigores con los cananeos en castigo de sus crímenes. Pero éstos no clamaban al cielo con más fuerza que los cometidos después por su pueblo, y, para castigo de éstos, Dios, que dispone de los pueblos todos, levantaba bandera en los montes y convocaba a las naciones del aquilón (Isa_5:26). Mas hacía tal cosa actuando las leyes históricas y sirviéndose de las mismas ambiciones humanas. Por esto, a los que primero había empleado como instrumentos de su justicia, luego, por el mismo camino, los castigaba, a causa de la injusticia con que habían procedido (Isa_13:233). Es la Providencia divina, que gobierna el hombre respetando su libertad. Si otra cosa aparece en los libros históricos de la Sagrada Escritura, habremos de atribuirlo a aquel género literario que antes llamamos religioso, en que parece que el hombre no sabe moverse sino bajo la expresa orden de la divinidad. Gamos, el dios nacional de Moab, no era sino una creación del espíritu moabita, y de este mismo espíritu procedían las órdenes de Gamos, de que Mesa nos habla en su inscripción. No podemos decir otro tanto de Yahvé, el Dios que hizo el cielo y la tierra, que eligió a Israel y le destinó para preparar la grande obra de sus misericordias, la obra de su Verbo encarnado; pero todavía tendremos que admitir que, en la concepción del gobierno divino sobre Israel, entra por mucho la mentalidad del pueblo, muy parecida a la de Moab y de las naciones vecinas. En esto no hay que olvidar la ley del progreso, observada por Dios en la revelación divina, y con ella la efusión del Espíritu de Dios, que comunica a las almas para los días de su Hijo, de quien son estas palabras: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés dar libelo de repudio (Me 10,5). Esta dureza impuso también al profeta de Dios otras muchas condescendencias. Y una de ellas era el modo de hacer la guerra.
La Conquista. Ya hemos visto atrás cómo consagran a Dios por anatema la ciudad, que de esto se llamará Jorma (Núm 45; 21,3). Antes de entrar en Canaán, la tierra que tenían prometida, se apoderaron en la TransJordania de los reinos amorreos, que debió de parecerles muy buena presa. Israel le derrotó (a Seón) al filo de la espada y se apoderó de su tierra, desde el Amón hasta Jaboc, hasta los amonitas, pues Jahsa era frontera de los amonitas. Conquistó Israel todas estas ciudades y habitó en las ciudades de los amorreos, en Hesebón y en todas las ciudades que de ella dependen... Envió Moisés a reconocer a Jazer, y se apoderaron de las ciudades que de ella dependían, expulsando de ellas a los amorreos, que en ellas habitaban, y, volviéndose, subieron camino de Basan, saliéndoles al encuentro Og, rey de Basan, con todo su pueblo, para dar la batalla en Edrai... Y le derrotaron a él y a toda su gente hasta no dejar ni uno, y se apoderaron de su tierra (Num_21:25-35). Todo esto lo ejecutaron los hebreos de propia iniciativa, con el propósito de ocupar la tierra, sin el impedimento de sus antiguos poseedores. Y no inventaban normas nuevas de guerrear. Seguían las de su época.
Cuando luego entraron en Canaán, Jericó, la primera ciudad por ellos ocupada, fue entregada al anatema. Mirado este hecho desde el punto de vista de la religión antigua, venía a ser una hecatombe en obsequio de Yahvé, para merecer su ayuda en la conquista que empezaba. Considerado desde el punto militar, tenía por objeto sembrar el pánico entre los cananeos y facilitar su rendición o su conquista. En la segunda ciudad conquistada, Hai, parece haberse repartido el fruto de la victoria entre Yahvé y el pueblo, pues de ella dice Dios: Trata a Hai y a su rey como trataste a Jericó y a su rey; pero el botín y el ganado tomadlo para vosotros (Jos_8:2).
La primera batalla contra los cananeos, que fue la de Gabaón, nos la describe el autor sagrado así: Los cinco reyes huyeron y se refugiaron en la caverna de Maceda. Allí los encerró Josué para impedir que se le escapasen. El pueblo persiguió a los fugitivos hasta exterminarlos, refugiándose en las ciudades fuertes los que pudieron escapar. Josué entonces mandó abrir la cueva y sacar a los cinco reyes: el de Jerusalén, el de Hebrón, el de Jerimot, el de Laquis y el de Eglón, y, llamando Josué a los jefes de Israel, les dijo: Acercaos y poned el pie sobre su cuello. Lo hicieron así, y Josué añadió: No temáis ni os acobardéis; sed firmes y valientes, pues así tratará Yahvé a todos vuestros enemigos. Después Josué hizo darles muerte y los mandó colgar de cinco árboles, y allí estuvieron colgados hasta la tarde (Jer_10:16-26). Y, resumiendo toda la campaña del Mediodía, el texto nos dice: Josué batió toda la tierra: la montaña, el mediodía, los llanos y las pendientes, con todos sus reyes, sin dejar escapar a nadie, y dando al anatema todo viviente, como lo había mandado Yahvé, Dios de Israel (Jer_10:40). La misma conducta observó el caudillo israelita en la campaña del Norte después de vencidos los cananeos junto al lago Merón (Jos_11:12-15). Por fin, resumiendo la obra de Josué, dice el texto que no hubo ciudad que hiciese paces con los hijos de Israel, fuera de los jeveos, que habitaban en Gabaón; todas las tomaron por la fuerza de las armas, porque era designio de Yahvé que estos pueblos endureciesen su corazón en hacer la guerra a Israel, para que Israel los diese al anatema, sin tener para ellos misericordia y los destruyera, como Yahvé se lo había mandado a Moisés (Jos_11:19-20). Sin embargo, la distribución de la tierra fue más bien una asignación de la parte que cada tribu debía conquistar. Esto nos dice el sentido de este resumen de la conquista llevada a cabo por Josué.
El c.1 de los Jueces traza un cuadro de la obra de cada una de las tribus para adueñarse de su heredad. La empresa fue acabada por David. Todo esto muestra cómo no podemos entender a la letra las expresiones tan universales de la Sagrada Escritura.

La Guerra Después de la Conquista. Pero no sólo en estas guerras de conquista. En el apéndice del libro se nos habla del castigo de Benjamín, y se dice que en la batalla última y decisiva cayeron de Benjamín 25.000 hombres, quedando sólo 600 en la peña de Rimón. Como si esto fuera poco, los hijos de Israel se volvieron contra Benjamín y pasaron a filo de espada las ciudades, hombres y ganados y todo cuanto hallaron, e incendiaron cuantas ciudades encontraron (Jos_20:48). Después se reúnen en Betel y hacen una gran lamentación por la ruina de una tribu israelita. Cuando David se hallaba entre los filisteos, salía a hacer excursiones contra los guesurianos, contra los fereceos y contra los amalecitas, pues todos; éstos habitaban la región desde Telam por el sur hasta el Egipto.. David asolaba sus tierras, sin dejar vivos hombre ni mujer, apoderándose de los ganados. Esto hacía para que no le delatasen los. Supervivientes (1Sa_27:8-12). En comparación de esto, juzgaremos blanda la conducta del mismo David con los amonitas, a quienes condenó a trabajos forzados (2 Lam_12:31), y hasta la más dura guardada con los moabitas, a los cuales batió, y, haciéndoles postrarse en tierra, los midió, echando sobre ellos las cuerdas, y a dos de las medidas las condenó a muerte, y a la otra la dejó con vida (2Sa_8:2). Tal modo de hacer la guerra nos parece ahora inhumano, pero era cosa corriente en la antigüedad.
Y leemos en 1Re_20:38 que los reyes de Israel tenían en Siria fama de misericordiosos.
En Todas Partes Igual. Siglos más tarde, los griegos y romanos no habían suavizado los procedimientos guerreros. Representémonos dos pequeños ejércitos frente a frente. Cada uno lleva consigo las estatuas de sus dioses, el altar y las enseñas, que son emblemas sagrados; cada uno tiene sus oráculos, que le prometen éxito feliz; sus augures o adivinos, que le den seguridades de la victoria. En ambos ejércitos los soldados piensan como aquel griego de Eurípides: Los dioses que combaten con nosotros son más fuertes que los que luchan por nuestros enemigos. Cada ejército pronuncia contra su contrario imprecaciones semejantes a ésta: ¡Oh dioses!, derramad el espanto, el terror y el mal entre nuestros enemigos. Que estos hombres y cuantos habitan en sus campos y en su ciudad sean privados de la luz del sol. Que su ciudad y sus campos, sus jefes y sus personas, os sean consagrados por el anatema.
Una guerra llevada a cabo según estos principios podía hacer desaparecer una ciudad, un pueblo. En virtud del derecho de guerra, Roma extendió la soledad en torno suyo y destruyó las numerosas ciudades de los volscos, latinos y samnitas. Cuando el vencedor no exterminaba a los vencidos, tenía el derecho de suprimir su ciudad, su religión, sus cultos. La fórmula de rendición solía ser ésta: Yo entrego mi persona, mi ciudad, mi tierra, el agua que por ella corre, mis dioses-términos, mis templos con su mobiliario y cuanto pertenece a los dioses; todo lo entrego al pueblo romano.
Mucho de esto podemos verlo realizado en la conquista de Canaán por Israel. ¿Y podremos pensar que los que tales justicias ejecutaban se hacían más justos? ¿Que era el Dios que declaraba que todos los pueblos eran suyos quien imponía tales normas de exterminio? ¿No habrá lugar también aquí para decir: Por la ferocidad de vuestro corazón os permitió Dios obrar de esta manera?

La Guerra con los Pueblos no Palestinos. El Deuteronomio suaviza un poco las leyes de la guerra cuando se trata de ciudades situadas fuera de la tierra prometida. El ejército va acompañado de los sacerdotes, que, en nombre de Dios, le hablan para alentarle, asegurándole que Yahvé, vuestro Dios, marcha con vosotros para combatir contra vuestros enemigos. Luego los escribas publican un bando ordenando que se retiren los que hayan plantado una viña y no hayan gustado sus frutos, los recién casados y los cobardes, que puedan infundir desaliento en sus compañeros. Antes de atacar la ciudad le deben ofrecer la paz. Si la acepta, quedará sometido a tributo; si no la acepta, se la ataca hasta tomarla y pasar a filo de espada a los hombres, perdonando a las mujeres, los niños y los ganados y cuanto haya en la ciudad. Todo su botín lo tomarás para ti, y podrás comer los despojos de tus enemigos que Yahvé, tu Dios, te da. Esto significa que, fuera de los muertos y los fugitivos, todo lo demás pasa al poder de Israel: las personas, como prisioneros o esclavos; los bienes, como botín. También esto es derecho antiguo, no bajado del cielo, sino creado por la ferocidad humana. Dios ama la paz, y sus planes, tal como se nos dan a conocer en la Sagrada Escritura, son planes de paz. Por esto en el comienzo del Evangelio leemos: Los mansos poseerán la tierra. Cristo es el fin de la Ley, dice San Pablo; y los profetas habían dicho que el fin de la historia de Israel era el mesianismo. Dos aspectos de él se nos ofrecen en este artículo ligados a la conquista de Canaán y a las guerras de Israel.
Con la ocupación de Canaán, Dios había cumplido la promesa que desde el c.13 del Génesis venía repitiendo a los patriarcas y a sus hijos. Pero ese cumplimiento no era aún perfecto, según nos dicen los textos arriba citados, porque la conquista no fue desde el principio completa. Será David quien la acabará, y entonces el historiador sagrado podrá escribir que Judá e Israel habitaban la tierra sin temor alguno y que a la sombra de su parra y de su higuera gozaban de los frutos de la dulce paz (1Re_4:25). Esto sería para muchos el pleno cumplimiento de las antiguas promesas, pero no lo era para Dios.
La deportación de los pueblos a fin de extirpar en ellos las veleidades de sublevación era un principio político de los antiguos imperios semitas. Por eso en la Ley se amenaza a Israel con la deportación en castigo de su deslealtad a Yahvé. Y la deportación llegó para Israel el año 721, y para Judá, el 586. El primero fue trasladado por los asirios a la Asiria, y el segundo, por los caldeos a Caldea. Pero Dios, que en su justicia causaba las heridas, en su misericordia prometía sanarlas. Y los profetas, que con tan vivos colores nos pintan el inminente destierro del pueblo y la desolación de la tierra abandonada, luego prometen, con no menor entusiasmo, la vuelta a la patria y la plena restauración de ésta.
Amos, que es el más antiguo de los profetas escritores, nos describe la restauración de Israel después de la ruina: Aquel día levantaré el tugurio caído de David, repararé sus brechas, alzaré sus ruinas y la reedificaré como en los días antiguos, para que conquisten los restos de Edom y los de todas las naciones sobre los cuales sea invocado mi nombre, dice Yahvé, que cumplirá todo esto. Vienen días, dice Yahvé, en que sin interrupción seguirá el que ara al que siega, el que vendimia al que siembra. Los montes destilarán mosto y correrá de todos los collados. Yo reconduciré a los cautivos de mi pueblo Israel, reedificarán sus ciudades devastadas y las habitarán; plantarán viñas y beberán su vino; harán huertas y comerán sus frutos. Los plantaré en su tierra y no serán ya más arrancados de la tierra que yo les he dado, dice Yahvé, tu Dios (1Re_9:11-15). Así termina el libro de los oráculos de Amos.
Oseas, contemporáneo de Amos, que anunció también el destierro de Israel a Asiria, acaba sus oráculos en forma parecida.
El destierro de Judá fue predicho, sobre todo, por Jeremías y Ezequiel, que lo vieron con sus ojos y aun lo experimentaron, para que pudieran decir a los cautivos que, inducidos por falsos profetas, se habían burlado de ellos: Ved si teníamos razón. Pues ahora creed en lo que os decimos. Y lo que les decían era que se volviesen a Dios, que el Señor volvería hacia ellos sus ojos de misericordia.
Oigamos a Jeremías: Y tú, siervo mío Jacob, no temas; no tiembles, Israel, porque voy a libertarte de esta tierra lejana, y a tus hijos de la tierra de su cautividad. Jacob tornará y vivirá tranquilo y seguro, sin que nadie le perturbe. Porque yo estoy contigo para salvarte (30.105).
El profeta Ezequiel habla a los montes y valles de Israel, que habían soportado las burlas y escarnios de los vecinos, condenándolos como tierra que devora a sus habitantes.
Así dice Yahvé: ¿Pues qué andan diciendo de ti, qué andan diciendo de ti: Eres una tierra que devoras a los hombres y matas a sus hijos? No devorarás ya más a los hombres, no matarás ya más a tus hijos y nunca más te haré oír los insultos de las gentes, ni tendrás que soportar los escarnios de los pueblos y no quedarán los tuyos privados de hijos, dice el Señor, Yahvé (36:7-15).
De esta suerte los profetas daban cuerpo a la idea grandiosa que el Señor hacía brillar en su mente sobre la restauración de Israel en los días gloriosos del Príncipe de la paz, los cuales veían ligados a la vuelta del cautiverio.

El Reino de la Paz. Las guerras sufridas por los hebreos, con todas las calamidades que llevaban consigo, hacían más deseada la paz, nuevo elemento para la descripción de la edad mesiánica.
Dios no tiene sino pensamientos de paz (Jer_29:11; 1Co_1:33)· Esto nos significa lo que se cuenta al principio del Génesis: que, al crear Dios los animales y al hombre, sólo les asigna como alimento la verdura a los primeros, el grano y las frutas al segundo, en señal de cómo amaba la paz entre sus criaturas (Gen_1:295). Luego se promete la paz al pueblo si observa la Ley. La guerra sólo vendrá sobre él en castigo de su infidelidad (Lev_26:1455; Deu_28:1955). No otro es el lenguaje de los profetas: ¡Ah!, si atendieras a mis leyes, tu paz sería como un río, y tu justicia como las olas del mar (Isa_48:18).
La paz es el bien más deseable para el hombre, aunque de ordinario muestre tan poco aprecio de ella. Por esto no es de maravillar que los profetas nos presenten la edad mesiánica como una edad de paz, y al Rey-Mesías, como rey pacífico. Oseas es el primero en decirnos que en aquellos días Israel no se acordará de los baales y que Dios hará un concierto en su favor con las bestias del campo, con las aves del cielo y con los reptiles de la tierra, y quebrará en la tierra el arco, la espada y la guerra, y hará que reposen seguros (Ose_2:20). Isaías y Miqueas nos aseguran que muchedumbre de pueblos, admirados de tanta paz que Dios dará a los pueblos (Jer_3:3-9) vendrán a Jerusalén en busca de Yahvé y de su palabra, y que El juzgará a las gentes y dictará sus leyes a numerosos pueblos, que de sus espadas harán rejas de arado, y de sus lanzas hoces. No alzarán la espada gente contra gente ni se ejercitarán para la guerra (Isa_2:4; Miq_4:3). Zacarías dice del Rey-Mesías que vendrá a Jerusalén justo, salvador y humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna. Extirpará los carros de Efraín y los caballos en Jerusalén, y será roto el arco de guerra, y promulgará a las gentes la paz (Miq_9:95).
En la época de Isaías, la Asiria y el Egipto eran las dos grandes potencias que aspiraban a dominar en Siria, y por esto se hacían la guerra. Pues dice Isaías que en aquel día habrá camino de Egipto a Asiria y que el asirio irá a Egipto y el egipcio a Asiria; que los egipcios y asirios servirán a Yahvé. Aquel día Israel será tercero con el Egipto y la Asiria, como bendición en medio de la tierra, bendición de Yahvé Sebaot, que dice: Bendito mi pueblo Egipto; Asiria, obra de mis manos, e Israel, mi heredad (Miq_19:23-25). La guerra ha cesado; sólo reinará la paz.
Por eso, uno de los títulos que el mismo profeta da al Niño, sucesor de David, es el de Príncipe de la paz, para dilatar el imperio y para una paz ilimitada (Isa_9:65; Isa_11:6-11).
Ezequiel abunda en el mismo pensamiento al afirmar que el pacto de paz que con Israel establecerá será un pacto eterno y que pondrá en medio de ellos su morada por los siglos, que El será su Dios y ellos serán su pueblo, y las gentes sabrán que es Yahvé quien los santificará cuando esté su santuario en medio de ellos por los siglos (Isa_37:26-28).
Pero esta paz no es una paz externa, impuesta y sostenida por la fuerza de las armas; la paz será obra de la justicia, y el fruto de la justicia el reposo y la seguridad para siempre. Mi pueblo habitará en morada de paz, en habitación de seguridad, en asilo de reposo (Is 32.17s; Isa_54:3
Si ahora queremos entender el hondo sentido de todas estas promesas que el Espíritu Santo inspiraba a sus profetas, empecemos por recordar las palabras del divino Maestro que dicen: No penséis que he venido a poner paz, sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa (Mat_10:34-36).
Esto significa que las luchas no cesarán en la tierra después que los ángeles cantaron paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Las guerras continúan entre los pueblos cada vez más feroces y destructores. El Señor, en su inescrutable providencia, las tolera y las ordena, como todas las cosas, a la salud de los elegidos. La paz exterior parece que no ha venido a la tierra con Cristo.
Pero en cuanto a la paz interior, que no son capaces de perturbar todos los accidentes exteriores, dice Jesús: Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mat_5:9). Es que Dios es Dios de paz (Rom_15:33; Rom_16:20), y el Hijo de Dios vino a este mundo para traernos la paz (Efe_2:1453). Por eso, al despedirse definitivamente de sus discípulos, les decía: Mi paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo (Jua_14:27). La paz que Cristo dejó a los suyos es fruto de la doble caridad de Dios y del prójimo, y el que en esta caridad vive, no siente turbación; goza de aquella paz que supera todo conocimiento humano (Flp_4:7), que los mundanos no alcanzan a entender, pero que los siervos de Dios gozan en lo íntimo de su corazón mientras llegue la paz eterna en el reino de los cielos, en que Dios se revelará verdadero Dios de paz.

1 Cf. Barrois, Précis d'archéologie biblique 154. 2 Cf. 2Sa_15:19-22. 3 Cf. Exo_23:29s; Deu_7:22. 4 Teglatfalasar III se gloría de haber talado los parques y arbolado al conquistar Damasco (Anales. lin.195-209).

Nuevo Comentario Bíblico Siglo XXI (Editorial Mundo Hispano, 2019)



La conducta en la guerra. Este capítulo contiene principios en relación con la conducta que debía observarse en la guerra. Estos incluyen normas para la guerra en general (vv. 10-15), tanto como el tipo de guerra especial en contra de los pueblos que ocupaban la tierra que Dios le estaba dando a Israel (vv. 16-18). Sin embargo, los primeros mandatos se aplican a todo tipo de guerra.

El punto principal en los vv. 1-4 es que todas las guerras de Israel realmente son de Dios. Su poder al rescatar a Israel de Egipto en contra de toda posibilidad, es una seguridad de que el aparente mayor poderío del enemigo nunca sería necesariamente un factor decisivo. Aun cuando no toda guerra es santa, como en el sentido especial reservado para la guerra en la tierra prometida (vv. 16-18), sin embargo, todo lo que Israel hacía era religioso debido a que Dios era su rey. Por esta razón el sacerdote se dirigía al ejército antes de ir a la batalla. La esencia de su mensaje era que el pueblo no debía temer porque el poder de Dios estaba a su disposición.

Evidentemente, la ley no pretendía que Israel tuviera un ejército permanente (la clase de ejército que más tarde formaría Salomón; 1 Rey. 10:26). Al contrario, lo que se tenía en mente era un ejército del pueblo. Esto es obvio según el v. 9, donde se nombran comandantes sólo cuando el ejército está siendo preparado para la batalla. También es obvio porque los vv. 5-9 presuponen que la gente sería sacada de sus actividades normales a fin de servir en el ejército. En este contexto se permiten ciertas exenciones. Alguien que hubiera construido casa nueva pero que aún no la habitaba no necesitaba ir; ni alguien que estuviera involucrado en el largo proceso de hacer que un viñedo produjera fruto (ver Lev. 19:23-25); tampoco alguien que estuviera comprometido pero que aún no contraía matrimonio (ver también 24:5). Estas exenciones corresponden al énfasis principal de Deut., es decir, que Dios está dando a su pueblo una tierra cuyos frutos son para gozarse de ellos, y en la cual ellos deberán procrear hijos a fin de que las futuras generaciones también progresen (7:13). Todo esto sólo es posible, por supuesto, debido a que Dios pelearía por el pueblo. El pueblo que confía en Dios es el que puede atreverse a permitir que algunos de sus mejores elementos no se unan al ejército en una batalla crucial.

Esto es aun más obvio en la última exención, ¡la cual simplemente se aplica a quienes tenían miedo! (v. 8). Era imperativo que el ejército de Dios no tuviera miedo, ya que la victoria dependía en tener fe en un Dios que podía sobreponerse a todas las adversidades. Un soldado pusilánime fácilmente podía contagiar el miedo, y esto podía cambiar el curso de los acontecimientos en contra de todo el ejército.

Se establecen las reglas de combate para las guerras que se pelearían fuera de la tierra prometida (vv. 10-15). Estas son relativamente humanas para aquel tiempo. La oferta de paz proveía la oportunidad para hacer un tratado con Israel, en el cual la ciudad derrotada estaría subordinada, pero protegida y, hasta cierto punto, libre.

La manera de tratar a una ciudad dentro de los límites de la tierra prometida es bastante diferente (vv. 16-18). Estos versículos (según el comentario original) debieran estar entre paréntesis. Los mismos presentan un resumen de los mandatos relacionados con la toma de la tierra en primer lugar (7:1-5, 17-26), los cuales se traen a colación aquí para dejar en claro que las reglas anteriores se aplican únicamente a las guerras afuera de la tierra prometida.

Los últimos mandatos, pertinentes a todo tipo de guerra, limitan el daño causado al ambiente como consecuencia de la guerra. La protección a los árboles frutales es fácil de comprenderse, especialmente en relación con la tierra prometida, ya que el propósito de tomarla era para que el pueblo gozara de sus frutos. La guerra nunca debe derrotar sus propio objetivos. Inclusive el uso de los árboles no frutales para construir obras de asedio (baluartes), aunque se permite, parece ser limitado por la estricta necesidad de la ocasión. De esta manera se respeta el medio ambiente, la creación de Dios.

Los reglamentos para la guerra en el cap. 20 deben usarse con mucho cuidado al buscarse principios para la conducción de guerras modernas. El primer requisito es distinguir la guerra santa de otros tipos de guerra, aun en Israel. La guerra santa es un concepto que sólo se aplica, una vez por todas, a la ocupación por Israel de la tierra que Dios les daba. Inclusive las guerras de Israel, en general, son especiales debido a que en ese período de la historia de los tratos de Dios con la humanidad su pueblo también era una nación, una unidad política. Ahora que ese pueblo es una iglesia, que como tal no pelea guerras, ninguna nación tiene el derecho de suponer que Dios marcha entre sus filas en las guerras que pelea, aun donde pudiera pensarse que esas guerras sean razonablemente justas. Por la misma razón, la teoría de una guerra justa cristiana está en lo correcto al no tomar este capítulo como un mandato para pelear en contra de lo imposible.

Por otro lado, los principios de limitaciones, diplomacia, misericordia y respeto por los que no combaten permanecen válidos para todas las guerras. Y cualquier guerra que involucre la devastación a gran escala de la creación misma debe rechazarse en base a los vv. 19 y 20.

King James Version (KJVO) (1611)



Chapter XX.

1 The Priests exhortation to encourage the people to battell. 5 The officers proclamation who are to be dismissed from the warre. 10 How to vse the Cities that accept or refuse the proclamation of peace. 16 What Cities must bee deuoted. 19 Trees of mans meat must not be destroyed in the siege.

[Offer peace.]

1 When thou goest out to battell against thine enemies, and seest horses and charets, and a people more then thou, be not afraid of them: for the Lord thy God is with thee, which brought thee vp out of the land of Egypt.
2 And it shall bee when ye are come nigh vnto the battell, that the Priest shall approach and speake vnto the people,
3 And shall say vnto them, Heare O Israel, you approach this day vnto battell against your enemies: let not your hearts [ Hebrew: be tender.] faint, feare not, and doe not [ Hebrew: make haste.] tremble, neither be ye terrified because of them.
4 For the Lord your God is hee that goeth with you, to fight for you against your enemies, to saue you.
5 And the Officers shall speake vnto the people, saying, What man is there that hath built a new house, and hath not dedicated it? let him goe and returne to his house, lest hee die in the battell, and an other man dedicate it.
6 And what man is hee that hath planted a Uineyard, and hath not yet [ Hebrew: made it common See Lev_19:23 .] eaten of it? let him also go and returne vnto his house, lest he die in the battell, and an other man eate of it.
7 [ Deu_24:5 .] And what man is there that hath betrothed a wife, and hath not taken her? let him goe and returne vnto his house, lest he die in battell, and another man take her.
8 And the Officers shall speake further vnto the people: and they shall say, [ Jdg_7:3 .] What man is there that is fearefull and faint hearted? let him goe and returne vnto his house, lest his brethrens heart [ Hebrew: melt.] faint as well as his heart.
9 And it shall be when the Officers haue made an end of speaking vnto the people, that they shall make Captaines of the armies to [ Hebrew: to be in the head of the people.] leade the people.
10 When thou commest nigh vnto a City to fight against it, then proclaime peace vnto it.
11 And it shall be, if it make thee answere of peace, and open vnto thee, then it shalbe that all the people that is found therein, shall be tributaries vnto thee, and they shall serue thee.
12 And if it will make no peace with thee, but will make warre against thee, then thou shalt besiege it.
13 And when the Lord thy God

[Of murder that is not knowen.]

hath deliuered it into thine hands, thou shalt smite euery male thereof with the edge of the sword.
14 But the women, and the litle ones, and [ Jos_8:2 .] the cattell, and all that is in the citie, euen all the spoile thereof, shalt thou [ Hebrew: spoile.] take vnto thy selfe, and thou shalt eate the spoile of thine enemies, which the Lord thy God hath giuen thee.
15 Thus shalt thou doe vnto all the cities which are very far off from thee, which are not of the cities of these nations.
16 But of the cities of these people which the Lord thy God doth giue thee for an inheritance, thou shalt saue aliue nothing that breatheth:
17 But thou shalt vtterly destroy them, namely, the Hittites, and the Amorites, the Canaanites, and the Perizzites, the Hiuites, and the Iebusites, as the Lord thy God hath commanded thee:
18 That they teach you not to do after all their abominations, which they haue done vnto their gods, so should ye sinne against the Lord your God.
19 When thou shalt besiege a citie a long time, in making warre against it to take it, thou shalt not destroy the trees thereof, by forcing an axe against them: for thou mayest eate of them, and thou shalt not cut them downe ( [ Or, for, O man the tree of the field is to be employed in the siege.] for the tree of the field is mans life) [ Hebrew: to goe from before thee.] to employ them in the siege.
20 Only the trees which thou knowest that they be not trees for meate, thou shalt destroy, and cut them downe, and thou shalt build bulwarkes against the city that maketh warre with thee, vntil [ Hebrew: it come downe.] it be subdued.

La Biblia de Nuestro Pueblo (Liturgical Press, 2006),

Ley sobre la guerra. La primera parte de este capítulo (1-9) establece los pasos previos al inicio de una guerra contra cualquier enemigo; el sentido es que el combate forma parte de una especie de oficio religioso que encabeza el sacerdote, quien recuerda que la guerra que entabla Israel es del Señor y, por tanto, no hay que acobardarse (1-4); las campañas bélicas eran, pues, de Dios.
Después de la intervención religiosa debía seguir una arenga civil en la que quedaba de manifiesto que hay otras cosas mucho más importantes que la misma guerra: estrenarse una casa (5), recoger los frutos de la cosecha (6), contraer matrimonio (7), y si ninguna de estos asuntos impedía enrolarse en el ejército, el simple miedo o la cobardía podían ser argumento para quedarse en casa (8), que bien podía entenderse como el legítimo derecho a la objeción de conciencia. Desafortunadamente, en nuestro mundo actual ideologías de Estado hacen creer a los ciudadanos que no hay nada por encima de la «seguridad nacional», con lo cual lo único que en muchos casos se incrementa es la violencia y el desprecio por la vida.
La segunda parte (10-20) se refiere a la «metodología» de la guerra. Siempre hay que agotar primero el recurso del diálogo y la negociación de paz (12-18). El procedimiento con los enemigos puede sonar chocante y hasta bárbaro para nosotros, pero no hay que olvidar el contexto en el que fueron escritos estos textos; lo político y lo religioso se mezclan y el exterminio de personas y pueblos que no piensen ni actúen como Israel se considera de autoridad y de voluntad divina. Como ya hemos dicho, si aplicamos a este pasaje el criterio máximo de justicia podemos deducir que a Dios jamás le interesan las guerras o los enfrentamientos entre los hombres, ni por motivos religiosos, ni políticos.
Los versículos 19s son una excelente muestra de preocupación por el medio ambiente y contrastan con los efectos absolutamente mortales y antiecológicos del belicismo moderno, donde quedan comprometidos no sólo los árboles, sino vidas humanas y ecosistemas completos.

Sagrada Biblia (Conferencia Episcopal Española, 2011)

*4:44-28:68 El segundo discurso se asemeja, por su estructura, a algunos códigos legales del antiguo Oriente Próximo. El Código de Hammurabi consta de un prólogo, una amplia colección de leyes y un epílogo (con bendiciones y maldiciones), equiparables en líneas generales a las tres secciones de este discurso.

Torres Amat (1825)



[17] En esta ocasión el ejército era ejecutor de Dios, que quería castigar la idolatría de aquellas naciones. Se habla de la guerra de exterminio, más por razones religiosas que militares.

Dios Habla Hoy (Sociedades Bíblicas Unidas, 1996)



Dios Habla Hoy 1996 Notes:



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