Eclesiastés 12 Biblia Jerusalén (1998) | 14 versitos |
1 Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, antes de que lleguen los días malos y se echen encima años en que dirás: "No me agradan";
2 antes de que se nublen el sol y la luz, la luna y las estrellas, y retornen las nubes tras la lluvia.
3 Cuando tiemblen los guardianes de la casa y se encorven los robustos, se paren las que muelen, por ser ya pocas, se queden a oscuras las que miran por las ventanas,
4 se cierren las puertas de la calle, y se ahogue el son acompasado del molino; cuando se debilite el canto del pájaro y enmudezcan todas las canciones;
5 dará recelo la altura, y habrá sustos en el camino. Cuando florezca el almendro, camine pesada la langosta, y pierde su sabor la alcaparra; y es que el hombre va a su eterna morada, y ya circulan por la calle los del duelo.
6 Antes de que se rompa la hebra de plata, y se quiebre la copa de oro, y se haga añicos el cántaro en la fuente, y se deslice la polea en el pozo,
7 y vuelva el polvo a la tierra, a lo que fue, y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio.
8 ¡Vanidad de vanidades! - dice Cohélet -: ¡todo vanidad!
9 Cohélet, a más de ser un sabio, enseñó doctrina al pueblo. Ponderó e investigó, compuso muchos proverbios.
10 Cohélet trabajó sin descanso inventando frases felices, y escribiendo con acierto sentencias verídicas.
11 Las palabras de los sabios son como aguijadas, o como estacas hincadas, puestas por un pastor para controlar el rebaño.
12 Para acabar, hijo mío, ten cuidado: escribir muchos libros es cosa de nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud.
13 Basta de palabras. Todo está dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, que eso es ser hombre cabal.
14 Porque toda obra será juzgada por Dios, también todo lo oculto, a ver si es bueno o malo.

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Introducción a Eclesiastés

ECLESIASTÉS

Introducción
Este pequeño libro se titula «Palabras de Cohélet, hijo de David, rey en Jerusalén». La palabra «Cohélet» (o «Qohélet»), ver Ecl_1:2 y 12; Ecl_7:27; Ecl_12:8-10, no es nombre propio, sino un nombre común empleado a veces con artículo, y aunque su forma es femenina, se construye como masculino. Según la explicación más probable, es un nombre de función y designa al que habla en la asamblea (qahal, en griego ekklesía; de ahí los títulos latino y español, tomados de la Biblia griega), en una palabra, el «Predicador». Se le llama «hijo de David y rey en Jerusalén» ver Ecl_1:12, y aunque no aparezca escrito el nombre, ciertamente se le identifica con Salomón, a quien claramente alude el texto, Ecl_1:16 (ver 1Re_3:12; 1Re_5:10-11 [1Re_4:30-31]; 1Re_10:7) ó Ecl_2:7-9 (ver 1Re_3:13; 1Re_10:23). Pero esta atribución es mera ficción literaria del autor, que pone sus reflexiones bajo el patrocinio del más ilustre de los Sabios de Israel. El lenguaje del libro y su doctrina, de la que seguidamente hablaremos, impiden situarlo antes del Destierro. Se ha impugnado a menudo la unidad de autor, y se han distinguido dos, tres, cuatro y hasta ocho manos diferentes. Pero se va renunciando cada vez más a una partición que parece desconocer el género y el pensamiento del libro, y a la que se oponen la unidad de estilo y de vocabulario, aunque sí ha sido publicado por un discípulo que añadió los últimos versículos, Ecl_12:9-14.

Como en otros libros sapienciales, por ejemplo Job y Eclesiástico, por no decir nada de Proverbios (una obra miscelánea), el pensamiento fluctúa, se rectifica y se corrige. No hay un plan definido, sino que se trata de variaciones sobre un tema único, la vanidad de las cosas humanas, que se afirma al comienzo y al final del libro Ecl_1:2 y Ecl_12:8. Todo es falaz: la ciencia, la riqueza, el amor y hasta la misma vida. Ésta no constituye más que una serie de actos incoherentes y sin importancia, Ecl_3:1-11, que concluyen con la vejez, Ecl_12:1-7, y con la muerte. Ésta afecta igualmente a sabios y a necios, ricos y pobres, animales y hombres, Ecl_3:14-20. El problema de Cohélet coincide parcialmente con el de Job: ¿tienen aquí abajo su sanción el bien y el mal? Y la respuesta de Cohélet, como la de Job, es negativa, porque la experiencia contradice a las soluciones admitidas, 7:25-8:14. Sólo que Cohélet es hombre de buena salud y no busca como Job la razón del sufrimiento; comprueba la vacuidad del bienestar y se consuela recogiendo los modestos goces que puede ofrecer la existencia, Ecl_3:12-13; Ecl_8:15; Ecl_9:7-9. Digamos más bien que trata de consolarse, porque se encuentra totalmente insatisfecho. El misterio del más allá le atormenta, sin que vislumbre una solución, Ecl_3:21; Ecl_9:10; Ecl_12:7. Pero Cohélet es un creyente, y si bien queda desconcertado ante el giro que Dios da a los asuntos humanos, afirma que Dios no tiene por qué rendir cuentas, Ecl_3:11, Ecl_3:14; Ecl_7:13, que se han de aceptar de su mano tanto las pruebas como las alegrías, Ecl_7:14, que se han de guardar los mandamientos y temer a Dios, Ecl_5:6 [Ecl_5:7]; Ecl_8:12-13.

Es evidente que esta doctrina está lejos de ser coherente. Pero ¿no será mejor atribuir las incoherencias a un pensamiento inseguro de sí mismo, porque aborda un misterio estremecedor sin contar con los elementos de solución, antes que dividir el texto entre varios autores que se corrigen y contradicen mutuamente? A Cohélet, como a Job, solamente puede dársele la respuesta con la afirmación de una sanción de ultratumba.

El libro tiene las características de una obra de transición. Las seguridades tradicionales se debilitan, pero nada firme las sustituye aún. En esta encrucijada del pensamiento hebreo se ha tratado de encontrar influencias extranjeras, que habrían actuado sobre Cohélet. Hay que descartar las comparaciones a menudo propuestas con las corrientes filosóficas del estoicismo, del epicureísmo y del cinismo, que Cohélet pudo conocer por medio del Egipto helenizado; ninguna de estas comparaciones es decisiva y la mentalidad del autor se halla muy alejada de la de los filósofos griegos. Se han fijado paralelos, más aceptables en apariencia, con composiciones egipcias como el Diálogo del Desesperado con su alma o los Cantos del Arpista, y más recientemente con la literatura mesopotámica de sabiduría y con la Epopeya de Guilgamés. Pero no se puede demostrar la influencia directa de ninguna de estas obras. Las coincidencias se dan sobre temas que a veces son muy antiguos y que integraban ya el fondo común de la sabiduría oriental. Y precisamente la reflexión personal de Cohélet ha trabajado sobre esta herencia del pasado, como lo dice su editor, Ecl_12:9.

Cohélet es un judío de Palestina, probablemente de Jerusalén mismo. Emplea un hebreo tardío, de transición, sembrado de aramaísmos, y utiliza dos palabras persas. Esto supone una fecha bastante posterior al Destierro, pero anterior a los comienzos del siglo II a. C., en el que Ben Sirá utilizó ya el librito; de hecho la paleografía sitúa en las proximidades del 150 a. C. fragmentos de Qo encontrados en las cuevas de Qumrán. El siglo III es por lo mismo la fecha de composición más probable. Estamos en el momento en que Palestina, sometida a los Tolomeos, comienza a recibir la corriente humanista y no ha sentido aún la sacudida de fe y esperanza de la época de los Macabeos.

El libro sólo marca un momento en el desarrollo religioso y no se le ha de juzgar separándolo de lo que le ha precedido y de lo que le seguirá. Al subrayar la insuficiencia de las viejas concepciones y forzar a los espíritus a enfrentarse con los enigmas humanos, apela a una revelación más elevada. Da una lección de desprendimiento de los bienes terrenos y, al negar la felicidad de los ricos, prepara al mundo para oír que son «bienaventurados los pobres», Luc_6:20.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas


NOTAS

12 Este bellísimo poema, lleno de emoción y nostalgia, evoca la vejez de una manera más o menos metafórica; pero a veces resulta difícil captar el alcance exacto de estas metáforas. Con una de las corrientes de interpretación rabínica, se ha querido a veces leer en él la evocación de las diversas partes del cuerpo (ver sobre todo Ecl_12:3, los brazos, los dientes y los ojos); pero esta interpretación fisiológica no es obligada. También puede verse en él la descripción de la vejez como el invierno de la vida, pero un invierno que, a diferencia del de la naturaleza, ya no cede su puesto a ninguna primavera.



NOTAS

12:4 «y enmudezcan» weyejesû conj.; «son humillados» weyissajû hebr. -La alusión al sueño ligero del anciano (estico precedente) parece fuera de contexto; se ha propuesto a veces corregir «se levante» weyaqûm por «se detenga» weyiddôm, pero las versiones (excepto Símmaco) están en favor del TM.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Cnt_2:11+

[2] Sal_49:12 [Sal_49:11]

NOTAS

12:5 «pierde su sabor», traducción dudosa, leyendo un pasivo (wetuppar) en vez de la forma wetaper, no atestiguada. Puede entenderse también «está sin efecto». A veces se corrige en wetipereh: «da su fruto», con lo que se prosigue la imagen de la vuelta de la bella estación: la vida va a abandonar al hombre en el momento mismo en que la naturaleza resucita. Está grávida la «langosta», o porque está harta (otra vez una imagen de la primavera) o, por el contrario, porque el peso más pequeño es una carga para el anciano.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Ecl_3:20-21

NOTAS

12:7 Lo que de tierra hay en el hombre, a ella vuelve. Mas como no hay nada que pueda satisfacer aquí abajo totalmente, no todo le viene de la tierra, y lo que de Dios es a Dios vuelve.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Ecl_1:2

NOTAS

12:8 El libro concluye como había comenzado, pero se mide el camino recorrido. Ha enseñado al hombre su miseria, pero también su grandeza, mostrándole que este mundo no es digno de él. Le incita a una religión desinteresada, a una oración que sea la adoración de la criatura consciente de su nada en presencia del misterio de Dios. Ver el Sal 39.

NOTAS

12:9 Este apéndice no es de la misma mano que el resto del libro. Puede ser obra de un discípulo de Cohélet, que hace su elogio, siguiendo en el mismo tono (ver Ecl_12:12-14).

NOTAS

12:11 La aguijada para incitar a las bestias a que caminen y las estacas para tenerlas amarradas suele emplearlas el pastor oportunamente y no por capricho, sino en bien del rebaño. La imagen del pastor podría ser una metáfora que, según algunos, alude a Moisés, y según otros a Salomón o a Dios. Pero el texto quizá esté corrompido (restituimos «por», caído quizá por haplografía).

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Ecl_5:6 [Ecl_5:7]; Sir_1:13