Ver contexto
Cuando venga el Paráclito,
que yo os enviaré de junto al Padre,
el Espíritu de la verdad, que procede del Padre,
él dará testimonio de mí. (Juan  15, 26) © Nueva Biblia de Jerusalén (Desclee, 1998)

Comentario al Nuevo Testamento (Serafín de Ausejo, 1975)



CAPÍTULO 15

SEGUNDO DISCURSO DE DESPEDIDA (15,1-16,33)

Aun cuando el segundo discurso de despedida trata temas parecidos a los del primero, se puede comprobar un cambio de acento. El discurso primero había estudiado sobre todo la cuestión de las nuevas relaciones de la comunidad con Jesús, reflejando asimismo la importante distinción teológica entre la situación prepascual y la postpascual. En el discurso segundo de despedida, por el contrario, aparece la comunidad como tal en un primer plano mucho más destacado; aquí se formula explícitamente la temática eclesiológica. Sabemos así, ante todo, qué es la comunidad cristiana según Juan, cómo se define, cuál es su situación en el mundo y en qué se funda su esperanza.

1 LA VERDADERA VID (Jn/15/01-10)

1 «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. 2 Todo sarmiento unido a mí que no da fruto, lo corta; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más todavía. 3 Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he hablado. 4 Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. 6 EI que no permanece en mí es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; y los reúnen y echan al fuego, y se queman. 7 Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis, y os será concedido. 8 Con esto será glorificado mi Padre: con que deis mucho fruto y así manifestaréis ser mis discípulos. 9 Como el Padre me amó, os amé también yo. Permaneced en mi amor. 10 Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo siempre he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.»

El segundo discurso de despedida empieza de inmediato con una alocución «Yo soy» ligada a una metáfora: «Yo soy la verdadera vid» 75. En este discurso se exponen las relaciones de los discípulos con Jesús, por lo que trata de la función y vida de la comunidad de discípulos.

Para la inteligencia del texto es fundamental el problema de la significación de la metáfora «vid». ¿De qué tradición la ha tomado Juan y qué ha querido expresar con dicha metáfora? 76. R. Borig ha analizado con particular agudeza los numerosos pasajes veterotestamentarios en que la vid aparece como imagen del pueblo de Israel77. Y ha demostrado ante todo que en la tradición del Antiguo Testamento está firmemente establecida la conexión de viña, vid y fecundidad, que también es típica del discurso figurado, sacando la misma conclusión desde otras averiguaciones 78: «El empleo de la metáfora en Joh_15:1 ss puede derivarse claramente del AT, en la medida en que no está condicionada por el uso peculiar de Jn. Lo cual no debe excluir en absoluto la apertura a otras tradiciones. Como eslabón intermedio, entre el empleo metafórico veterotestamentario y judío de la viña o la vid y el discurso figurado de Juan sobre la «vid verdadera», hay que poner sin duda la parábola de los malos viñadores (Mar_12:1-12). Es verdad que en ese relato parabólico no hay ninguna identificación explícita entre la viña y Jesús. Pero en la redacción de Mc es evidente que la historia tiene un acento cristológico. Ciertamente el Hijo y heredero de la viña es muerto por los viñadores, pero Dios le glorifica.

Las palabras «Yo soy la vid verdadera» deben por ello entenderse ante todo como un discurso de revelación cristológica. El calificativo complementario «la verdadera» no ha de entenderse en primer término como una oposición entre la «verdadera» y otras que esgrimen, aunque sin fundamento, la misma pretensión, sino como designación de Jesús, que, como revelador de Dios, es «la verdad» 80. Como Hijo de Dios, Jesús se designa a sí mismo como «la vid en el sentido de que sólo el Hijo puede ser la vid». En esa radical superioridad late el acento de esa oposición: «Con la imagen metafórica de la vid y la noción cualitativa asociada a esta imagen, todas las demás realidades que pretenden análoga calificación deben ser desechadas; es decir, «con la imagen joánica de la vid Jesús se pone en el lugar que hasta ahora solía ocupar el pueblo de Israel». Esa explicación, según la cual la imagen judía de la vid como símbolo de Israel se aplica ahora a Jesús, y Jesús ocupa en consecuencia el lugar del antiguo Israel, responde por lo demás perfectamente bien a la teología joánica. Según Juan con la venida de Jesús ha llegado el fin del culto del templo israelita y el fin de la comunidad cultual perteneciente a ese templo (cf. 2,13-22; 4,21-26; 8,31-59).

Mas, desde el punto de vista de la historia de la salvación, la comunidad cristiana, como «nuevo Israel» no entra sin más ni más en el puesto del Israel antiguo, sino que es ante todo Jesús mismo, quien como Hijo y revelador de Dios, ocupa el lugar de Israel. Es él personalmente el que constituye el centro de la nueva comunidad salvífica. Así la imagen de la vid empieza por experimentar una concentración cristológica como requisito para la ampliación eclesiológica, que aparece después. Simultáneamente Juan logra de este modo establecer que la historia de la salvación se funde en Dios: el Padre, es decir, Dios, es en este discurso metafórico el viñador, que de conformidad con la comparación veterotestamentaria, habitualmente es también el dueño y señor de la viña.

En este texto se trata de la nueva (escatológica) comunidad de salvación, la Iglesia, fundada por Jesús, la «vid verdadera». Naturalmente en la exposición no hay que sobrepasar el discurso metafórico, ni deformarla en el sentido de una parábola sinóptica. Discurso figurado y razonamiento objetivo están a menudo en Juan tan apretadamente entrelazados que es necesario tomar el texto a la letra.

La introducción de los «sarmientos» (v. 2) llega un tanto precipitadamente. Pero que el texto pueda hablar de los mismos sin ninguna transición, muestra que en la representación de la «vid verdadera» se sobreentendían los sarmientos ya desde el comienzo. Responde a la mentalidad veterotestamentaria y judía el que con la vid y los sarmientos se conecte directamente el «dar fruto» 85. Más aún, el interés del viñador está en que su viña dé la cosecha más abundante posible. El concepto «dar fruto» se desprende directamente de la imagen, sin que el contexto proporcione ninguna aclaración complementaria. Se trata de «toda la cosecha» de una vida en comunión con Jesús y no sólo ni preferentemente del fruto misional (la idea misionera no aparece en el contexto del discurso de la vid). En el Antiguo Testamento se habla a menudo de que Israel, como viña de Yahveh, no dio el fruto esperado (por ej., Isa_5:2.4). A ello se opondría aquí el hecho en sí de «dar fruto». Se trata sobre todo de «dar fruto» y de cómo conseguirlo.

En el desarrollo de la imagen del viñador se mencionan en particular dos actividades: la corta de los sarmientos infecundos y la poda (= limpieza) de los sarmientos buenos para que lleven aún más fruto. La imagen, que sólo se interrumpe por el giro «el que permanece en mí...», apunta como de paso al juicio divino, con el que también ha de contar la fe. Mas la alusión debe subrayar principalmente que en la comunidad de Jesús importa sobre todo lo demás el «dar fruto». Sin duda que si la comunidad, al igual que cada uno de los discípulos, dejan de vivir en la fe y el amor, deben contar con que serán «cortados». De otro modo sólo han de esperar la poda o limpieza.

El versículo 3 asegura que los discípulos ya están «limpios», y desde luego por la palabra de Jesús. «La pureza hay que entenderla en el marco de la imagen de la vid; es la disposición para dar fruto. No se piensa en la pureza moral o ritual». El encuentro con la palabra de Jesús, que pone al hombre en la decisión de creer, al conducir a la fe opera también esta limpieza o purificación, que hace posible el dar fruto. Aquí, una vez más, el don está al comienzo, la palabra de Jesús, de modo que el «dar fruto» no ha de entenderse como un logro humano. No obstante, de ese don brota también la llamada: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (v. 4). El verbo «permanecer» (griego menein), que a continuación presenta constantes variaciones, indica en Juan lo definitivo y duradero de la relación con Jesús fundada en la fe; una relación de mutua confianza y lealtad, que se desarrolla entre él y los suyos. La fórmula «permaneced en mí, y yo en vosotros», que define esa relación como una reciprocidad personal, es singularmente típica de Juan. En esa relación se funda que el creyente permanezca en él, y ese permanecer en Jesús es la condición indispensable para dar fruto. Hasta qué grado de intensidad haya de entenderse ese permanecer recíproco, lo indica el versículo 4b: sin la unión con la cepa es imposible que el sarmiento dé fruto; por sí mismo, por su propia fuerza y capacidad no puede absolutamente nada. Del mismo modo tampoco los discípulos pueden dar fruto, si no permanecen unidos a Jesús.

Y ahora sigue el punto culminante de todo el discurso: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (v. 5a). Se ha aludido al hecho de que el Jesús joánico no se designa simplemente como el tronco o la cepa, en oposición a los sarmientos, sino como la «vid», que comprende ya la totalidad de las ramas. Se entendería falsamente la imagen de querer referir la «vid» sólo a Jesús. Se trata más bien de una totalidad dada, que se funda desde luego en Jesús, pero que abarca también los sarmientos, de tal modo que desde este lado es clara asimismo la referencia a la comunidad. En todo caso hay una prioridad de Jesús absoluta e inconmovible: «porque, separados de mí, no podéis hacer nada» (v. 5c). Sola la unión con Jesús tiene la promesa del «mucho fruto», mientras que la separación de él comporta la infecundidad radical. Las contraposiciones «dar fruto» e infecundidad significan una salvación o desgracia definitivas, al igual que el permanecer en Jesús se entiende de un modo definitivo. Así lo indica el versículo 6 con el ejemplo de la extrema posibilidad negativa: quien no permanece en Jesús, y quiere vivir y obrar sin él, será «arrojado» (cf. Mat_5:13; Mat_21:39), del mismo modo que los sarmientos cortados y secos se amontonan y queman. Es indiscutible que Juan recoge el lenguaje tradicional del juicio incorporándolo a su visión: la separación de Jesús, es decir, la incredulidad provoca ya el juicio. Echando una ojeada al discurso hasta este lugar (v. 1-6), destacan las siguientes líneas básicas. Se trata en este discurso metafórico de cómo se funda la comunidad. Jesús es personalmente la «vid verdadera», que ha ocupado el lugar del Israel antiguo y, se puede agregar, que con su obediencia al Padre constituye también el nuevo fundamento para todo el «dar fruto» de los creyentes. Con tal que uno se deje guiar por su palabra y crea, queda ya purificado e injertado en la fecundidad de la «vid». Con ello vienen a identificarse realmente el «dar fruto» y «permanecer en Jesús»: no hay fecundidad alguna sin permanecer en él, ni hay comunión alguna duradera con Jesús, que a la larga resulte infecunda. Sólo la separación de Jesús produce la infecundidad. Para formular la relación de la comunidad con Jesús, se sirve Juan de la fórmula «vosotros en mí y yo en vosotros» que abraza en sí los distintos elementos.

El versículo 7 aporta una idea nueva con la referencia a la oración. El «permanecer» se define ahora de modo que las palabras de Jesús permanecen en los creyentes. La fe va ligada a la palabra de Jesús, lo que incluye también la obediencia a esa palabra, el seguimiento. A la conformidad con la palabra de Jesús se le promete ahora que la oración será escuchada en todo su alcance. En ese contexto de oración, acuerdo con la palabra de Jesús y fecundidad, la oración no es ninguna acción mágica, sino más bien la incardinación al Espíritu y al obrar de Jesús, y en ese sentido participa de la certeza de ser escuchada. También la oración está relacionada con el dar fruto y aparece como la forma de meditación subordinada a la fecundidad.

Con el versículo 8 se cierra el razonamiento mediante la alusión a la glorificación del Padre. Como el Padre es glorificado por el Hijo y su destino (cf. 13,31s), así es también glorificado por el hecho de que los discípulos lleven fruto. En definitiva esa fecundidad se da, y con ella la realización de la vida cristiana, en unión con Jesús para mayor gloria de Dios, y también desde luego para la verdadera vida del hombre.

En los inmediatos versículos 9-10 se puede ver un nuevo giro del discurso de la vid, una «explicación más profunda del discurso metafórico», o también la introducción a la perícopa siguiente (v. 9-17). En todo caso esos versículos constituyen como un puente entre 15,1-8 y 15,11-17, puesto que representan una conexión real, y de ese modo exponen la trabazón interna de 15,1-17. Frente al discurso metafórico con su forma de expresión siempre oscilante y abierta reaparece ahora en primer plano un lenguaje referido a la realidad, que concreta lo dicho en el lenguaje metafórico y lo explica por la idea del amor entendida de un modo práctico. Jesús ha amado a los discípulos de una manera tan radical como el Padre «amó al Hijo» (v. 9). La forma de pasado (aoristo) alude al hecho de que en ese amor no se trata de una realidad pasada, sino más bien de una realidad permanentemente válida. Según 17,24, el Padre ama a Jesús «antes de la creación del mundo», es decir, desde siempre; no hay tiempo alguno en que el Padre no haya amado a Jesús. Ese amor eterno, permanente e imperecedero es el que Jesús promete también a los suyos. Constituye incluso parte y expresión de la realidad escatológica de la salvación. En esa medida el amor es también el objeto del que se trata en todo el discurso metafórico de la «vid verdadera».

Por ello la exhortación «permaneced en mí» puede transformarse al presente pasaje en esta otra: «permaneced en mi amor». El «dar fruto» no es por tanto otra cosa que la acción y dominio del amor. Con ello la idea de inmanencia («vosotros en mí, y yo en vosotros»)91 recibe su interpretación práctica y queda protegida contra una falsa exaltación mística. Pues, como afirma el versículo 10, permanecer en el amor de Jesús no es otra cosa que «guardar sus mandamientos», con lo que se indica el obrar del amor. El ejemplo lo constituye el propio Jesús:«Lo mismo que yo siempre he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» ¿De qué manera ha guardado Jesús los mandamientos del Padre? No de otro modo que haciendo el camino de la cruz; es decir, dentro por completo de la linea del lavatorio de pies. Con ello la práctica ejemplar de Jesús se convierte en modelo de la práctica de los discípulos. Estos permanecen en su amor, cuando se orientan por Jesús y se mantienen fieles a su ejemplo.

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75. Acerca de la fórmula joánica «Yo soy», cf. el comentario a 14,6. 76. Siguiendo las huellas de E. SCHWEIZER (Ego eimi, p. 40 ss. 69.79), ha sido sobre todo BULTMANN quien ha defendido la idea de que la vid del cap. 15 había que referirla al mito del árbol de la vida. Los apoyos más importantes en favor de esta hipótesis se encuentran en los llamados textos mandeos, una secta baptista, que todavía hoy existe en el curso inferior del Eufrates y del Tigris, y cuyos orígenes se remontan a los primeros tiempos del judaísmo y cristianismo. Su mitología religiosa presenta marcados rasgos gnósticos. «La vid es el árbol de la vida... El mito que sueña con un agua y un pan de vida, sueña también con un árbol de la vida. Pero lo que allí no es más que sueño es aquí realidad: ego eimi, de tal modo que, según Juan, Jesús habría dicho: Yo soy el verdadero árbol de la vida» (así BULTMANN, Johannes, p. 407s).

77. Por ejemplo, la famosa canción de la viña de Isaías (Isa_5:1-7), o bien Jer_2:21 : «Yo te había plantado como cepa escogida, toda ella de semilla genuina ¿Cómo, pues, para mí te has cambiado en sarmiento silvestre de viña bastarda? Cf. además, Eze_15:1-6; Eze_19:10-14; Psa_80:9-15. 78. Según el relato del historiador judío FLAVIO JOSEFO, había en Jerusalén, sobre la puerta del templo propiamente dicho, el hekal, una vid de oro con sarmientos colgantes; Bellum Iudaicum v, 210; Antiquitates xv, 395. También TÁCITO, Historias v, 5, sabe al respecto que en el templo jerosolimitano había una vid de oro. «La vid, el racimo y el cáliz contaban entre los símbolos más antiguos empleados por los judíos. En la época del Nuevo Testamento se utilizaron muchos en sepulturas, osarios y monedas; ni siquiera faltan en las monedas de los procuradores, que se acomodaban así a las concepciones judías y aparecen asimismo en las monedas de la primera y la segunda sublevación. Más tarde tales símbolos florecen sobre todo en las sinagoga»: FLAVIO JOSEFO, Bellum Iudaicum II, 1, Darmstadt 1963. p 253s, nota 77. 80. Cf. 14,6. 85. Cf. por ej. Sal 1; pero también Mat_3:8.10; Mat_7:16-20; Mat_12:33. 91. Cf. el comentario a 14,3.



Meditación

Entre todos los conceptos teológicos probablemente no existe hoy ninguno que haya caído en tanto descrédito ni que comporte tantas dificultades, malas interpretaciones y antipatías emocionales como el concepto «Iglesia». Lo cual resulta tanto más sorprendente cuanto que al tema «Iglesia» se le ha consagrado en este siglo una enorme labor teológica, labor en que se han empleado las mejores fuerzas y que han encontrado cierta culminación en la constitución dogmática sobre la Iglesia, del concilio Vaticano II. El malestar afecta sobre todo a la Iglesia como institución, a la Iglesia jerárquica. Aquí no se trata de analizar el problema de las múltiples causas que han motivado ese cambio de opinión, sino de tomar el hecho como ocasión para preguntarnos en este pasaje por la idea joánica de Iglesia o mejor de comunidad. Es posible que una mirada a la concepción joánica nos ayude para poder ver y enjuiciar mejor las deficiencias actuales.

A tal fin hemos de tener en cuenta lo que sigue. Al tiempo en que se redactó el Evangelio de Juan aún no existía una gran institución eclesiástica perfectamente organizada y se estaba todavía muy lejos de una dirección centralista con el papa y la curia romana en el vértice más alto. En semejante desarrollo -sobre cuya justificación y necesidad no vamos a entrar aquí- no pudo pensar ninguno de los autores del Nuevo Testamento. «Iglesia» era, en primer término, la respectiva comunidad local, el grupo local de cristianos con sus reuniones regulares, como las describe claramente la carta primera a los Corintios (cf. 1Cor 14). C. Plinio el Joven, que por los años 110/112 era gobernador romano en Bitinia y encontró que en aquella región el cristianismo había ya adquirido una difusión considerable 92, proporciona en su famosa carta al emperador Trajano una visión interesante de espectador externo sobre la vida comunitaria cristiana. Y así escribe: «Pero ellos (los cristianos denunciados previamente ante el procurador) afirman que toda su culpa o su extravío había consistido en reunirse habitualmente un día determinado antes de salir el sol, cantar alabanzas alternadas a Cristo como a su dios y obligándose bajo juramento no a cualquier tipo de crimen, sino a no cometer ningún robo, asalto ni adulterio, a no traicionar la confianza, a empeñarse en no denegar el bien confiado. Tras cumplir esas acciones era habitual entre ellos separarse, para volver luego a reunirse en un banquete, aunque sencillo por completo e inocente; incluso esto lo habían celebrado previo permiso mío, con lo que yo les había prohibido la asistencia de heterías, de acuerdo con tus disposiciones»93. Sociológicamente considerada, esta imagen responde a la conducta de un grupo marginado en la sociedad oficial, que se separa de su entorno social, mientras que hacia dentro desarrolla una fuerte cohesión. La composición y estructura interna de aquellas primeras comunidades cristianas era extraordinariamente diversa. Todavía no existía una constitución jerárquica unitaria, de lo que son un claro testimonio los escritos joánicos del evangelio y las cartas. De todos modos las comunidades locales parece que desde muy pronto estuvieron en contacto e intercambio intenso. Había muchos lazos de unión que reforzaban el sentimiento de unidad. Por lo demás, las distintas comunidades eran autónomas, de tal modo que -desde una perspectiva histórica- no se puede hablar de una organización eclesiástica universal y unitaria con una autoridad central, como la que sigue desarrollándose progresivamente en el catolicismo romano occidental, y que habría sido la única forma posible de una dirección eclesiástica. A partir del Nuevo Testamento cabe pensar en otros tipos de constitución.

A esto se agrega que, según el estado actual de los estudios escriturísticos, ya no se puede sostener la doctrina tradicional de que el Jesús histórico haya fundado la Iglesia en un determinado momento dotándola en cierto modo de una especie de documento constitucional, en el que ya estarían establecidos todos los elementos esenciales de una estructura eclesiástica. A la formación de la comunidad sólo se llega después del viernes santo y de pascua. En ese proceso es además decisivo el que tuviera lugar invocando a Jesús y su predicación, en el «nombre de Jesús». Tanto las cartas paulinas como los evangelios certifican de distintas formas el hecho trascendental de que Jesús de Nazaret, el crucificado y resucitado, fuera tenido por todas las comunidades cristianas como la autoridad decisiva lo que se echa de ver sobre todo en los títulos honoríficos de Mesías (Cristo), Hijo del hombre, Hijo de Dios, Señor, etc. La comunidad se sabe ligada a Cristo por el Espíritu, y está totalmente persuadida de que en definitiva es el propio Señor, resucitado y elevado al cielo, el que rige la comunidad, hasta el punto de que las demás instancias humanas dirigentes pasan a un segundo plano.

Si unimos ambos elementos, a saber, la situación sociológica de la comunidad como grupo marginal en un entorno indiferente u hostil, y la convicción creyente, fundada en el evangelio, acerca de la presencia y de la autoridad siempre vigente de Jesucristo en la comunidad, comprenderemos mejor el trasfondo del discurso de revelación de la verdadera vid. Ese discurso se refiere originariamente a un pequeño grupo, a una insignificante comunidad local, sin que se pueda acomodar fácilmente a una gran organización eclesiástica. El discurso mantiene además con toda resolución el principio de que la comunidad o Iglesia sólo puede entenderse desde el propio Jesucristo y de que jamás puede ella separarse de ese fundamento histórico y teológico. Atendiendo a la metáfora, entre la vid y los sarmientos existe la unión más estrecha y vital, como lo expresa de manera insuperable la que llamamos fórmula de inmanencia: «Vosotros en mí y yo en vosotros» muestra además por completo el carácter íntimo y personal de esa comunión. Las autoridades eclesiásticas, los dirigentes comunitarios, no gozan de una fuerza de dirección absoluta en esa visión. Es más bien la comunidad la que aparece como el lugar en que se ventila sobre todo la autoridad de Jesús y su causa. Desde ahí adquieren también un sentido amplio las afirmaciones sobre «dar fruto». A la comunidad y a sus miembros se les promete fecundidad, lo que quiere decir asimismo éxito, sólo en la medida en que tienen el coraje de asumir la causa de Jesús y defenderla ante el mundo. Así como Jesús es el fundamento histórico y la autoridad permanentemente válida de su comunidad, así también el esfuerzo por el triunfo e irradiación del evangelio en el mundo y la sociedad es la tarea constante de la Iglesia. Ahí entra asimismo la distinción crítica, y, llegado el caso, la exclusión de cuanto en el curso de los siglos ha ido adquiriendo la Iglesia de poder, riquezas, prestigio público, etc., por motivos histórico-culturales de toda índole, pero que no pertenece al evangelio.

La reflexión crítica sobre el evangelio para volver a escuchar de nuevo sus promesas y exigencias en la hora actual y llegar así a la verdadera fecundidad, es un proceso que siempre resulta necesario para que pueda imponerle la causa de Jesús. En la medida en que la Iglesia abandona esa suprema tarea y se interesa por asegurar sus tradiciones y su posición de poder, en esa misma medida se convierte en sarmiento infecundo al que se corta y quema. La comunión permanente con Jesús es, pues, de hecho el requisito indispensable de toda auténtica cristiandad y de todo obrar cristiano. Como lo ha mostrado el texto, esa comunión no se puede entender como una garantía de salvación, porque está ligada a la palabra de Jesús y al acto de amor. Ambas realidades, la palabra de Jesús y el amor pasan a ser los criterios decisivos por los que deben regirse la Iglesia y su acción, a lo que deben colaborar todos los cristianos.

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92.«Asia Menor... fue la tierra cristiana por excelencia en el período preconstantiniano», en opinión de A. VON HARNACK. 93.C. PLINIO, Ep. x. 96, las hetairiai o hermandades privadas.

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2. Los AMlGOS DE JESÚS (Jn/15/11-17)

11 «Os he dicho estas cosas, para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea colmada. 12 Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. 13 Nadie tiene mayor amor que éste: dar uno la propia vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. 15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe qué hace su señor; os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer.

16 No me habéis elegido vosotros, sino que yo os elegí, y os he puesto para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto sea permanente para que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, él os lo dé. 17 Esto os mando: que os améis los unos a los otros.»

La serie de afirmaciones, con escasa conexión, desarrolla el tema de la comunión de los discípulos con Jesús, recogido en el discurso de la verdadera vid, y califica a la comunidad como el círculo de los amigos de Jesús.

El versículo 11 empieza hablando de la «alegría» que Jesús quiere comunicar mediante su palabra a los discípulos. Al igual que el concepto de paz en 14,27s, así también la alegría ha de entenderse como un don escatológico 95, que se comunicará al creyente. Y, al igual que allí la paz se destaca llamándola «mi paz», del mismo modo se dice aquí: «Para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea colmada.» Con ello la alegría aparece como un don escatológico de Jesús: En 20,20 la alegría viene en consecuencia motivada por el encuentro con el resucitado, el Jesús siempre presente. Esa alegría tiene carácter pascual. A la existencia escatológica corresponde también un nuevo sentimiento deI hombre, y es la alegría, en una medida totalmente colmada, como una alegría infinita y sin límites, la que describe la exaltación y el entusiasmo del hombre al que, mediante el evangelio, se le ha hecho partícipe del supremo sentido de la vida, de la salvación. Alegría y júbilo eran también, según Act_2:46, una nota fundamental de las asambleas comunitarias; de lo que son testimonios elocuentes los himnos y cánticos del cristianismo primitivo. Así se dice en un cántico de las Odas de Salomón, la colección de himnos cristianos más antigua que se conserva, y que está cerca del Evangelio de Juan en el tiempo y en el contenido:

«Mi alegría es el Señor y a él corren mis pasos.

Ese mi camino es hermoso,

pues es para mí una ayuda hacia el Señor.

Se me dio a conocer sin celos en su magnanimidad,

pues su amabilidad empequeñeció su grandeza.

Se hizo como yo, para que yo pudiera abarcarle.

Y no me aterroricé al verle, porque él es mi gracia»

(Odas de Salomón 7,2-5)

El versículo 12 presenta el mandamiento del amor96 en la interpretación joánica del «amor mutuo». Lo que este pasaje aporta de nuevo es que en el versículo 13 se define en cierto modo la esencia del amor o más exactamente se esclarece mediante un ejemplo: «Nadie tiene mayor amor que éste: dar uno la propia vida por sus amigos.» Aquí aflora una típica formulación joánica: entregar su alma, su vida 97. Eso constituye la esencia del amor: comprometerse por los demás. La entrega de la vida por los amigos es sin duda la forma suprema de amor que cabe pensar. De hecho no se da un amor mayor, no se puede hacer más. Juan piensa ante todo en el ejemplo de Jesús. él es, en efecto, el buen pastor que da su vida por las ovejas (10, 11.15), y eso con la libertad suprema, como allí se pone de relieve explícitamente: «Por esto el Padre me ama: porque yo doy mi vida para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo por mí mismo la doy; poder tengo para darla, y poder tengo para volverla a tomar. Tal es el mandato que recibí de mi Padre» (10,17s). Por lo que a Jesús se refiere, el giro «dar su vida por las ovejas» o «por los amigos», contiene la interpretación joánica de la muerte de Jesús, como muerte expiatoria y vicaria. Según él, esa muerte es la forma suprema del compromiso, contraído por amor, para la salvación del mundo: «tras haber amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (13,1). Y no es ciertamente que Jesús se haya comprometido por sus amigos porque éstos se lo hubieran merecido, y no le quedase otra solución; sino que la muerte de Jesús tiene para la comunidad una importancia decisiva. Porque Jesús muere por los suyos, éstos pasan a ser sus amigos.

En 10,17s se pone especialmente de relieve que Jesús puede disponer por completo de su vida como Hijo y revelador de Dios; no es posible arrebatársela en contra de su voluntad. Con ello destaca una vez más la libertad y voluntariedad absoluta de la muerte de Jesús; en todo y por ello Jesús es el Señor de sí mismo y de su destino. Si, pues, el compromiso de Jesús para la muerte no se debe a un desgarramiento interno o externo sino a una suprema superioridad y autenticidad del amor de Jesús a sus amigos. Con la entrega de su vida Jesús realiza de un modo radical su entrega a los demás. Por eso, en él forman un todo absoluto libertad y servicio, libertad y compromiso radical por los amigos; eso es lo que constituye, precisamente, la esencia del amor (agape). Se indica una vez más el sentido fundamental que tiene el ejemplo del lavatorio de pies al comienzo de los discursos de despedida. Síguese en consecuencia, que el amor de los discípulos consiste en la misma disposición (v. 14). Sólo cuando los discípulos cumplen el mandamiento de Jesús son también sus amigos.

Ahora bien los discípulos que son en efecto los amigos de Jesús y que han entrado por completo en su comunión (v. 15). «Siervo» o esclavo (griego doulos) indica en Israel no sólo -como en todo el mundo antiguo- al que pertenece al estado de esclavitud, sino que es también expresión de la sumisión del hombre a Dios. Ser un «siervo de Dios» constituye según el pensamiento veterotestamentario tal vez lo más alto que puede afirmarse de un hombre. De Moisés se dice en Exo_33:11 : «Yahveh hablaba a Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigos, y ello como una excepción soberana (cf. Deu_34:10 en que se hace la misma afirmación, aunque falta el calificativo «amigo»; sólo a Abraham se le vuelve a aplicar en Isa_41:8). El concepto de amistad no basta para indicar la distancia entre Dios y el hombre. Visto así constituye una inversión de valores el que, según Juan, Jesús llame amigos suyos a los discípulos; nombrar o llamar equivale aquí a constituirlos en amigos suyos. Ese nuevo estado de amigos de Jesús lo alcanzan los creyentes por el hecho de participar en la comunión divina. Gracias a Jesús, los discípulos -y ciertamente que todos sin excepción, sin que aquí se piense para nada en la distinción entre clérigos y laicos- se convierten en participantes de la revelación de Dios. Jesús les ha dado a conocer todo lo que ha oído del Padre. Ahora bien, como Hijo de Dios, es personalmente el contenido completo de la revelación y eso lo han conocido los discípulos. El punto más alto de la revelación es la entrega de la vida que Jesús hace por los suyos como la prueba suprema de amor. En la medida en que los discípulos se dejan prender por ese amor de Jesús, quedan transformados pasando a ser de esclavos o siervos, los amigos de Jesús. El versículo 16 expresa una vez más el mismo contenido recurriendo a la idea de elección. No han sido los discípulos quienes han escogido a Jesús como caudillo y héroe, sino justamente lo contrario: es Jesús el que, por su propia iniciativa y autoridad, ha elegido a los discípulos (cf. a este respecto el relato de su llamamiento, Joh_1:35-51). Como los sinópticos, también Juan mantiene la irreversibilidad de las relaciones entre Jesús y los discípulos. Respecto de los discípulos, Jesús no es simplemente el más humano que cabe imaginar, sino también el Señor, aquel por quien se realiza en el hombre la acción liberadora y electiva de Dios.

Con la elección por Jesús va unido al mismo tiempo un encargo, una determinación de dar fruto. Ese fruto debe «permanecer». Por el contexto cabría, sin más, añadir: pues de otro modo no se podría agregar «para la vida eterna». Pues el «permanecer» no es otra cosa que el estado adquirido por el hombre cuando se entrega a la acción del amor. Asimismo responde a la comunión divina, a la amistad de Jesús el que se asegure la plena acogida a la oración «en nombre de Jesús» (cf. com. a 14,12-14). Como amigos de Jesús los discípulos han entrado en el «ámbito vital» de él, de tal modo que también Dios lo pone todo a disposición suya. E1 nuevo círculo de amistad abierto por Jesús se convierte así en el marco de una nueva libertad e independencia en contacto con Dios.

En este contexto adquiere también su sentido la idea de elección. No se trata de un acto divino arbitrario, por lo que unos son elegidos y otros por el contrario excluidos y condenados; tal predestinación la ignora el Evangelio de Juan. Se trata más bien de la supremacía incondicional de la libertad y amor de Jesús frente a los creyentes. El reconocimiento de esa primacía es, por lo demás, condición indispensable. Con la referencia al mandamiento del amor (v. 17) se cierra el círculo ideológico.

A propósito de esta perícopa Bultmann anota la «unidad objetiva» entre fe y amor. «Como la palabra asegura a la fe el amor de Dios revelado en Jesús y como el amor sólo se recibe cuando, mediante él, el hombre se libera para amar, así la palabra sólo se escucha debidamente cuando el creyente como tal es el que ama». Con ello podría haberse alcanzado el núcleo de la afirmación joánica; se trata, en efecto, de la unidad formada por fe y amor. Sólo unidas ambas realidades se les promete la amistad de Jesús y entra en consideración el «permanecer»

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95. Cf. 16,20.21.22.24; 17,13; 20,20. 96. Cf. 13,34s.

97. Cf. 10,11.15.17.18; 13,37s; 1Jo_3:16; el giro refleja una construcción semítica.

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Meditación

Alegría, entusiasmo y júbilo pertenecen, en la tradición bíblica, al núcleo esencial de la experiencia religiosa. El encuentro con Dios, que crea la salvación y libera al hombre, expande alegría entre los hombres: «Pero el ángel les dijo: «No tengáis miedo. Porque mirad: os traigo una buena noticia que será de grande alegría para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo Señor»» (Luk_2:10s). Así suena el alegre mensaje del ángel a los pastores acerca del nacimiento de Cristo. Cuando se anuncia y se experimenta la salvación, domina la alegría. La presencia de la salvación aparecida con Cristo es también lo que da sentido a las festividades cristianas del año eclesiástico. La alegría, el ánimo levantado, forman parte del día festivo.

Por lo demás, hay que admitir que hoy ni los cristianos ni las iglesias están ya a la cabeza por lo que se refiere a la difusión de la alegría, lo cual es sin duda un mal signo. Ciertamente que la alegría no se puede establecer por mandato, asemejándose más bien a una irrupción incontenible contra la que no cabe defensa; sino que nos invade y domina. O bien, considerada a largo plazo y en la vida cotidiana, tiene el carácter de una atmósfera amable, confortable y sin violencias. ¿Se debe quizá la falta de alegría en las iglesias a una falsa relación con el evangelio? Según el Nuevo Testamento, la alegría es efecto del amor experimentado o fruto del Espíritu, unida a la felicidad del dominio de Dios. Se comunica al hombre, en cuanto que le libera y despierta en él la capacidad de amar. El legalismo con sus tablas de mandamientos produce miedo; las prácticas opresivas fomentan un espíritu de esclavo y refuerzan las trabas y dificultad de acción. No habría que salir al paso de la objeción diciendo que se trata en primer término de la alegría espiritual e interna. En realidad también la alegría escatológica, espiritual, se adueña de todo el hombre y lo libera para una nueva conducta creadora.

La liberación del hombre para la alegría es un capítulo importante, al que la religión debería recurrir, si se dejase impregnar por el Espíritu del Evangelio de Jesús. Aquí probablemente se enfrentaría sin competencia posible a muchas otras ofertas, porque de hecho tiene para ofrecer un evangelio, un mensaje de alegría que llena al hombre todo y la vida entera. Ciertamente que los hombres alegres tienen iniciativas creadoras de todo tipo que llevan a término; pero no se dejan dominar y manipular fácilmente. Tal vez a ello se deba el que se haya puesto tan poco en práctica «una revolución de la alegría».

Cuando domina la alegría, fácilmente se llega a la amistad. ¡La Iglesia y la comunidad cristiana como el círculo de los «amigos de Jesús»! Sólo es necesario añadir los principios, y en seguida se echa de ver el enorme abismo que media entre esa concepción joánica y las iglesias dominantes. Tal vez existan hoy los pequeños grupos y círculos de amigos, en los que «Iglesia» todavía puede acercarse al máximo a las concepciones neotestamentarias. A uno se le ocurre pensar que en la historia de la Iglesia esa concepción joánica de «amigos de Jesús» no ha podido imponerse, pero que en todos los tiempos ha habido grupos cristianos que intentaron realizar ese objetivo, como los fraticelli medievales, los hermanos bohemios, las fraternidades pietistas y distintas congregaciones del siglo XIX. Entre tales grupos siempre se ha impuesto la idea de que, para su realización en el mundo, el cristianismo de la comunidad concreta y visible necesita de una forma comunitaria cuya estructura interna se acerque a los vínculos más libres de una gran familia, y que por lo mismo no sea jurídicamente tan rígida e intratable como a la larga parece ser la estructura de la gran Iglesia. Amor y amistad sólo pueden practicarse a largo plazo dentro de una cierta proximidad. Como quiera que sea, la interpretación clerical es una interpretación grosera de /Jn/15/15: «Ya no os llamaré siervos...» El texto se cantaba en la ordenación sacerdotal; lo que quería decir que sólo al sacerdote consagrado se le llamaba «amigo de Jesús», mientras que los laicos eran considerados como «siervos de Jesús». Para Juan todos los creyentes son «amigos de Jesús».

El texto -como vemos- entiende el amor según el ejemplo personal de Jesús, como entrega de la vida por los amigos; es decir, como un compromiso por los demás.

Ciertamente que también la fórmula puede entenderse mal, y buena muestra de ello podría ser la historia de la última guerra en que a menudo se exaltó la muerte heroica por la patria con las palabras de Joh_15:13. Sin embargo el tenor literal de la fórmula sigue siendo importante, como lo muestra la exposición de la carta primera de Juan: «En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. Y nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Si uno tiene bienes del mundo y ve a su hermano en necesidad, y le cierra sus entrañas, ¿cómo permanece en él el amor de Dios? Hijitos, no amemos de palabra ni con la lengua, sino de obra y de verdad» (1Jo_3:16-18). Se trata aquí de la interpretación social más antigua de la ágape en el sentido de un comprometerse por los demás. Para nosotros es importante ver cómo ya el cristianismo primitivo dedujo del evangelio esa interpretación social, y ello en una comunidad que a primera vista más bien suscita una impresión espiritualista. Y es precisamente esa interpretación social concreta y práctica de la ágape, la que parece separar al círculo de comunidades joánicas del espiritualismo gnóstico. A eso se agrega hoy la escala mundial a que ha llegado la distinción entre «los que poseen los bienes de este mundo» y «los hermanos necesitados». En este caso la ayuda debe llegar más allá de la comunidad concreta, y en ciertas circunstancias habrá que considerar la necesidad de unos cambios de estructuras sociales. Si es preciso llegar a un compromiso duradero, eficaz y de ayuda en el mejor sentido a los pueblos subdesarrollados, también será necesario que los cristianos se familiaricen con el análisis crítico de la sociedad y con la idea de unos cambios de estructuras. Con el fin de estar preparadas para esas tareas y otras de parecida envergadura, las iglesias deberían liberarse con mayor resolución que hasta el presente de sus viejas concepciones burguesas. Tales concepciones constituyen un grave lastre que las comunidades joánicas de hacia el año 100 d.C. no hubieron de arrastrar. Entonces fueron ellas los grupos marginados, que carecían del reconocimiento social y político, lo que pudo favorecer el radicalismo de su compromiso en beneficio de los demás.

3. EL ODIO DEL MUNDO (15,18-16,4a)

El texto de 15,18-16,4a describe detenidamente la situación precaria de la comunidad en el mundo, que en concreto era la sociedad pagana y en parte también la judía de finales del siglo I y comienzos del siglo II. Esa situación se caracteriza por el rechazo y hasta por la persecución abierta por parte del entorno. Como quiera que sea, entre esa comunidad y el entorno en que tiene que vivir se abre una sima insuperable. En su calidad de pastor de almas, Juan se encuentra ante la tarea de proporcionar tales motivos que hagan posible la constancia y que incluso permitan presentarla como perfectamente lógica. Este texto puede dividirse de forma cómoda en tres secciones: 15,18-25 trata el aspecto fundamental y teológico de esa situación: en cuanto comunidad de Jesús, los discípulos tienen también que compartir su destino. La resistencia a la revelación no ha cesado con la cruz de Jesús; ahora se dirige contra la comunidad creyente, que mantiene el testimonio de la revelación y que se presenta frente al mundo. La perícopa 15,26s trae otra sentencia sobre el Paráclito, que se relaciona asimismo con la situación comunitaria. En tal situación la comunidad no sólo está llamada a dar testimonio de Cristo, sino que se halla especialmente capacitada para ello. 16,1-4a toma abiertamente posición frente al problema agudo de la exclusión de los cristianos de la comunidad judía.

a) La comunidad y el odio del mundo (Jn/15/18-25)

18 «Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. 19 Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os odia. 20 Acordaos de las palabras que os dije: El esclavo no es mayor que su señor. Si a mi me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, guardarán también la vuestra. 21 Pero todo esto harán contra vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió.25 Si yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, pecado no tendrían; pero ahora no tienen excusa de su pecado. 23 EI que a mí me odia, también odia a mi Padre. 24 Si yo no hubiera hecho entre ellos obras que ningún otro realizó, pecado no tendrían; pero ahora, aunque las han visto, nos han odiado, tanto a mi como a mi Padre. 25 Pero esto es por que se cumpla lo que está escrito en su ley: "Me han odiado sin motivo".»

El giro del comienzo: «Si el mundo os odia, sabed...», etc. (v. 18) tiene, a todas luces, carácter de respuesta a una pregunta apremiante. Esa pregunta viene provocada por el estado de cosas que el texto describe como odio del mundo. Aquí, como en los pasajes inmediatos, «mundo» (griego, kosmos) designa el «mundo humano», que se muestra hostil al revelador de Dios y a su comunidad. En la pasión y cruz de Jesús esa hostilidad ha alcanzado su culminación más significativa. Mas también después de pascua hubieron de experimentar las comunidades que de su entorno no sólo no lograban el asentimiento, sino que desencadenaban además su persecución.

Desde los orígenes del cristianismo, la persecución con todos sus fenómenos concomitantes de suspicacia, mala comprensión, burlas, etc., forma parte de la imagen peculiar de esa nueva religión, como de los grandes ataques a los discípulos de Jesús, que no tenían conciencia de ningún crimen. Ya Pablo alude a esa realidad (cf. 1Th_2:14-16; 2Cor lls23-33). También, según los sinópticos, a los discípulos de Jesús les aguardan el rechazo, el odio y la persecución 99. Sobre todo el discurso misional de Mateo (Mat_10:5-11, 1) ofrece una serie de paralelismos con la sección que comentamos. La idea de un «paralelismo del destino de la comunidad con el del revelador» tiene un ancho fundamento en las más diversas tradiciones neotestamentarias, el rechazo de los cristianos por la sociedad fue además una dura realidad con la que hubieron de enfrentarse cada día. Desde la persecución neroniana del año 64 se sumó la amenaza constante de que también el representante del Estado romano adoptase una postura hostil contra los cristianos. La redacción del Evangelio de Juan coincide muy probablemente con la época inmediata posterior a la persecución domiciana (hacia el 95 d.C.), y pocos años después tuvo lugar el martirio de Ignacio, obispo de Antioquía (ha. 107/110 d.C.). Había, pues, bastantes motivos reales para afrontar el tema de la comunidad perseguida.

La exhortación a la comunidad empieza con un recuerdo lapidario; la invitación «sabed» invita a los oyentes a reflexionar sobre su situación fundamental y a pensar en aquel al que se han unido mediante la fe. El odio del mundo sale al paso a los discípulos, que probablemente no contaron con esa contingencia al abrazar la fe. Que la fe suscite odio y no amor es algo que de hecho puede confundir; tanto más cuanto que por la misma doctrina cristiana se está obligado al amor. A esto se suma el peligro, presente ya desde el comienzo, de que, frente a la amenaza de las persecuciones y dificultades, los cristianos capitulasen y apostatasen. Por eso en este pasaje empieza por ser tan apremiante el recuerdo de Jesús. Al encontrarse con el odio del mundo, la suerte de los discípulos no es otra que la del propio Jesús: Antes que a vosotros me han odiado a mí.

El versículo 19 trae una razón teológica del hecho: los discípulos ya no pertenecen al mundo. El giro joánico «ser del mundo» o «no ser del mundo» 102 tiene el sentido de una designación de origen; indica un «de dónde» preciso. La idea ahí latente es que el origen condiciona también la naturaleza, la índole, incluso la conducta de un hombre. Aquí se enfrentan dos posibilidades contrarias: la primera, venir de arriba, «ser de Dios», y la segunda, proceder de abajo «ser del mundo». El «ser de Dios» corresponde sobre todo al revelador aunque se amplía después a cuantos le pertenecen. «Ser del mundo», por el contrario, define en primer término la situación fáctica de todos los hombres que todavía no han encontrado la fe, para pasar después a designar sobre todo, y en un sentido negativo cualificado, la situación de quienes conscientemente han tomado partido contra el revelador y su mensaje.

Los discípulos «no son del mundo» han pasado ya «de la muerte a la vida» (Mat_5:24), con lo que se han despojado asimismo de la naturaleza mundana. Para el mundo ya no son «lo suyo» (griego, ho idion), sino que ahora pertenecen a Jesús. él los ha hecho suyos mediante su elección. Porque ya no pertenecen al mundo, tampoco el mundo les demuestra su amor, habiendo perdido a sus ojos todo interés. Por su pertenencia a Jesús los discípulos han entrado en la tensa y radical oposición que media entre Dios y el mundo; Pablo llegaría a decir que «están crucificados con Jesús». Ello significa que, si bien ya «no son del mundo», sino que «han nacido de Dios», son hijos de Dios (Mat_1:12s), sin embargo han de vivir en el mundo, aunque en ningún caso puedan ya volver a entenderse desde el mundo, ni sentirse por completo en él como en su propia casa. El discípulo de Jesús no puede ya identificarse con el mundo. Y eso es justamente lo que el mundo no le perdonará: «Por eso el mundo os odia.»

Tal situación -así lo dice el versículo 20- está predeterminada por una palabra de Jesús. Se trata ante todo de una referencia a un pasaje anterior (Mat_13:16), en que ya se dijo: «El esclavo no es mayor que su señor.» Quizás el recuerdo precisamente de ese pasaje tenga una significación ulterior, pues se trata de una palabra, que aparece de modo similar en Mateo y en un contexto parecido: «Un discípulo no está por encima del maestro, ni un esclavo por encima de su señor. Ya es bastante que el discípulo llegue a ser como su maestro, y el esclavo como su señor. Si al señor de la casa lo llamaron Beelzebul ( = demonio) ¡cuánto más a los que viven con el!» (Mat_10:24s; cf. Luk_6:40). Esto hace suponer que en la tradición comunitaria de Juan había unas palabras del Señor, que pueden haber sonado de modo semejante: ¡No pueden irnos las cosas mejor de lo que fueron al Maestro! Es evidente que Mateo ha entendido la palabra de modo similar a Juan. La comunidad de destino de los discípulos es inseparable del de Jesús, tanto en el bien como en el mal. En el versículo 21 se describe con mayor detalle la conducta hostil del mundo, motivada por el odio a Jesús y por el desconocimiento de Dios. El mundo, en fin, tiene que conducirse así porque no conoce al Padre. El desconocimiento de Dios por parte del mundo y de sus representantes no es, sin embargo, una ignorancia que pueda eliminarse mediante una información complementaria, sino que, de acuerdo con el concepto bíblico de conocimiento, es el reconocimiento deficiente de Dios y de su revelador. Para la Biblia no cabe, frente a Dios, una postura neutral y «objetiva»; sino que el conocer o el desconocimiento implica siempre un tema de posición por parte del hombre. El desconocimiento de Dios como tal es culpable; no es otra cosa que la incredulidad, como se subraya en el versículo 22 103. Después que Jesús ha venido como revelador de Dios trayendo la revelación escatológica, el mundo es inexcusable. Su incredulidad es su pecado; y ello porque «se vuelve contra Jesús, que con sus palabras y obras ha demostrado ser el revelador».

Jesús ha sido el primero en padecer el odio del mundo. La hostilidad desencadenada contra él es al propio tiempo, según Juan, una hostilidad contra Dios (véase al respecto 8,31-59), pues que en la persona y en la palabra de Jesús era Dios mismo quien salía al encuentro del hombre (v. 23). El versículo 24 ha de entenderse como paralelo del v. 22, ya que en Juan las palabras y las obras de Jesús forman una unidad. Entre estas «obras que ningún otro realizó» deben incluirse las señales milagrosas. Los milagros hay que entenderlos como signos reveladores. Por tanto, el sentido viene a ser: pese a la acción del revelador en el mundo, su mensaje no ha sido acogido. Pese a lo que ha visto, el mundo persiste en su odio y, por consiguiente, también en su pecado.

Por lo demás, ese hecho no es casual. El versículo 25 dice que en tal conducta se ha cumplido un pasaje de la «ley», del Antiguo Testamento: «Me han odiado sin motivo» (Psa_35:19; Psa_69:4). Esa cita escriturística no constituye una prueba estricta; expresa más bien la convicción de que en el destino de Jesús se ha cumplido la Escritura, se ha realizado el plan salvador de Dios. En este caso hasta el odio del mundo totalmente infundado contra Jesús, que no se puede entender lógicamente, tiene también su lugar y sentido dentro del plan de Dios. Más aún: opera la salvación del mundo.

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99.Cf. Mar_13:9-13 par Mat_24:9-14; Luk_21:12-19; Mat_5:11s par Luk_6:22s. 102.Cf.8,23; 15,19; 17,14.16; 18,36; 1Jo_2:16; 1Jo_4:5. 103.Cf. también 12,37-50.

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b) El Paráclito y los discípulos como testigos de Jesús (Jn/15/26-27)

26 «Cuando venga el Paráclito, que desde el Padre os enviaré yo, el Espíritu de la verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí, 27 y vosotros también daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.»

Juan trae otra sentencia sobre el Paráclito, el Espíritu (abogado o asistente), atribuyéndole una nueva función que hasta ahora no había sido descrita, a saber: la función de «dar testimonio» en favor de Jesús. Cabe también observar la unidad operacional entre el Padre y el Hijo: Jesús, desde el Padre, «envía» al Paráclito, y éste «proviene del Padre». Que se trata sobre todo del «testimonio» se desprende de la sentencia paralela: también la comunidad dará testimonio de Jesús. El testimonio del Paráclito y el de los discípulos corren paralelos en cierto modo. Se trata de un proceso singular: en el testimonio de los discípulos se manifiesta el testimonio del Espíritu. La idea del testimonio tiene un papel importante en el evangelio de Juan. La verdad de la revelación en definitiva sólo puede ser testificada. La conducta adecuada a esa verdad no consiste, como por ejemplo en el proceso cognoscitivo de las ciencias naturales, en una observación de un experimento, que puede repetirse frecuentemente a voluntad, sino en una toma de conocimiento comprometida y en una admiración existencial y personal. Así el propio Jesús en toda su existencia es el testigo de Dios y, por ende, de la verdad (cf. 18,37). Pero también los discípulos deben hacerse testigos de Jesús; la fe no se puede demostrar en sí misma, sino que siempre se transmite por el testimonio vivo. Al propio tiempo late ahí un elemento histórico como lo demuestran las palabras «...porque desde el principio estáis conmigo». Como testigos de Jesús contaban sobre todo en la Iglesia primitiva aquellos discípulos que «desde el principio», desde la primera aparición pública de Jesús estuvieron con él (cf. la introducción al evangelio de Lucas Luk_1:1-4; o bien Act_1:21-22 : «Conviene, pues, que de entre los hombres que nos han acompañado todo el tiempo en que anduvo el Señor Jesús entre nosotros, a partir del bautismo de Juan... uno de éstos sea constituido con nosotros testigo de su resurrección.» El testimonio creyente de los discípulos de Jesús es también un testimonio histórico.

A esto se agrega otro elemento: precisamente frente al mundo, que persigue a la comunidad con su odio, aquélla está llamada de continuo a ser un testimonio, y un testimonio plenamente válido y público. El testigo, el mártir, pasó a ser un concepto específico del cristianismo. Para ese testimonio peligroso frente a un mundo hostil la comunidad necesita del Espíritu Paráclito. También con esta afirmación se adentra Juan en la vasta corriente de la primitiva tradición cristiana. Así se dice en Mar_13:9-11 : «Mirad por vosotros mismos: os entregarán a los tribunales del sanedrín, seréis azotados en las sinagogas, y tendréis que comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos... Y cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de antemano de lo que habéis de decir, sino que aquello que se os dé en aquel momento, eso diréis. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo.» Es lícito, pues, pensar que también en 15,26 se trata en primer término del testimonio cristiano publico frente al mundo incrédulo. En ese testimonio colaborará el Espíritu y, al igual que en el testimonio divino de Jesús, se llegará a la división de los espíritus.



Biblia Comentada, Profesores de Salamanca (BAC, 1965)



Capitulo 15.

Problema literario de los capítulos 15 y 16.
Los capítulos 15 y 16 están en una situación violenta con relación al capítulo 14. En éste se terminaba el discurso de Cristo con la orden terminante de partida a Getsemaní, por lo que se entronca con el capítulo 18. Además, los capítulos 15 y 16 tienen muchos temas de contenido equivalente a los que se desarrollan en el 14. De aquí varias soluciones para explicar esto.
1) Cristo, una vez dada la orden de partida, habría continuado en el mismo cenáculo estos discursos. Pero es increíble que, dada la orden terminante de partida, continúe estos discursos, de tema semejante y en un espacio de tiempo muy largo, ya que aquí están representados, esquemáticamente, por 86 versículos.
2) Cristo, dada la orden de partida, continuaría por el camino estos discursos. Aparte de las razones anteriores, explica aún menos que la anterior hipótesis, ya que no es creíble que, en aquella noche de peligros y asechanzas, Cristo se exponga a esto, prolongando su camino a Getsemaní; ni la sublimidad continuada de los temas hace factible esta posición.
3) Se propone cambiar el orden de algunos capítulos, dándoles a varios de éstos una hipotética situación primitiva, correspondiente a otra época. Pero esto no tiene apoyo ninguno en la tradición manuscrita. Ni explica el porqué de una temática tan afín. Explicando menos, pues, al situarlos cronológicamente antes, ! no se ve el porqué repetirlos en el cenáculo.
4) Otros lo explican, y parece más verosímil, por un procedimiento redaccional de adición, hecho una vez terminado el evangelio. Sea porque, pronunciado en la cena repetición semita , fueron recordados después por el autor; sea porque, pronunciados en otras ocasiones, se los incluye aquí por razón de un contexto lógico! ; sea porque se ven en este evangelio retoques, adiciones, retractaciones de un tema elaborado en diversas ocasiones, con enfoques posiblemente distintos, acaso en orden a problemas de la catequesis a tipo de haggadah. Lo que se haría aún más factible si se supone que el autor no dio la última mano y fueron incluidos aquí por sus discípulos 2. Si no hubieran sido más que una creación del evangelista o su círculo , se hubiese presentado todo en una sola redacción.

Alegoría de la vid, 15:1-11.
1 Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. 2 Todo sarmiento que en mí no lleve fruto, lo cortará; y todo el que dé fruto, lo podará, para que dé más fruto. 3 Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he hablado; 4 permaneced en mí y Yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo si no permaneciese en la vid, tampoco vosotros si no permaneciereis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada. 6 El que no permanece en mí, es echado fuera, como el sarmiento, y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego para que ardan. 7 Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que quisiereis, y se os dará. 8 En esto será glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto, y así seréis discípulos míos. 9 Como el Padre me amó, Yo también os he amado; permaneced en mi amor. 10 Si guardareis mis preceptos, permaneceréis en mi amor, como yo guardé los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Esto os lo digo para que yo me goce en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.

Discuten los autores acerca del género literario de este pasaje, sobre si es alegoría o parábola. Se ve en la simple lectura que hay elementos de ambas; se trata, pues, de un género mixto; y como en él prevalece el elemento alegórico, pues comienza por elementos alegóricos y toda la trama fundamental de la misma es alegórica, se la ha de tener por una alegoría-parabolizante 4.
Cristo comienza la alegoría presentándose como la vid verdadera (? ??????? ). Verdadera puede significar auténtico, genuino, contrapuesto a degenerado, falso; o también significar superior, excelente, contrapuesto a vulgar, ordinario. La segunda significación es la que parece más lógica. Es vid verdadera en cuanto se trasladan a él, en el orden espiritual, las propiedades de la vid. En el apócrifo Apocalipsis de Baruc, la viña aparece como símbolo del Mesías 5. Acaso la inspira aquí el vino de la última Cena. LaDidaje (9:2) habla de la vid santa de David.
Al Padre se lo representa como el que trabaja esta viña: el labrador (??????? ).
Lo que aquí se quiere expresar es que Cristo, Dios-hombre, influye directamente, por la gracia, en los sarmientos. El Padre, en cambio, es el que tiene el gobierno y providencia exterior de la viña.
El tema central es la necesidad de estar unidos a Cristo (v.5). Pero hay dos modos de estar unidos a Cristo. Se habla de los fieles en general, tal como está redactado, aunque pudiera apuntar, originariamente a los apóstoles (v.8).
Uno es por la fe, bautismo, pero sin obras. Al que así se comporta, el Padre lo cortará de la Vid-Cristo. El Padre, que ejerce el gobierno y providencia exterior, consumará la separación que, culpablemente, tenga ese sarmiento. Es efecto de la fe sin obras, que esfe muerta (Stg_2:17). La fe que no opera por la caridad (Gal_5:6). Así se anuncia el peligro trascendental en que están estos sarmientos. ¿Cuándo serán separados de Cristo? No se dice. En la muerte, por la pérdida de la fe, por una excomunión. Sin embargo, por la comparación literaria de textos de este mismo pasaje, en que se habla de los sarmientos cortados y echados al fuego (v.6), acaso se refiera especialmete al juicio final, como se ve en los sinópticos (Mat_13:40.42; 25.41). También se hace ver la libertad del hombre y la culpabilidad de su no cooperación a la gracia (v.5b-8). La forma sapiencial en que es anunciado y el hablarse según la naturaleza de las cosas, no considera el caso en que el sarmiento desgajado pueda ser nuevamente injertado; lo que sería aquí el arrepentimiento y penitencia.
Pero hay otra forma de estar unido a Cristo: por la fe, el bautismo y la fructificación en obras. Al que así está, el Padre lo podará (??????? = lo limpiará) para que dé más fruto. Cuando en las vides los sarmientos son excesivos, hay que podarlos para que la demasiada proliferación no reste vigor a la savia. A su semejanza se hará con el fiel< sarmiento esta poda: se le quitarán los obstáculos que le impiden a la savia de la gracia fructificar y expansionarse. Pero aquí esta comparación es parabólica, pues la savia de la gracia no se agota en Cristo ni la proliferación de los cristianos es obstáculo al vigor de la savia. Se enseña aquí la gran doctrina de las purificaciones, quein genere será el negar se a sí mismo o todo lo que es apego egoísta e impedimento a la fructificación de la gracia. Esta enseñanza de Cristo es el mejor comentario al libro de Job: por qué sufre el justo.
La doctrina general sapiencial encuentra en el v.3 una aplicación directa a los apóstoles. La obra de purificación a que aludió evoca la limpieza en que ellos estaban a la hora del lavatorio de los pies (Jua_13:10). Tienen fundamentalmente esa pureza a causa de la palabra que os he hablado, es decir, el Evangelio: toda la enseñanza que Cristo les hizo, ya que sus palabras son espíritu y vida.
Estando ya unidos a la Vid, sólo necesitan, pues, tener toda esa vitalidad, permanecer en ella, en él. Es permanencia mutua: él en ellos y ellos en él.
El verbo que se usa, permanecer (???? ), es el término propio y técnico de Jn. Lo usa 40 veces en su evangelio y 23 en su primera epístola. Y formula aquí con él la íntima, permantente y vital unión de los fieles con Cristo. Es la palabra que usa para expresar el efecto eucarístico de unión (Jua_6:56.57) 6. La dicción puede tener sentido preceptivo o condicional: permanece o permanecer para. Fundamentalmente el sentido no cambia. Lo esencial es estar unidos a Cristo. Este pensamiento va a ser desarrollado en los apartados siguientes:
1) Sin mí no podéis hacer nada (v.52). Esta es la sentencia fundamental de todo el pasaje. Es uno de los textos que enseña la absoluta necesidad de la dependencia sobrenatural de Cristo. El concilio II Milevitano, de 416, y Cartaginense XVI, de 418, después de definir la necesidad de la gracia para toda obra sobrenatural, invocan en el mismo canon definitorio estas palabras de Cristo, con las cuales no dice: Sin mí más difícilmente lo podéis hacer, sino que dice: Sin mí no podéis hacer nada 7. Invocan este texto para lo mismo el concilio Arausicano II, de 529, confirmado luego por Bonifacio II; el concilio de Trento y el Vaticano II 8.
2) El que permanece en mí..., ése da mucho fruto (v.5ab). El pensamiento progresa. No solamente sin la unión a Cristo no se puede nada aspecto semita negativo , sino que, permaneciendo en El aspecto positivo , se da mucho fruto. La acción de la savia-gracia tiende a expansionarse. Cuando el cristiano responde a las mociones de la misma, da fruto y el Padre le poda para que se expansione más la gracia, dé mucho fruto.
Aunque no se dice, está latiendo en todo este pasaje el aspecto del mérito en esta obra hecha en unión con Cristo. El concilio de Trento invoca este pasaje para hacer ver el mérito de la obra hecha en gracia 9.
3) Si permanecéis en mí..., pedid lo que quisiereis y se os dará (v.7). Este versículo es como un paréntesis entre el 6 y 8. Si el v.7 está en su propio contexto histórico, se explica esta promesa o porque Cristo les da la clave normal para permanecer unidos a El, o porque, asombrados ellos ante la posible perspectiva de la separación, lo que es imposible después de decirles que les iba a preparar las mansiones, les da la solución para esta unión: el recurso a la oración.
La formulación con que se hace es universal: se les dará cualquier cosa que pidan. La forma rotunda sapiencial podría tener excepciones o ser interpretada conforme a Jn (1Jn_5:14), en la hipótesis que, si le pedimos algo conforme a su voluntad, El nos oye. Pues es oración que se hace permaneciendo unidos a Cristo, y, movidos por su savia, nada se pediría que no convenga (cf. Jua_14:13).
Pero, si el versículo está fuera de su propio contexto, acaso sea paralelo a Jua_14:13.14, en que se refiere sólo a lo que se pide para la obra de apostolado. Así dirá que el fruto que les desea los acreditará como discípulos míos (v.8), y más adelante habla de la elección que hizo de ellos para el apostolado (v.16), añadiéndoles, en esa perspectiva apostólica, que el Padre les dará cuanto pidan (v.16c).
4) En esto será glorificado mi Padre: en que deis mucho fruto (v.8). La misión de Cristo es glorificar al Padre. Pero ¿cual es el deseo del Padre en orden a la fructificación de estos sarmientos unidos a Cristo-Vid? No tienen tasa ni módulo. La enseñanza ya está dada antes (v.2), al decirse que al que dé fruto se lo podará para que dé más fruto. La glorificación, pues, del Padre está en que deis mucho fruto. Es la valoración a la santidad, sea general, sea, en concreto, a la del apostolado.
Con ello seréis discípulos míos. Este futuro sugiere que esta fórmula expresa algo sobre el porvenir, y se entendería mejor de un discurso pronunciado después de la elección de los apóstoles 10.
Hay aquí seguramente dos temas combinados, al menos en la perspectiva didáctica de Jn: la necesidad de aunion a Cristo para toda obra sobrenatural y un tema de apostolado, unido por analogía con la necesidad de la vitalización por Cristo, acaso con carácter polémico contra las herejías nacientes.
5) Al que no permanece en mí..., lo arrojan al fuego para que arda (v.6). Es el aspecto semita negativo de la no permanencia en Cristo-Vid. La imagen está tomada de los sarmientos secos. Con ella sólo se anuncia el hecho del castigo de estos sarmientos unidos a Cristo sin fructificación. Pero, si se tiene en cuenta su afinidad conceptual con la descripción de Mt del juicio final (Mat_13:40.42), acaso esta descripción de Jn sea una alusión a la separación oficial de Cristo en el juicio último, del que habla el cuarto evangelio (Jua_5:29; Jua_11:23.24) 11.
Los versículos 9-11 pueden ser considerados como un complemento conceptual de la alegoría expuesta, y que tienen cabida aquí por una cierta analogía.
Cristo les indica a sus apóstoles el ansia de su amor hacia ellos para que fructifiquen unidos a El, pues los ama al modo sobrenatural, como el Padre le ama a El. Unidos a El y amados por El no necesitan, para dar mucho fruto, más que permanecer en El.
Y la prueba de esta permanencia son las obras: mis preceptos. No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre (Mat_7:21). Ha de ser copiado su ejemplo: guardo los preceptos de mi Padre y permanezco en su amor.
Y les dice esto para que yo me goce en vosotros. Porque cumplen el mensaje del Padre, que El trajo como el Enviado.
Y vuestro gozo sea cumplido. Pues al saber ellos que están unidos a Cristo-Vid, que permanecen unidos a El y que guardan sus mandatos, saben entonces la meta suprema de sus aspiraciones: son amados por el Padre.

El precepto de la caridad,Mat_15:72-77.
12 Este es mi precepto: que os améis unos a otros, como Yo os he amado. 13 Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. 15 Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os digo amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer. 16 No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca, para que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo dé. 17 Esto os mando, que os améis unos a otros.

La situación histórica de esta sección queda sugerida por el lugar paralelo del amor al prójimo (Jua_13:34.35).
El amor mutuo que han de tenerse no es filantropía, ha de estar calcado en el ejemplo de él: que se amen como él los ha amado. Precisamente por este modo es por lo que antes llamó también a este precepto mandato nuevo (Jua_13:34.35; cf. Lev_19:18).
Como ejemplo que clarifique este amor suyo, pone lo que es prueba humana: dar la vida por los amigos. No es que Cristo restrinja la universalidad de su muerte, sino que utiliza la comparación usual humana.
Al hablar de amigos, el encadenamiento semita le lleva a llamar a sus apóstoles amigos. Los siervos no saben lo que hacen sus señores. El A.T. tenía más aspecto de servidumbre. Los amigos conocen sus intimidades. Y El les reveló el gran secreto y mensaje del Padre: el Evangelio, las intimidades de Dios. Pero la verdadera amistad exige obras. Así aquí, sois mis amigos si hacéis lo que os mando (v.14).
Como amigos de Cristo son predilectos. Y esto evoca la elección que hizo de ellos para el apostolado, como lo indica el término filológico (Jua_6:70; Jua_13:18; Jua_6:13, etc.) y el contexto.
Directamente se refiere no a la predestinación, sino a la elección, vocación, al apostolado, que les hizo al llamarlos a cada uno en su día (Jua_6:34). No piensen que este privilegio fue algo que salió de ellos.
La finalidad de esta elección es para que vayáis. El sentido es: a seguir su camino (Mat_9:6; Mat_19:21); es la misión de apóstoles; ni se pone término geográfico a su misión (cf. Mt 28-19): deis mucho fruto de apostolado, como lo pide el contexto. Es la vocación a la santidad antes dicha. Y es a lo que lleva la sección siguiente, en que habla de las persecuciones que tendrán por causa de él.
Y vuestro fruto permanezca, es decir, el fruto de su apostolado que sea de una eficacia permanente 12 allá donde ellos arrojen la simiente.
Y otra vez se pone la oración como medio eficaz de apostolado. El apóstol tiene en la oración un recurso de éxito, pero tiene la obligación de usarla como medio normal del fruto de su apostolado. La forma rotunda con que está expresada la concesión de todo lo que pidan tiene una explicación semejante a lo anteriormente expuesto 13.
La sección termina con unaexposición chocante: Estas cosas (????? ) os mando: que os améis mutuamente. Pero sólo hay un precepto: el amor. Puede ser debido a que estas cosas quedan encerradas, en un sentido amplio, en el precepto de la caridad (Jua_15:9.10; Gal_5:14; 1Jn_3:13ss-1Jn_4:7ss), formando así el cierre de la inclusión semítica con el v.12.

El odio del mundo a los discípulos,1Jn_15:18-21.
18 Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros. 19 Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece. 20 Acordaos de la palabra que yo os dije: No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán; si guardaren mi palabra, también guardarán la vuestra. 21 Pero todas estas cosas las harán con vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.

El odio del mundo malo a Cristo se va a continuar en sus discípulos, precisamente porque son los continuadores de su obra. La lucha escatológica entre la luz y las tinieblas se continúa contra los portadores de la luz
Cristo les recuerda a este propósito la palabra que os dije: No es el siervo mayor que su señor. Esta frase fue dicha por Cristo en varias ocasiones (Mat_10:24; Luc_6:40; Jua_13:6). En Mt es a propósito de las persecuciones que sufrirán. Pero en Jn aparece dicha a propósito del lavatorio de los pies, mas para que imiten este ejemplo; no a propósito de persecuciones. De suyo podría aludir al uso que con ella (Mt) anunció las persecuciones. Pero en este contexto de Jn parece referirse a la escena antes citada, trayéndola ahora a propósito distinto. Que se recuerde aquella frase, que también tenía virtualidad para aplicarla al caso presente.
Todas estas persecuciones se las harán por causa de mi nombre. No el personal. En los semitas nombre está por la persona. Será a causa de ser el Hijo de Dios: porque no conocen al que me ha enviado, al Padre, en lo que tiene de especificante divino como Padre. Algo increíble en aquel monoteísmo cerrado del judaísmo del A.T.

La testificación que Cristo ofrece de su verdad,Jua_15:22-27.
22 Si no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. 23 El que a mí me aborrece, también aborrece a mi Padre. 24 Si no hubiera hecho entre ellos obras que ninguno otro hizo, no tendrían pecado; pero ahora no sólo han visto, sino que me aborrecieron a mí y a mi Padre. 25 Pero es para que se cumpla la palabra que en la Ley de ellos está escrita: Me aborrecieron sin motivo. 26 Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de parte del Padre, él dará testimonio de mí, 27 y vosotros daréis también testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.

Esta sección está íntimamente entroncada con la anterior. El mundo malo persigue a Cristo y a sus discípulos porque no conoció a Cristo. Pero Cristo alega contra ese mundo los judíos tres testificaciones de su verdad.
Cristo mismo (v.22-25). Cristo alega contra el mundo su propio testimonio. No sólo habló exponiendo el mensaje del Padre, sino que lo rubricó con milagros que ninguno otro hijo. La superioridad de Cristo sobre otro taumaturgo no está en que uno hizo tal o cual milagro, sino en el complejo de los milagros de Cristo, que lo sitúan en una esfera totalmente excepcional: divina (Jua_3:2; Jua_7:31; Jua_8:54), y la finalidad por que los hizo.
Y como todos estos milagros se los daba a hacer el Padre (Jua_5:36), el pecado era contra Cristo y contra el Padre. Es el pecado contra la luz (v.24).
Esta conducta de odio del mundo contra Cristo la ve prefigurada en la Escritura. Es una cita de dos salmos (Sal_35:19; Sal_69:5) en los que se habla del justo perseguido. La cita está hecha libremente. Pero como la Escritura era el argumento definitivo para el judío, sea que se argumentase con un sé nudo típico, sea conforme a alguno de los procedimientos usuales en las escuelas y en el ambiente 14, era aportar un argumento decisivo a su causa. Esto corroboraba su testimonio.
Testificación del Paráclito (v.26). También se cita aquí la testificación que dará el Paráclito. Se conserva así su nombre, por el rico contenido etimológico que puede tener según los contextos.
No es aquí una simple fuerza o acción divina ad extra, como el rual Elohim del A.T. De la confrontación de textos en Jn se ve que lo está presentando como una persona divina (Jua_14:15-17).
Además, Cristo dice que él lo enviará. Pero esto, por el método de alusión, tiene un valor especial. En el A.T. sólo Yahvé podía enviar este Espíritu. Cristo se está, pues, poniendo, al enviarlo, en la misma esfera divina.

Cuando venga el Paráclito, que Yo os enviaré de junto al Padre,
el Espíritu de verdad, que procede (??????????? ) del Padre,
él dará testimonio de mí (v.26).

Al Paráclito, por la función que va a desempeñar de testimoniar a Cristo, se lo llama, como en el capítulo anterior, Espíritu de verdad.
Va a testificar que el mensaje que Cristo traía del Padre el Evangelio, centrado en la temática de Jn, en que Cristo es el verdadero Hijo de Dios era verdadero. Y lo va a testimoniar con las maravillas que realizará a favor de Cristo y su obra. Fundamentalmente en Pentecostés, con el cumplimiento de la promesa que hizo Cristo de enviarlo desde el cielo (Jua_16:7ss; Act c.2), acusando así al mundo del gran pecado contra Cristo (Jua_16:9ss). También los carismas en la primitiva Iglesia (Hec_10:44ss; Hec_19:5-6; 1 Cor c.12; Gal_3:5), y, en general, los milagros de todo tipo, que, hechos por el Espíritu Santo, testifican la verdad del mensaje de Cristo.

En este pasaje hay un versículo que es valorado diversamente por los exegetas. Es el Espíritu Santo, que procede (??????????? del Padre.
1) Para unos, se trata de la eterna procesión o spiratio del Espíritu
Santo del Padre en el seno de la Trinidad. Las razones que alegan son:
El contraste entre el futuro, en que Cristo enviará, y se presente, en que dice que procede del Padre (Lagrange).
El verbo proceder, distinto de ser enviado o venir, usados todas las otras veces para significar la misión temporal, debe de significar algo diferente, que aquí no puede ser sino la procesión eterna (Bover).
Los verbos ser enviado o venir expresan, implícitamente al menos, el término ad quem; proceder sólo expresa el término a quo (Bover).
A esto puede añadirse que esta interpretación es la de la inmensa mayoría de los católicos (Lagrange).
2) Para otros, se trata sólo de la misión temporal del Espíritu Santo de parte del Padre.
Los defensores de esta posición sostienen que las razones alegadas por los contrarios no son ni evidentes ni decisivas.
La contraposición entre futuro y presente se explica bien. Cristo usa el futuro porque enviará al Espíritu Santo; pero usa el presente para indicar la garantía máxima al decir que viene de la parte del Padre: misión temporal.

Sobre la procedencia del Espíritu Santo.
La enseñanza ortodoxa antigua sobre las cualidades personales del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo fue deformada por la iglesia latina con la creación de la doctrina de la procedencia atemporal y eterna del Espíritu Santo, del Padre y del Hijo (Filioque). La expresión que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo tiene su origen en San Agustín, quien en sus reflexiones teológicas se expresó de esa manera en algunos lugares de sus trabajos, aunque en otros confiesa que el Espíritu Santo procede del Padre. Habiendo aparecido esta expresión en occidente, empezó a difundirse allí en el siglo séptimo y se afirmó allí definitivamente en el siglo noveno. Aunque todavía en el comienzo del siglo 9, el papa León 3, aunque personalmente era partidario de esta enseñanza, prohibió modificar el texto del Símbolo de la fe Niceo Constantinopolitano a favor de la doctrina del Filioque y por ello ordenó grabar el símbolo de la Fe en su versión ortodoxa antigua (es decir, sin el Filioque) en dos tablas metálicas: en una en griego y en la otra en latín. Estas tablas fueron colocadas en la Basílica de San Pedro con la siguiente inscripción: Yo, León, he puesto esto por amor a la fe ortodoxa y para su conservación. Esto ocurrió después del Concilio de Aajén (ocurrido en el siglo noveno, bajo el Emperador Carlomagno), como respuesta al pedido hecho al papa por dicho concilio para que proclame el Filioque como doctrina de toda la Iglesia.
A pesar de ello, el nuevo dogma continuó dispersándose en Occidente, y cuando a mediados del siglo 9 los misioneros latinos fueron a Bulgaria, su credo contenía el Filioque.
A medida que las relaciones entre los Papas y la Ortodoxia Oriental se hacina más tensas, el dogma latino se fortalecía más y más en Occidente y, finalmente, fue declarado obligatorio. Esta doctrina luego fue heredada por el Protestantismo de la Iglesia Romana.
El dogma latino del Filioque es una desviación importante y sustancial de la verdad ortodoxa. Este dogma fue analizado en detalle y deshechado especialmente por los Patriarcas Fotio y Miguel, al igual que por el obispo Marcos de Efeso, quien participó del Concilio de Florencia. Adán Zernikav (siglo 18), convertido del catolicismo romano a la Ortodoxia, en su Obra Sobre la procedencia del Espíritu Santo cita cerca de mil testimonios de las obras de los Santos Padres de la Iglesia a favor de la enseñanza ortodoxa del Espíritu Santo.
Más adelante, la iglesia romana, con fines misioneros aplaca la diferencia (mejor dicho, su substancialidad) entre la doctrina ortodoxa y la romana sobre el Espíritu Santo. Con ese mismo fin, los papas dejaron para los uniatas y el rito oriental el texto ortodoxo antiguo del Símbolo de la Fe, sin las palabras y del Hijo. Tal procedimiento no debe comprenderse como una semi-negación de Roma de su dogma. En el mejor de los casos, ello es sólo una visión encubierta de Roma, que la Ortodoxia Oriental está atrasada en lo que respecta a su desarrollo dogmático, que hay que comportarse hacia este atraso con condescendencia y que el dogma expresado en Occidente en su forma desarrollada (explicite, de acuerdo con la teoría romana del desarrollo de los dogmas) está implícito en el dogma ortodoxo en su estado todavía no descubierto (implicite). Pero en los libros de Dogmática latinos, destinados al uso interno, encontramos un tratado especial sobre el dogma ortodoxo sobre la procedencia del Espíritu Santo como una herejía. En la dogmática latina, oficialmente reconocida, del doctor en Teología A. Sandi, leemos: Los griegos cismáticos son los opositores de dicha doctrina romana. Ellos enseñan que el Espíritu Santo procede del Padre. Ya en el año 808 los monjes griegos protestaban en contra de la inclusión por parte de los latinos de la palabra Filioque en el símbolo... No se sabe quién fue el iniciador de esta herejía (Sinopsis Theologiae specialis. Autore D-re A. Sanda. Volum. I, pág. 100, Edit. Gerder, 1916).
Entretanto, el dogma latino no se corresponde ni con las Sagradas Escrituras, ni con la Sagrada Tradición, no se corresponde siquiera con la antigua tradición de la iglesia romana local.
Los teólogos romanos citan en su defensa una serie de pasajes del Santo Evangelio donde el Espíritu Santo es llamado de Cristo, donde se dice que él es otorgado por el Hijo de Dios: de allí sacan la conclusión que procede y del Hijo.
El más importante de estos pasajes, citados por los teólogos romanos son las palabras del Salvador a sus discípulos sobre el Espíritu Santo Consolador: recibirá de lo mío y se lo anunciará a vosotros (Jua_16:14-15); las palabras del apóstol Pablo: envió Dios el Espíritu de Su Hijo a vuestros corazones (Gal_4:6); y del mismo apóstol: el que no tiene el Espíritu de Cristo, no puede ser de Cristo (Rom_8:9); y el evangelio de San Juan: sopló sobre ellos y dijo: Recibid el Espíritu Santo (Jua_20:22).
Del mismo modo, los teólogos romanos encuentran en las obras de los Santos Padres de la Iglesia lugares donde con frecuencia se habla del envío del Espíritu Santo por medio del Hijo, y a veces hasta de la procedencia a través del Hijo.
Empero, ningún razonamiento puede cubrir las palabras absolutamente precisas del Salvador: Consolador, el cual os enviaré del Padre y las palabras: Espíritu de Verdad, Quien procede del Padre. Los Santos Padres de la Iglesia no pudieron colocar otra cosa en las palabras a través del Hijo más de lo que contienen la Sagradas Escrituras.
En este caso, los teólogos católico-romanos confunden dos dogmas: el dogma de la existencia personal de las Hipóstasis y el dogma, inmediatamente ligado con este, pero al mismo tiempo singular, de la Consubstancialidad. Es una verdad cristiana irrefutable que el Espíritu Santo es consubstancial con el Padre y el Hijo, que por ello él es el Espíritu del Padre y del Hijo, ya que Dios es Trinidad Consubstancial e Indivisible.
San Teodorito expresa esta idea de manera clara: Del Espíritu Santo se dice, que no del Hijo, ni por el Hijo tiene existencia, sino que del Padre procede, es propio del Hijo como consubstancial con él (San Teodorito: Sobre el Tercer Concilio Ecuménico).
En los oficios Divinos ortodoxos con frecuencia escuchamos las palabras dirigidas a Nuestro Señor Jesucristo: con Tu Espíritu Santísimo ilumínanos, guíanos, consérvanos... También ortodoxa es la expresión Espíritu del Padre y del Hijo. Pero estas expresiones se refieren al dogma de la consubstancialidad e imprescindiblemente se diferencian del otro dogma, es decir del nacimiento y procedencia, que según los Santos Padres muestran la primera Causa del hijo y del Espíritu Santo. Todos los Padres orientales admiten, que el Padre es monoV aitioV causa única del Hijo y del Espíritu Santo. Por eso, cuando algunos Padres de la Iglesia usan la expresión por el Hijo justamente con esa expresión están protegiendo el dogma de la procedencia del Padre y la inalterabilidad de la formula dogmática del Padre procede. Los Santos Padres utilizan la expresión por el Hijo para diferenciar de del referida sólo al Padre.
Es necesario añadir, que en las obras de algunos Santos Padres la expresión por el Hijo en la mayoría de los casos se refiere definitivamente a la aparición del Espíritu Santo en el mundo, es decir, a los actos providenciales de la Santísima Trinidad y no a la vida de Dios en Sí mismo. Cuando la Iglesia Oriental advirtió por primera vez la alteración de la doctrina del Espíritu Santo en Occidente y empezó a censurar a los teólogos occidentales en la innovación, se levantó San Máximo, el Confesor (siglo VII), queriendo defender a los latinos, justificando que ellos, con las palabras del Hijo tienen en vista indicar que el Espíritu Santo por medio del Hijo se dispensa a la creación, se presenta, se envía, y no que el Espíritu Santo tenga en él su existencia. El mismo San Máximo, el Confesor se erigió como estricto defensor de la doctrina de la Iglesia Oriental sobre la procedencia del Espíritu Santo del Padre y escribió un tratado especial sobre este dogma.
Sobre el envío Providencial del Espíritu Santo por el Salvador se dice en las palabras: el cual Yo os enviaré de junto al Padre. Y de esta forma oramos: Señor, que en la hora de tercia enviaste tu santísimo Espíritu a los discípulos, no lo quites de nosotros, ¡oh, Bueno! sino renuévanos a los que rogamos a ti.
Al mezclar los textos de las Sagradas Escrituras, donde se habla de la procedencia y el envío del Espíritu Santo, los teólogos romanos trasladan la idea de la relación providencial a la profundidad misma de la relación entre las Personas de la Santísima Trinidad.
Al introducir un nuevo dogma, la iglesia romana, transgredió no sólo la parte dogmática, sino también las disposiciones del Tercer Concilio Ecuménico y subsiguientes (IVVII Concilios), que prohibían introducir cualquier clase de modificaciones en el Símbolo de la fe de Nicea, una vez que el Segundo Concilio Ecuménico le dio su forma definitiva. De esta manera, ella cometió una aguda infracción al Derecho Canónico.
Cuando los teólogos católico-romanos tratan de infundir la idea de que toda la diferencia entre el catolicismo romano y la Ortodoxia está en la enseñanza sobre el Espíritu Santo, es decir, que una enseña que el Espíritu procede y del Hijo y la otra por el Hijo; en esta afirmación se encubre por lo menos una incomprensión (aunque a veces nuestros escritores eclesiales también, siguiendo a los católico-romanos, se permiten repetir esta idea): ya que la expresión por al Hijo no es un dogma de la Iglesia Ortodoxa, sino solamente un procedimiento explicativo usado por alguno Santos Padres en la enseñanza acerca de la Santísima Trinidad. El sentido mismo de la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa y la iglesia católico romana es sustancialmente diferente.


Testificación de los apóstoles (v.27). También los apóstoles van a ser testigos de la verdad de Cristo: que él es el Mesías Hijo de Dios, tema del evangelio de Jn . Y ellos lo darán profecía que les hace porque ellos están capacitados como ninguno para ello. Estuvieron con él desde el principio de su elección, casi al comienzo de la vida pública de Cristo, y fueron testigos de su doctrina y de sus milagros el mensaje rubricado con signos y serán testigos en el mundo y contra el mundo de la verdad de lo que vieron. Pues nosotros hemos visto su gloria como de Unigénito del Padre (Jua_1:14) 16.

1 Lagrange, Evang. S. St. Jean (1937) P.434. 2 Mollat, L'évangüe. De St. Jean, En La Sainte Bible De Ferusalem (1953) ? 26-27 3 Durano,'Evang. S. St. Jean'(1927) P.410. 4 Vosté, Parabolae Selectae D. N. J.-Ch. (1933) Ii P.820-821. 5 Kautzsch, Apokryphen Und Pseudepigraphen Des A.T. Ii P.424ss. Sobre Posibles Orígenes De Donde Se Podría Tomar Aquí El Uso De La Vid, Cí. B. Vawter, O.C. (1972) P.499-500; A. Wlkenhauser, O.C. (1972) P.426. 6 Zorell, Lexicón Graecum N.T. (1931) Col.434-435 Nota; C. Pecorara,Zte Verbo Manere Apuds. Loannem: Div. Thom. Plac. (1937) 159-171; Para La Comparación De Este Concepto Entre San Pablo Y San Juan, Cf. Prat, La Theologie De S. Paul (1925) Ii P.477. 7 Denzinger, Enchiridion Synb. N.105. 8 Denzinger, O.C., N. 180.197.809.836; Vaticano Ii, Const. Sacrosanctum Conci-Lium N.8; Lumen Gentium N.6; Cf. Leal, Sine Me Nihil Potestis Faceré (Jua_15:5). Contenido Teológico Pleno Del Texto: Xii Semana Bíblica Española (1951) 485-498. 9 Denzinger, Ench. Symb. N.809. 10 Lagrange, évang. S. St. Jean (1927) P.405. 11 Power, Ego Sum Vitis Vera: Verb. Dom. (1921) 147-152; Braun, ????? . S. St. Jean (1946) P.436. 12 Bover, Comentario Al Sermón De La Cena (1951) P.103-104; Braun, évang. S. St Jean (1946) P.437; Huby, Le Discours De Jesús Apres La Cene (1942) P.83. 13 Cf. comentario A Jua_15:7. 14 Bonsirven, Le Judalsme Palestinien (1934) I P.296ss. 15 O.C. (1953) P.167 Nota G.
16 M. De Tuya, Del Cenáculo Al Calvario (1962) P.185-212.


Catena Aurea (S.Tomás de Aquino ,1269. Tr. Dr. D. Ramón Ezenarro, 1889)



"Pero cuando viniere el Consolador que yo os enviaré del Padre, el Espíritu de Verdad que procede del Padre, El dará testimonio de mí. Y vosotros daréis testimonio porque estáis conmigo desde el principio". (vv. 26-27)

Crisóstomo, In Ioannem hom., 76
Podrían los discípulos decirle al Señor: Si oyeron de ti palabras que nadie dijo, si vieron en ti milagros que ningún otro hizo, y sin embargo, no creyeron; si aborrecieron a tu Padre y a ti con El, ¿cómo nos envías y cómo nos han de creer? Para que, pues, no se turben con este pensamiento, los consuela diciéndoles: "Cuando viniere el Paráclito que yo enviaré, etc., El dará testimonio de mi.

San Agustín, in Ioannem tract., 92.
Como si dijera: Me aborrecieron y mataron a los que dieron testimonio de mí; pero será tal el testimonio que de mí dará el Paráclito, que hará creer en mí a los que no me vieron. Así como El dará testimonio de mí, así vosotros lo daréis en vuestros corazones y en vuestra predicación. El, inspirando y vosotros haciendo oír vuestra voz. Porque vosotros, que habéis estado conmigo desde el principio, podréis predicar lo que conocéis, lo cual no hacéis ahora porque no tenéis aún la plenitud de aquel Espíritu. La caridad de Dios, difundida en vuestros corazones por el Espíritu Santo, os dará valor para dar testimonio. El Espíritu Santo, dando testimonio y mucho valor a los testigos, libró del temor a los amigos de Cristo, y convirtió en amor el odio de sus enemigos.

Dídimo, De Spiritu sancto
El Espíritu Santo, que cuando viene se llama Consolador, tomando el nombre de los efectos que produce. Porque no sólo libra de toda perturbación a aquellos que encuentra dignos de sí, sino que les infunde un gozo increíble; porque se apodera la alegría celestial del corazón de aquellos en quien se alberga. Este Espíritu consolador, es enviado por el Hijo, no por ministerio de los ángeles, ni de los profetas, ni de los apóstoles, sino que es enviado por la sabiduría y verdad de Dios, como conviene que sea enviado el Espíritu de Dios, que posee una naturaleza indivisa con la misma sabiduría y verdad. En efecto, el Hijo enviado por el Padre no se separa ni divide de El, permaneciendo en El y teniéndolo en sí mismo, sin que el Espíritu Santo, enviado por el Hijo de la manera antes dicha, salga del Padre ni cambie de uno en otro lugar. Porque así como el Padre no se detiene en parte alguna, porque es sobre toda naturaleza corporal, del mismo modo el Espíritu de verdad no se encierra en extensión de lugar, porque es incorpóreo y superior a toda criatura racional.

Crisóstomo, ut supra
No dijo Espíritu Santo, sino Espíritu de verdad, para demostrar que es digno de fe. Dice también que procede del Padre, es decir, que conoce con toda certeza todas las cosas, del mismo modo que hablando de sí mismo: "Porque conocí de dónde vengo y a dónde voy".

Dídimo, Lib. 2 tomo 9 inter. Op. Hieron
El pudo decir de Dios o del Todopoderoso, pero nada de esto citó, sino que dijo del Padre; no porque el Padre sea otro que el Dios Omnipotente, sino porque el Espíritu de verdad, según la propiedad e inteligencia del Padre, procede de El. Enviando, pues, el Hijo al Espíritu de verdad, lo envía juntamente el Padre, viniendo el Espíritu por la misma voluntad del Padre y del Hijo.

Teofilacto
Por otra parte se dice "en verdad que el Padre envía al Espíritu" y cuando dice "ahora" el Hijo que lo enviará, demuestra la igualdad de poder. Pero no se crea que significa resistencia con el Padre como enviando al Espíritu Santo en virtud de otro poder, y por eso añade: "Del Padre", para expresar que El recibe del Padre y da con El mismo la misión. Cuando oyes que procede, no creas que la procesión sea aquella misión extrínseca, por la cual son enviados los espíritus administradores, sino que llama procesión una propiedad diferente, excelente y reservada, atribuida sólo al Espíritu principal. La procesión del Espíritu no es otra que el origen de Aquel que le da el ser; y así no es necesario entender que la palabra proceder es enviar, sino lo mismo que recibir la esencia de la naturaleza del Padre.

San Agustín, in Ioannem tract., 99.
Tal vez se le ocurra a alguno preguntar si también el Espíritu Santo procede del Hijo. El Hijo es sólo del Padre, y el Padre lo es sólo del Hijo, pero el Espíritu Santo no es Espíritu de sólo uno, sino de los dos. Alguna vez dice Jesucristo: "Espíritu de vuestro Padre, que habla en vosotros" (Mat_10:20), y dice el Apóstol: "Envió Dios al Espíritu del Hijo a vuestros corazones" (Gál_4:6). Creo que, por esto mismo, se llama propiamente Espíritu, porque si se nos pregunta acerca de cada una de las Personas, no podemos sino llamar espíritu tanto al Padre como al Hijo. Este nombre, pues, que corresponde a cada una de las Personas y a todos en común, convino que fuera dado a Aquel que no es ni el Padre ni el Hijo, sino la mancomunidad de los dos.¿Por qué, pues, no hemos de creer que también del Hijo procede el Espíritu Santo siendo también Espíritu del Hijo? Si no procediera de El no hubiera soplado sobre sus discípulos después de la resurrección, diciéndoles: "Recibid el Espíritu Santo" (Jua_20:22). Es necesario creer que ésta es la virtud de que habló el evangelista: "Salía de El una virtud que a todos curaba" (Luc_6:19). Si, pues, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, ¿por qué dijo el Hijo: "del Padre procede", sino porque acostumbraba a referir incluso lo que es de sí mismo a Aquél de quién El mismo procede? Por esto dijo: "Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió" (Jua_7:16). Si, pues, se entiende como doctrina suya la que, sin embargo, dijo no ser suya, sino de su Padre, con cuánta mayor razón debe entenderse que el Espíritu Santo procede de El mismo, cuando dice "Del Padre procede" y no añade: 'no procede de mí'. De allí le viene al Hijo el ser Dios; de donde le viene el proceder de El el Espíritu Santo. Así se entiende por qué no se dice que el Espíritu Santo nace, sino que procede; porque si fuese también Hijo, sería forzoso considerarlo como Hijo de los dos, lo cual sería absurdísimo. No hay hijo que no nazca sino de dos seres, padre y madre. Pero lejos de nosotros el suponer semejante cosa entre Dios Padre y Dios Hijo. Porque ningún hijo de padres humanos procede al mismo tiempo de padre y de madre; porque en el instante en que procede del padre al seno materno, no procede entonces de la madre. El Espíritu Santo no procede del Padre al Hijo, y luego del Hijo para santificar las criaturas, sino que procede a un mismo tiempo del uno y del otro. Y tampoco podemos decir que el Espíritu Santo no sea vida, siendo vida el Padre y vida el Hijo. Y por esto, así como el Padre tiene vida en sí mismo, y dio al Hijo que tuviera vida en sí mismo, así dio que la vida procediera del Hijo, como procede también de El mismo.


Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo. Nuevo Testamento (Verbo Divino, 2004)



189 (i) Jesús es la vid verdadera (15,1-11). 1. la vid verdadera: Jn 4,23 y 6,32 utilizan el término «verdadero» asociado al símbolo que proclama que Jesús sustituye al AT. Las imá(-)genes de Israel como «viña» (p.ej., Is 5,1-7; 27,2-6; Jr 2,21; 5,10; Os 10,1; Ez 15,1-6; 17,5-10; 19,10-14; Sal 80,8-15) fundamentan el uso simbólico de la imagen en Juan (R. Borig, Der warhe Weinstock [SANT 16, Múnich 1967]). El símbolo del pastor del cap. 10 iba dirigido a evitar que nadie «se apropiase» las ovejas de Jesús (10,28-29); y la tradición eucarística de 6,51b-58, que quizás vehiculaba también el símbolo del «vino» en la comunidad joánica, se asociaba a la exhortación a permanecer en Jesús. Así como es Dios el responsable de las ovejas de Jesús, también es Él quien prodiga sus cuidados a la vid. 2. el Padre arranca: Las tradiciones del AT nos hablan de arrancar la vid que no da fruto (Jr 5,10; Ez 17,7). Esta afir(-)mación quizás fuera un aviso destinado a los cristianos que intentaban «ocultar» su fe en tiempos de persecución (p.ej., 12,43). 3. voso(-)tros ya estáis limpios gracias a la palabra: Esta aclaración, que quizás aluda a 13,10, parece destinada a confirmar a los discípulos que ellos no están en peligro de ser arrancados. 5. el que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto: Este versícu(-)lo une la imagen de la vid con el tema de la presencia íntima de Jesús característico de los discursos de despedida (p.ej., 14,10-11.20). Jn 4,36 y 12,24 identifican «dar fruto» con «llevar acabo una actividad misionera», aunque esta última expresión probablemente debe enten(-)derse simplemente como vivir como cristiano. En los sinópticos aparecen imágenes escatoló(-)gicas que advierten que las ramas y los sar(-)mientos que no dan fruto serán echados al fuego (p.ej., Mt 3,10; 13,30). «Permanecer» en Jesús es la única actitud que nos da confianza en la oración (cf.14,13). 8. mi Padre recibe glo(-)ria: Ahora los discípulos representan a Jesús en el mundo (cf. 13,35) y son encargados en consecuencia «de dar gloria al Padre». 9. co(-)mo el Padre me ha amado a mí, así os he ama(-)do yo a vosotros: El amor mutuo se funda(-)menta en que tanto Jesús como los discípulos guardan los mandamientos y permanecen en el amor de quien es mayor que ellos. 11. mi gozo: Recuperando el tema del «gozo» que ha(-)bía aparecido en 14,28, este versículo señala la transición al tema de la muerte de Jesús como manifestación máxima de su amor.
190 (ii) Los discípulos son amigos de Je(-)sús (15,12-17). El amor que Jesús siente por «los suyos» y que demostrará muriendo por ellos (13,1) es el fundamento del amor mutuo délos discípulos. El lector ha visto ya reflejada en el relato de Lázaro la profundidad del amor de Jesús por sus amigos (11,3.11.36). El térmi(-)no «amigos» aparece en Filón para designar a los «sabios», que son «amigos de Dios» en lu(-)gar de ser sus esclavos (p.ej., De sobr. 55; De migr. Abr. 45; Leg. alleg. 3.1). Sal 7,27 se refiere también a «los sabios» como amigos de Dios. Aquí, esta tradición se extiende a todos los que creen. No es el privilegio de unos pocos elegi(-)dos. La tradición de ser «amigos» y no «escla(-)vos» de Dios probablemente se halle implícita en la polémica de Jn 8,32-36, donde se afirma que el Hijo del hombre ha venido a traernos la libertad. Uno de los atributos de Moisés como «amigo de Dios» era poder hablarle con total libertad (parrhésia). Esta tradición quizás se refleje en la segunda referencia de Jesús a la oración (v. 16). Como hemos visto en otros pa(-)sajes evangélicos, también aquí queda claro que nadie puede «escoger a Jesús» sin antes haber «sido escogido» por Jesús o el Padre (p.ej., 6,70; 13,18). Sin embargo, a diferencia de los primeros capítulos del evangelio que vinculaban la salvación al hecho de creer, esta sección enfatiza el hecho de «dar fruto» como consecuencia de haberse convertido en «ami(-)go de Dios».
191 (iii) El mundo odiará a los discípulos (15,18-25). El discurso anterior estableció una división clara entre la comunidad de discípu(-)los a la cual «retornará» Jesús y «el mundo» que es incapaz de recibirle (14,19.22.27). Aquí el dualismo propio de esta imagen se expresa ampliando el tema del «amor» y el «odio» a Je(-)sús que el discurso previo había insinuado (14,24) . El mundo «odiará» a los discípulos de la misma manera que odió a Jesús, puesto que ellos son ahora los «enviados» de Jesús. La in(-)sistencia de los w. 18-25 sobre este punto re(-)mite al lector a los enfrentamientos entre Je(-)sús y «los judíos» descritos en 8,12-59. El «pecado» que el mundo comete persiguiendo a los discípulos de Jesús es el mismo pecado que cometió persiguiendo a Jesús. Rechazar a Jesús o a sus discípulos equivale a odiar a Dios. El v. 25 presenta una introducción un tanto peculiar de una cita de la Escritura que trata de este odio. Al parecer, el pasaje citado es Sal 69,5. (Las citas del Sal 69 se aplican a la muerte de Jesús en Mc 15,36; Jn 2,17; 19,29.)
192 (iv) El Paráclito como testigo (15,26-27). Las alusiones a la persecución de los cris(-)tianos que aparecen en los sinópticos se acom(-)pañan de referencias al Espíritu Santo (Mc 13,9.11; Mt 10,20). Los w. 26-27 vinculan la acción de «dar testimonio» propia del Espíritu Santo a la misión de «dar testimonio» confia(-)da a los discípulos. Si aceptamos que este se(-)gundo discurso se compuso a modo de conti(-)nuación del discurso precedente, entonces la exhortación a «dar fruto» propia del primer discurso puede interpretarse como una exhor(-)tación a «dar testimonio» de Jesús.

King James Version (KJVO) (1611)



Chapter XV.

1 The Consolation and mutuall loue betweene Christ and his members, vnder the parable of the vine. 18 A comfort in the hatred and persecution of the world. 26 The office of the holy Ghost, and of the Apostles.
1 I am the true vine, and my Father is ye husbandman.
2 [ Mat_15:13.] Euery branch in me that beareth not fruit, hee taketh away: and euery branch that beareth fruit, he purgeth it, that it may bring foorth more fruit.
3 [ John. 13.10.] Now ye are cleane through the word which I haue spoken vnto you.
4 Abide in me, and in you: As the branch cannot beare fruit of itselfe, except it abide in the vine: no more can ye, except ye abide in me.
5 I am the vine, ye are the branches: He that abideth in me, and I in him, the same bringeth forth much fruit: for [ Or, seuered from me.] without me ye can doe nothing.
6 If a man abide not in me, he is cast forth as a branch, and is withered, and men gather them, and cast them into the fire, and they are burned.
7 If ye abide in me, and my words abide in you, ye shall aske what ye will, and it shall be done vnto you.

[Of mutuall loue.]

8 Herein is my Father glorified, that ye beare much fruit, so shall ye bee my Disciples.
9 As the Father hath loued me, so haue I loued you: continue ye in my loue.
10 If ye keepe my Commandements, ye shal abide in my loue, euen as I haue kept my Fathers Commandements, and abide in his loue.
11 These things haue I spoken vnto you, that my ioy might remaine in you, and that your ioy might be full.
12 [ Joh_13:34 ; 1Th_4:9 ; 1Jo_3:11 .] This is my Commaundement, that ye loue one another, as I haue loued you.
13 Greater loue hath no man then this, that a man lay downe his life for his friends.
14 Ye are my friends, if ye do whatsoeuer I command you.
15 Henceforth I call you not seruants, for the seruant knoweth not what his lord doth, but I haue called you friends: for all things that I haue heard of my Father, I haue made knowen vnto you.
16 Ye haue not chosen me, but I haue chosen you, and [ Mat_28:19 .] ordeined you, that you should goe and bring foorth fruit, and that your fruite should remaine: that whatsoeuer ye shall aske of the Father in my Name, he may giue it you.
17 These things I commaund you, that ye loue one another.
18 If the world hate you, yee know that it hated me before it hated you.
19 If ye were of the world, the world would loue his owne: But because yee are not of the world, but I haue chosen you out of the world, therfore the world hateth you.
20 [ Joh_13:16 ; Mat_10:24 .] Remember the word that I said vnto you, The seruant is not greater then the Lord: if they haue persecuted me, they will also persecute you: if they haue kept my saying, they will keepe yours also.
21 But all these things will they doe vnto you for my Names sake, because they know not him that sent me.
22 If I had not come, and spoken vnto them, they had not had sinne: but now they haue no [ Or, excuse.] cloke for their sinne.
23 He that hateth me, hateth my Father also.
24 If I had not done among the the works which none other man did, they had not had sinne: but now haue they

[The Comforter.]

both seene, & hated both me & my father.
25 But this commeth to passe, that the word might be fulfilled that is written in their law, [ Psa_35:19 .] They hated me without a cause.
26 [ Joh_14:26 ; Luk_24:49 .] But when the Comforter is come, whom I wil send vnto you from the Father, euen the Spirit of trueth, which proceedeth from the Father, hee shall testifie of me.
27 And ye also shall beare witnesse, because ye haue bene with me from the beginning.

Nuevo Comentario Bíblico Siglo XXI (Editorial Mundo Hispano, 2019)



La hostilidad del mundo. En la sección anterior Jesús habló del poder del amor. Luego volvió el pensamiento al poder del odio, advirtiendo a sus discípulos sobre la oposición que vendría de parte del mundo. El mundo aquí es el orden moral alejado de Dios, como en el resto del Evangelio. Hay un gran abismo entre el amor del mundo por los suyos y su odio a todos los que se colocan del lado de Jesús (18, 19). El principio en acción aquí es que los semejantes se atraen y los opuestos se rechazan. Jesús señaló una razón espiritual para el odio del mundo. En el v. 20 Jesús recordó a los discípulos de una afirmación que ya había hecho antes (cf. 13:16). Los siervos no pueden esperar mejor trato que su señor. El pasaje previo está relacionado con la humildad; aquí tiene que ver con la manera en que el mundo los tratará. La segunda cláusula si (si han guardado mi palabra) introduce una condición no cumplida, por lo tanto, los discípulos no podían esperar que el mundo obedeciera sus enseñanzas. Sin embargo, si el significado es que algunos responderán a los discípulos, se evitaría la conclusión de que es imposible que responda alguien en el mundo.

La persecución surge de la ignorancia (21), el fracaso en reconocer que Jesús estaba cumpliendo la obra del Padre. Sin embargo, no tienen excusa (22). La venida de Jesús ha echado sobre sus oyentes una responsabilidad moral. Por supuesto, el pecado existía antes que Jesús viniera, pero el pecado de no reconocer el propósito del Padre en la misión del Hijo producía la culpa. La gente se negaba a reconocer la plena revelación de Dios. El v. 24 vuelve al tema del odio y entonces señala el pecado de ignorar el carácter único de las obras de Jesús. De hecho, Jesús expresó con fuerza el rechazo de ellos en términos de odio (24). Se cita la Escritura (cf. Sal. 25:19; 69:4) para apoyar esta interpretación.

Hay una estrecha relación entre la referencia siguiente al Espíritu Santo y el contexto previo. Jesús quería volver a asegurar a los discípulos que el Espíritu les testificaría a ellos como ellos testificarían de Jesús (26, 27). Lo más importante de esta afirmación es que el Espíritu procede del Padre. Esto debe ser entendido en el contexto de la misión de Jesús más bien que como una procedencia externa como fue entendido por los Padres griegos. A la luz del v. 27 es claro que esta función prometida del Espíritu fue primaria y primordial para los discípulos. Habían estado con Jesús y tenían la responsabilidad de ser testigos oculares de los hechos históricos. Pero la promesa tiene una aplicación más amplia para todo lugar donde alcance el testimonio cristiano.

Biblia Latinoamericana (San Pablo, 1995)



[.] EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPIRITU SANTO Jesús, al hacernos hijos de su Padre, nos descubre el misterio íntimo de Dios. En Dios hay comunión entre las tres personas el Padre, el Hijo y su común Espíritu. Hablamos de su común Espíritu, porque Jesús dijo en igual forma (14,16) y (15,26). Y ahora expresa El tomará de lo mío para revelárselo a ustedes... Todo lo que tiene el Padre es mío (16,15). El Espíritu no es una figura poética Juan, como Pablo, nos habla de él como de un tercer Nombre, o, en nuestro lenguaje, una tercera persona en Dios, y que no hace sino uno con él. Esto ya fue comentado (Jn 7,37; Jn 14,1). Juan no da a entender su papel en los versículos 7-11 que son difíciles de traducir claramente. Esto quiere decir: A partir del día de Pentecostés, el Espíritu empezó a actuar en la Iglesia, demostrando así que era el Espíritu de Cristo. Los judíos que no habían creído en él pensaban que Dios estaba con ellos, pero su Espíritu no actuaba en igual forma entre ellos. Así quedó al descubierto que no tenían razón sino que eran pecadores (16,9) al no creer en Cristo. ¿Qué camino de justicia? Entendamos y en el sentido bíblico se refieren al que sigue el camino auténtico y en el que Dios se complace. El justo es Cristo y el camino de justicia se manifiesta plenamente cuando él es resucitado y exaltado por su Padre. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la actuación del Espíritu entre los primeros discípulos de Jesús. El Espíritu guía a los misioneros, les da fuerza y carismas; da a los convertidos el conocimiento de Dios, capacidades nuevas para obrar, sanar, servir y remecer a un mundo entorpecido; más que todo nos da de mil maneras esa certeza íntima de que Jesús ha resucitado y está en medio de nosotros. A lo largo de la historia el Espíritu hará surgir hombres de fe, mártires, profetas, y por medio de ellos transformará el mundo. De esta manera hará justicia al Salvador aparentemente vencido; y se hará patente que el perdedor es Satanás, que ya ha sido sentenciado (11). El espíritu malo, gran director de orquesta de la comedia humana, es desplazado y ve limitada su influencia. En cambio, una nueva fuerza orienta la historia y nos guía hacia la verdad total.

Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jua_14:16+; Hch_2:33+

[2] Mat_10:19-20; Hch_5:32; Mat_10:18; Hch_1:8+; Luc_1:2

NOTAS

15:26 La «misión» del Espíritu en el mundo, más bien que su «procesión» del Padre en el seno de la Trinidad.

Nueva Biblia de Jerusalén (Desclée, 1998)


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jua_14:16+; Hch_2:33+

[2] Mat_10:19-20; Hch_5:32; Mat_10:18; Hch_1:8+; Luc_1:2

NOTAS

15:26 La «misión» del Espíritu en el mundo, más bien que su «procesión» del Padre en el seno de la Trinidad.

Libro del Pueblo de Dios (San Pablo, 1990)



1. El Antiguo Testamento presenta frecuentemente a Israel como una viña elegida y cuidada por Dios ( Isa_5:1-7; Sal_80:9-12), de la cual él espera abundantes frutos ( Eze_15:1-8). Ver Mat_21:33-41.

11. El "gozo" de Jesús consiste en ser amado por el Padre y en corresponder a ese amor, cumpliendo su voluntad.

25. Sal_69:5.

Sagrada Biblia (Conferencia Episcopal Española, 2011)

*15-16 Ampliación del discurso de despedida en torno a tres centros: la alegoría de la vid y los sarmientos, en la que destaca la fructificación en el amor (Jua 15:1-17); la función del Espíritu Santo (Jua 15:18-27; Jua 16:1-15), y la despedida (Jua 16:16-33).

Biblia Peshitta en Español (Holman, 2015)

a Jua 7:39; Jua 14:16; Jua 14:26; Jua 16:7; Rom 8:26

Dios Habla Hoy (Sociedades Bíblicas Unidas, 1996)



Dios Habla Hoy 1996 Notes:



[1] 15.1 Is 5.1-7; Ez 19.10-14.

[2] 15.16 Cf. Mt 10.1 y paralelos; Jn 6.70.

[3] 15.20 Jn 13.16.

[4] 15.25 Sal 35.19; 69.4.

[5] 15.26 Defensor: Véase 14.16-17 n.

Biblia Textual IV (Sociedad Bíblica Iberoamericana, 1999)

Parácletos...Jua 14:26; §170 (Número 5).

Biblia Hispano Americana (Sociedad Bíblica Española, 2014)

— el Abogado: Ver nota a Jua 14:16.

Torres Amat (1825)



[17] El mandamiento del amor fraterno y su práctica es la máxima expresión de la transformación operada por el evangelio o buena nueva del reino de Dios.

[25] Sal 25 (24), 19.

Nuevo Testamento México (Centro Bíblico Hispano Americano, 1992)

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, llevará a cabo en nuestras almas la obra de nuestra santificación.

Greek Bible (Septuagint Alt. Versions + SBLGNT Apparatus)

Ὅταν WH NA28 ] + δὲ Treg RP

Nueva Traducción Viviente (Tyndale House, 2009)

O Consolador, o Alentador, o Consejero. En griego dice Paráclito.

Traducción En Lenguaje Actual Con Deuterocanonicos En Orden Alejandrino (2004)