Hechos 10 Biblia Jerusalén (1998) | 48 versitos |
1 Había en Cesarea un hombre, llamado Cornelio, centurión de la cohorte Itálica,
2 piadoso y temeroso de Dios, como toda su familia, daba muchas limosnas al pueblo y continuamente oraba a Dios.
3 Vio claramente en visión, hacia la hora nona del día, que el ángel de Dios entraba en su casa y le decía: "Cornelio."
4 Él le miró fijamente y lleno de espanto dijo: "¿Qué pasa, señor?" Le respondió: "Tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial ante la presencia de Dios.
5 Ahora envía hombres a Jope y haz venir a un tal Simón, a quien llaman Pedro.
6 Éste se hospeda en casa de un tal Simón, curtidor, que tiene la casa junto al mar."
7 Apenas se fue el ángel que le hablaba, llamó a dos criados y a un soldado piadoso, de entre sus asistentes,
8 les contó todo y los envió a Jope.
9 Al día siguiente, mientras ellos iban de camino y se acercaban a la ciudad, subió Pedro a la terraza, sobre la hora sexta, para hacer oración.
10 Sintió hambre y quiso comer. Mientras se lo preparaban le sobrevino un éxtasis,
11 y vio el cielo abierto y que bajaba hacia la tierra una cosa así como un gran lienzo, atado por las cuatro puntas.
12 Dentro de él había toda suerte de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo.
13 Y una voz le dijo: "Levántate, Pedro, sacrifica y come."
14 Pedro replicó: "De ninguna manera, Señor; porque jamás he comido nada profano e impuro."
15 La voz le dijo por segunda vez: "Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano."
16 Esto se repitió tres veces, e inmediatamente la cosa aquella fue elevada hacia el cielo.
17 Mientras estaba Pedro perplejo pensando qué podría significar la visión que había visto, de pronto los hombres enviados por Cornelio, después de preguntar por la casa de Simón, se presentaron en la puerta;
18 llamaron y preguntaron si se hospedaba allí Simón, llamado Pedro.
19 Estando Pedro pensando en la visión, le dijo el Espíritu: "Ahí tienes unos hombres que te buscan.
20 Baja, pues, al momento y vete con ellos sin vacilar, pues yo los he enviado."
21 Pedro bajó hacia ellos y les dijo: "Yo soy el que buscáis; ¿por qué motivo habéis venido?"
22 Ellos respondieron: "El centurión Cornelio, hombre justo y temeroso de Dios, reconocido como tal por el testimonio de toda la nación judía, ha recibido de un ángel santo el aviso de hacerte venir a su casa y de escuchar lo que tú digas."
23 Entonces les invitó a entrar y les dio hospedaje. Al día siguiente se levantó y se fue con ellos; le acompañaron algunos hermanos de Jope.
24 Al siguiente día entró en Cesarea. Cornelio los estaba esperando. Había reunido a sus parientes y a los amigos íntimos.
25 Cuando Pedro entraba, salió Cornelio a su encuentro y cayó postrado a sus pies.
26 Pedro le levantó diciendo: "Levántate, que también yo soy un hombre."
27 Y conversando con él entró y encontró a muchos reunidos.
28 Y les dijo: "Vosotros sabéis que le está prohibido a un judío juntarse con un extranjero o entrar en su casa; pero a mí me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ningún hombre.
29 Por eso al ser llamado he venido sin protestar. Os pregunto, pues, por qué motivo me habéis enviado a llamar."
30 Cornelio respondió: "Hace cuatro días, a esta misma hora, estaba yo haciendo la oración de nona en mi casa, y de pronto se presentó delante de mí un varón con vestido resplandeciente,
31 y me dijo: "Cornelio, tu oración ha sido oída y se han recordado tus limosnas ante Dios;
32 envía, pues, alguien a Jope y haz venir a Simón, llamado Pedro, que se hospeda en casa de Simón el curtidor, junto al mar."
33 Al instante mandé algunos a tu casa, y tú has hecho bien en venir. Ahora, pues, todos nosotros, en la presencia de Dios, estamos dispuestos para escuchar todo lo que te ha sido ordenado por el Señor."
34 Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: "Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas,
35 sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato.
36 "Él ha enviado su palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos.
37 Vosotros sabéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo;
38 cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él;
39 y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero;
40 a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse,
41 no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos.
42 Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos.
43 De esto todos los profetas dan testimonio: que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados."
44 Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la palabra.
45 Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles,
46 pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios. Entonces Pedro dijo:
47 "¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?"
48 Y mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo. Entonces le pidieron que se quedase algunos días.

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Introducción a Hechos

HECHOS DE LOS APÓSTOLES

Introducción
El tercer evangelio y el libro de los Hechos eran primitivamente las dos partes de una única obra, que nosotros titularíamos hoy «Historia de los orígenes cristianos». Desde muy pronto el segundo libro empezó a conocerse bajo el título «Hechos de los Apóstoles» o «Hechos de Apóstoles», según la moda de la literatura helenística que ya había divulgado obras como los «Hechos» de Aníbal, los «Hechos» de Alejandro, etc.; en el canon del NT está separado del evangelio de Lucas por el evangelio de Juan que se ha intercalado. La relación original de estos dos libros del NT viene indicada por sus respectivos Prólogos así como por su parentesco literario. El Prólogo de los Hechos que, como el del tercer evangelio Luc_1:1-4, se dirige a un tal Teófilo, Hch_1:1, remite a este evangelio como a un «primer libro», resumiendo su propósito y recogiendo los últimos sucesos (apariciones del Resucitado y Ascensión) para empalmar con ellos la continuación del relato. El otro vínculo que une estrechamente a estos dos libros es la lengua. Las características (de vocabulario, gramática y estilo) que aparecen a todo lo largo de los Hechos, y que confirman la unidad literaria de esta obra, las encontramos también en el tercer evangelio; lo que apenas permite dudar de que ambos libros son obra de un mismo autor.

La tradición de la Iglesia es unánime en reconocer que este autor es san Lucas. Nunca, ni en la antigüedad ni en nuestros días, se ha propuesto seriamente otro nombre. Así lo admitía ya hacia el año 175 el conjunto de las iglesias, como lo manifiesta la conformidad existente entre el documento romano llamado Canon de Muratori, el Prólogo «antimarcionita», san Ireneo, los Alejandrinos y Tertuliano. Juicio unánime que, en realidad, corroboran los indicios internos. Según sus escritos, el autor parece ser un cristiano de la generación apostólica, judío muy helenizado o, mejor, griego de amplia instrucción y versado a fondo así en las cosas judías como en la Biblia griega. Ahora bien, lo que sabemos de Lucas por las epístolas paulinas cuadra a la perfección con estos datos. El Apóstol lo presenta como un compañero muy querido que está a su lado durante su cautiverio, Col_4:14; Flm_1:24; 2Tm_4:11. Según Col_4:10-14, Lucas es de origen pagano (de Antioquía de Siria según una vieja tradición) y médico, lo que comportaría una cierta cultura, aun cuando esté lejos de ser cierto que Lucas emplee en sus escritos un vocabulario específicamente médico.

Nada seguro hallamos en la tradición antigua para fijar la fecha en que escribía. El libro concluye con la prisión romana de Pablo, probablemente en 61-63, y en todo caso su composición debe ser posterior a la del tercer evangelio (¿antes del 70? ¿hacia el 80?, pero nada impone una fecha posterior al 70). Como lugar de composición se han propuesto Antioquía y Roma.

¿Cuáles son las fuentes utilizadas por Lucas para componer su obra? El autor de los Hechos declara «haber investigado diligentemente todo desde los orígenes» sumándose a los que ya habían «intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros» (Luc_1:1-4, que constituye el prólogo general de la obra completa). Tales expresiones hacen suponer, por un lado, que ha buscado informaciones precisas y, por otro, que ha aprovechado relatos ya existentes. El examen del libro confirma esta impresión. A pesar de una actividad literaria siempre vigilante, cuya mano se advierte por doquier asegurando la unidad del libro, se pueden distinguir también sin dificultad algunas corrientes principales en las tradiciones recogidas por Lucas. Los doce primeros capítulos del libro de los Hechos refieren la vida de la primera comunidad reunida en torno a Pedro después de la Ascensión, 1-5, y los comienzos de su expansión a raíz de las iniciativas misioneras de Felipe, Hch_8:4-40, de los «helenistas», 6:1-8:3; Hch_11:19-30; Hch_13:1-3, y en fin del mismo Pedro, 9:32-11:18; 12. Las tradiciones «petrinas» subyacentes se emparentarían con el «Evangelio de Pedro» que es conocido en la literatura de la Iglesia antigua. Para la segunda parte de los Hechos el autor habría utilizado relatos de la conversión de Pablo, de sus viajes misioneros, y de su viaje por mar a Roma como prisionero. En todo caso, Lucas parece haber tenido a mano cartas paulinas, y podía haber pedido datos al mismo Pablo, a quien conocía por lo menos en el período de su cautiverio. Otras personas (¿Silas o Timoteo?) podrían haberle suministrado informaciones circunstanciadas sobre tal o cual episodio. En tres ocasiones durante su relato, Hch_16:10-17; 20:5-21:18; 27:1-28:16 (y ya también Hch_11:28 en el texto occidental), Lucas emplea la primera persona del plural. Siguiendo a san Ireneo, algunos exegetas han creído ver en los pasajes de los Hechos redactados en estilo «nosotros» la prueba de que Lucas acompañó a Pablo en su segundo y tercer viajes misioneros y en su viaje por mar a Roma. Contrasta, sin embargo, con ello el hecho de que Pablo no menciona nunca a Lucas como compañero de su obra de evangelización, por lo que este «nosotros» parece ser más bien el vestigio textual de un diario de viaje hecho por un compañero de Pablo (¿Silas?) y utilizado por el autor de los Hechos. El viaje descrito por el diario puede tener que ver con la colecta hecha por las iglesias de Macedonia y Acaya para la iglesia de Jerusalén, ver Hch_24:17; 1Co_16:1-4; 2 Co 8-9; Rom_15:25-29. Una vez reunido este rico material, Lucas lo organizó hábilmente en unidad literaria, distribuyendo de la mejor manera los diversos elementos y uniéndolos unos con otros por medio de estribillos redaccionales, por ej. Hch_6:7; Hch_9:31; Hch_12:24; etc.

El valor histórico de los Hechos de los Apóstoles no es uniforme. De un lado, las fuentes de que Lucas disponía no eran homogéneas; de otro, en el manejo de estas fuentes se movía con bastante libertad según el espíritu de la historiografía antigua, subordinando los datos históricos a su plan literario y sobre todo a sus intereses teológicos. Los relatos de los viajes de san Pablo reflejan con mayor o menor extensión y exactitud el mundo del Mediterráneo oriental en el primer siglo: administración romana, ciudades griegas, cultos, rutas, geografía política y topografía local. En cambio, los relatos de la primera parte del libro son en general mucho menos circunstanciados. Lucas establece un cierto paralelismo entre los milagros de Pedro y los de Pablo: comparar Hch_3:1-10 con Hch_14:8-10; Hch_5:15 con Hch_19:12; Hch_5:19 o Hch_12:6-11, Hch_12:17 con Hch_16:23-26, Hch_16:40; Hch_8:15-17 con Hch_19:2-7; Hch_8:18-24 con Hch_13:6-11; Hch_9:36-42 con Hch_20:7-12. Además, algunos de los relatos de milagros tienen sus paralelos en los evangelios: comparar Hch_3:6-7 con Luc_4:39 y Mar_1:31; Hch_9:33-34 con Luc_5:24-25; Hch_20:10, Hch_20:12 con Luc_8:52-55; es también evidente que las últimas palabras de Esteban, Hch_7:59-60, se asemejan a las de Jesús, Luc_23:34, Luc_23:36. El discurso de Pablo en Antioquía de Pisidia, Hch_13:16-41, no deja de tener analogías con los de Pedro en Jerusalén, Hch_2:14-36; Hch_3:12-26; Hch_4:8-12; Hch_5:29-32, el de Esteban, Hch_7:1-53, y también el de Pedro en Cesarea, Hch_10:34-43. Es, pues, razonable suponer que Lucas no había recibido estos discursos tal como los reprodujo, sino que los compuso utilizando algunos temas esenciales de la predicación primitiva apoyados con argumentos que se habían hecho tradicionales y moldeados con fórmulas nemotécnicas: florilegios de textos escriturísticos para los judíos, reflexiones de filosofía común para los griegos, y para todos el anuncio esencial (Kerygma) de Cristo muerto y resucitado, con el llamamiento a la conversión y al bautismo. Lucas habría conocido, primero por tradición y luego por experiencia, estos esquemas de la primera predicación cristiana, y es esto lo que le permitió, con su finísimo sentido psicológico, impregnar estos discursos de una enseñanza de valor auténtico e importancia capital. Se han señalado a menudo discrepancias entre el libro de los Hechos y las epístolas paulinas, que Lucas parece haber utilizado pero no en detalle. Es notable, por ejemplo, que no se haya preocupado de armonizar las cinco visitas de san Pablo a Jerusalén en los Hechos con los datos de Gal 1:15-2:10. En otro orden de cosas, se advierte un cierto contraste entre el retrato de Pablo dibujado en los Hechos y el que Pablo hace de sí mismo en su correspondencia. En Atenas Pablo se manifiesta netamente menos severo para con las religiones paganas que en su epístola a los Romanos: comparar Hch_17:22-31 con Rom_1:18-32 (pero ver también Sab_13:1-10, donde el autor, a la vez que condena la idolatría, disculpa los desvíos que algunos sufren buscando a Dios). En general Lucas atribuye al Apóstol una actitud más conciliadora que la de las epístolas: comparar Hch_21:20-26 con Gál_2:12 ss; Hch_16:3 con Gál_2:3; Gál_5:1-12. Pero no debe olvidarse que cada autor se mueve por intereses bastante diferentes. Pablo es un polemista que sabe ser intransigente (pero ver también 1Co_9:19-23) mientras que el propósito de Lucas es demostrar la unidad profunda que existía entre los primeros discípulos.

A este respecto, la objetividad del libro de los Hechos ha sido atacada sesgadamente planteando la cuestión de su finalidad. La escuela de F. Ch. Baur ha querido ver en él un escrito de compromiso compuesto en el siglo II para conciliar las tendencias opuestas del petrinismo y del paulinismo. Este sistema tiene el mérito de señalar la existencia innegable de tensiones en la Iglesia primitiva; pero supone una fecha demasiado tardía, y en su forma radical ya nadie lo sostiene hoy. Otros, por su parte, todavía denuncian con frecuencia a esta obra de ser un alegato, con todo lo que esto puede implicar de deformación de los hechos. Lucas haría en ella una apología de Pablo destinada a convencer a las autoridades romanas de que él no era culpable de ningún delito político. Y, en efecto, no se puede negar que Lucas subraya el carácter puramente religioso del conflicto que enfrenta a los judíos con Pablo y la indiferencia de las autoridades romanas ante tal conflicto. Pero, aunque esto parece responder a la verdad histórica, en todo caso no es más que un aspecto de la obra. El libro de los Hechos es cosa muy distinta de un memorial para presentar ante el tribunal de Roma. Lo que persigue es nada menos que referir, por sí misma, la historia de los orígenes cristianos.

Para convencerse de ello, basta con examinar su plan. Se ve en él plasmada la aseveración inicial de Cristo: «Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra», Hch_1:8. La fe se implanta primero sólidamente en Jerusalén, donde la primera comunidad crece en gracia y número, 1-5. Enseguida comienza la expansión, preparada por la tendencia universalista de los convertidos del judaísmo helenístico y por su expulsión a raíz del martirio de san Esteban, 6:1-8:3: se llega a Samaría, Hch_8:4-25, así como a la llanura costera hasta Cesarea, donde por primera vez entran gentiles en la Iglesia, Hch_8:26-40; 9:32-11:18, al tiempo que la conversión de Pablo nos informa de que ya hay cristianos en Damasco y presagia la evangelización de Cilicia, Hch_9:1-30. Estribillos, como Hch_9:31 (que añade Galilea) ponen bien de relieve la difusión de la fe. A continuación es Antioquía la que recibe el mensaje de Jesús, Hch_11:19-26 y que se va a convertir en un foco de irradiación, no sin guardar con Jerusalén contactos en los que se toman acuerdos sobre los principales problemas misioneros, Hch_11:27-30; Hch_15:1-35. Se trata ahora, en efecto, de que el Evangelio llegue a los gentiles. A partir de la conversión de Cornelio, Pedro, después de ser encarcelado en Jerusalén, sale con destino desconocido, Hch_12:17; y en adelante es Pablo quien, en el relato de Lucas, ocupará el primer plano. Después de un primer viaje con Bernabé a Chipre y Asia Menor antes de la asamblea de Jerusalén, 13-14, dos viajes más le llevarán hasta Macedonia y Grecia, 15:36-18:22, y a Éfeso, 18:23-21:17. Siempre regresa a Jerusalén, y su arresto en esta ciudad, seguido de su encarcelamiento en Cesarea, 21:18-26:32, le permitirán ser conducido, preso pero siempre misionero, hasta Roma, donde, aun sin librarse de las cadenas, anuncia a Cristo, 27-28. Vista desde Jerusalén, esta capital del imperio representa perfectamente «los confines de la tierra», por lo que Lucas puede aquí poner fin a su libro.

Podremos quizá lamentar que no nos haya dicho nada de la actividad de los otros apóstoles, ni de la fundación de ciertas iglesias como la de Alejandría, o incluso la de Roma, donde la fe cristiana se había implantado ciertamente antes de la llegada del Apóstol (ver la Epístola a los Romanos, sobre todo Hch_15:22 ss). Nada dice tampoco del apostolado de Pedro fuera de Palestina, y es verdad que la persona de Pablo ocupa en su obra un lugar preponderante, hasta el punto de llenar ella sola toda la segunda mitad. Más que una historia materialmente completa, lo que Lucas ha querido darnos es una exposición de la fuerza de expansión espiritual del Cristianismo; y la enseñanza teológica que ha sabido deducir de los hechos de que disponía posee un valor universal e insustituible, que constituye el valor auténtico de su obra.

Esta aportación doctrinal es múltiple y no podemos evocar aquí más que sus puntos principales. Lo que la obra expone es la fe en Cristo, base del kerygma apostólico. Por los discursos conocemos los principales textos escriturísticos que sirvieron, bajo la guía del Espíritu, para la formulación de la cristología y la argumentación ante los judíos; son de notar particularmente los temas del Siervo, Hch_3:13, Hch_3:26; Hch_4:27, Hch_4:30; Hch_8:32-33, y de Jesús nuevo Moisés, Hch_3:22 s; Hch_7:20 s, y nuevo Elías, Hch_1:9-11; Hch_3:20-21. La resurrección se prueba por el Sal_16:8-11 (Hch_2:24-32; Hch_13:34-37). La historia del pueblo elegido debe poner en guardia a los judíos contra la resistencia a la gracia, Hch_7:2-53; Hch_13:16-41. Para los gentiles, se recurre a argumentos de una teodicea más general, Hch_14:15-17; Hch_17:22-31. Pero los apóstoles son ante todo «testigos», Hch_1:8+, y Lucas nos resume su «kerygma», Hch_2:22+, relatándonos también sus signos taumatúrgicos. El problema crucial de la Iglesia naciente tenía que ser el acceso de los gentiles a la salvación, y sobre este punto el libro de los Hechos nos brinda alguna luz, aunque sin descubrirnos toda la envergadura de las dificultades y de las controversias ocasionadas por esta cuestión en la Iglesia e incluso entre sus dirigentes (ver Gál_2:11+): los hermanos de Jerusalén, agrupados en torno a Santiago, siguen fieles a la Ley judía, Hch_15:1, Hch_15:5; Hch_21:20 s; pero los «helenistas», cuyo portavoz es Esteban, sienten la necesidad de romper con el culto del Templo; y Pedro, y después sobre todo Pablo, hacen triunfar en la asamblea de Jerusalén el principio de la salvación por la fe en Cristo, que dispensa a los gentiles de la circuncisión y de las observancias mosaicas. No es menos cierto que Lucas nos muestra a Pablo empezando siempre por dirigirse a los judíos, para volverse después a los gentiles sólo cuando se ve rechazado por sus hermanos de raza, Hch_13:5+. Sobre la vida de las comunidades cristianas nos bosqueja un cuadro que tiene tintes sin duda ideales, por no decir utópicos, pero que se inspira en los recuerdos de los primeros años tanto como en las realidades eclesiales de una época más tardía: vida de oración y reparto de bienes en la joven iglesia de Jerusalén; administración del bautismo de agua y del bautismo en el Espíritu, Hch_1:5+; celebración de la Eucaristía, Hch_2:42+; esbozos de organización eclesiástica en los «profetas» y los «doctores», Hch_13:1+, o también en los «presbíteros» que presiden la iglesia de Jerusalén, Hch_11:30+, y que Pablo establece en las iglesias que él funda, Hch_14:23. Todo ello impregnado, dirigido, impulsado por un soplo invencible del Espíritu Santo. A este Espíritu, sobre el que Lucas había ya insistido en su evangelio, Luc_4:1+, lo presenta en acción incesante en la expansión de la Iglesia, Hch_1:8+, hasta el punto de que se ha podido llamar a los Hechos «el evangelio del Espíritu Santo». Es esto lo que da a esta obra ese aroma de alegría espiritual, de maravilla sobrenatural, de la que sólo podrán extrañarse los que no comprenden ese fenómeno único en el mundo que fue el nacimiento del Cristianismo. Si a todas estas riquezas teológicas añadimos la preciosa aportación de tantos detalles concretos que de otro modo no habríamos conocido, si se acierta a saborear los retratos de fina psicología en que Lucas se distingue, piezas incisivas y hábiles como el discurso delante de Agripa, 26, páginas conmovedoras como el adiós a los presbíteros de Éfeso, Hch_20:17-38, relatos vivos y realistas como el motín de los orfebres, Hch_19:23-41, se convendrá en que este libro, único en su género en el NT, representa un tesoro cuya falta hubiera empobrecido notablemente nuestro conocimiento de los orígenes del Cristianismo.

El texto de los Hechos, como el del resto del NT, ha llegado a nosotros con muchas variantes de detalle. Pero más que en otros libros merecen retener nuestra atención las que provienen del texto llamado «occidental» (códice de Beza, versiones latina, siríaca y copta, antiguos escritores eclesiásticos). Ofrecen éstas un texto que es a menudo más conciso que el texto alejandrino, pero que contiene también detalles concretos y pintorescos que el otro desconoce. En realidad, estas dos tradiciones textuales parecen representar redacciones sucesivas del libro de los Hechos. Nuestra traducción se ha hecho las más de las veces sobre el texto alejandrino, pero un buen número de variantes del texto occidental se han señalado en nota o incluso han sido admitidas en el texto traducido.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Luc_7:2, Luc_7:4-5

[2] Hch_2:11+

NOTAS

10 Para Lucas, la conversión, ver Hch_3:19+, de Cornelio no es un simple caso individual. Su alcance universal se deduce del mismo relato y de su insistencia en las visiones de Pedro y de Cornelio y, sobre todo, de la relación que el autor establece entre este acontecimiento y las decisiones de la «Asamblea de Jerusalén», ver Hch_15:7-11, Hch_15:14. Dos lecciones distintas parecen desprendense: 1ª, Dios mismo ha mostrado que los gentiles debían ser recibidos en la Iglesia sin que se les impusieran las prescripciones de la Ley, ver Hch_10:34-35, Hch_10:44; Hch_11:1, Hch_11:15; Hch_15:7-11, Hch_15:14; y Gál_2:1-10; 2ª, Dios mismo ha mostrado a Pedro que debía aceptar la hospitalidad de un incircunciso: se advierte aquí el problema de las relaciones entre cristianos procedentes del Judaísmo y los cristianos venidos de la gentilidad, ver Hch_10:10-16, Hch_10:28-29; Hch_11:2-14; y Gál_2:11-21.



REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Luc_12:33+

[2] Luc_18:1

NOTAS

10:2 Las expresiones «temeroso de Dios», Hch_10:2, Hch_10:22, Hch_10:35; Hch_13:16, Hch_13:26, y «adorador de Dios», Hch_13:43, Hch_13:50; Hch_17:4, Hch_17:17; Hch_18:7, que equivalen a «piadoso» o «religioso», pueden aplicarse a los gentiles simpatizantes con el Judaísmo.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_3:1+

[2] Mat_1:20+

[3] Hch_9:10+

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Luc_1:12+

NOTAS

10:4 La expresión evoca el sacrificio del «memorial», ver Lev_2:2, Lev_2:9, Lev_2:16, con el que Tob_12:12 compara la oración.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_2:14+

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jdt_8:5; Dan_6:11 [Dan_6:10]

NOTAS

10:11 Hemos seguido el texto occ.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Lev 11; Eze_4:14

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Gén_1:31+

NOTAS

10:15 Se invita a Pedro a liberarse de sus escrúpulos respecto a la pureza legal, Hch_11:9. Ver Mat_15:1-20 p; Rom_14:14, Rom_14:17. La aplicación se hace en Hch_15:9 : por la fe, Dios ha purificado el corazón de los gentiles, aun cuando su cuerpo sigue ritualmente impuro por no estar circuncidado. Consecuencia práctica: no debe temer Pedro el tratar con incircuncisos, Hch_10:27-28.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_1:8+

NOTAS

10:19 (a) El papel del Espíritu es paralelo al del ángel del Señor, ver Hch_8:26, Hch_8:29.

10:19 (b) Var.: «tres hombres», ver Hch_11:11.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Luc_7:4-5

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_3:12; Hch_14:15; Apo_19:10

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_15:9; Gál_2:12, Gál_2:15-16

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_3:1+

NOTAS

10:30 Var.: «estaba ayunando y haciendo la oración».

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Luc_1:13

NOTAS

10:31 Este giro impersonal, respetuoso con la majestad divina, evoca a la vez el ministerio de los ángeles; ver Mat_18:11; Mat_18:14; Apo_5:8; Apo_8:3; Tob_12:12.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_2:22+

[2] Deu_10:17+; Gál_2:6; Rom_2:11; 1Pe_1:17

NOTAS

10:35 Terminología cultual (ver v. Hch_10:4). Es grato a Dios el sacrificio irreprochable o el que lo ofrece, Lev_1:3; Lev_19:5; Lev_22:19-27. Isaías (Isa_56:7) había anunciado que, al fin de los tiempos, los sacrificios de los gentiles serían gratos a Yahvé; ver Mal_1:10-11. Ver Rom_15:16; Flp_4:18; 1Pe_2:5.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Isa_52:7; Nah_2:1 [Nah_1:15]

[2] Rom_10:12

NOTAS

10:36 Var.: «La palabra que ha enviado».

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Luc_4:44+

[2] Isa_61:1; Mat_3:16+; Hch_1:8+; Hch_4:27+; Hch_2:22; Mat_4:1+; Mat_8:29+

NOTAS

10:37 (a) Los vv. Hch_10:37-42 forman un resumen de la historia evangélica, ver Hch_1:21-22; Hch_2:22+, que subraya los puntos que el mismo Lucas pone de relieve en su evangelio.

10:37 (b) Var.: «el comienzo».

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_1:8+, Hch_1:22

[2] Hch_2:23+

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_1:3-4; Hch_13:31; Jua_14:22

NOTAS

10:40 «le resucitó al tercer día»: la fórmula clásica de la predicación y de la fe cristianas. Aparece ya en el Credo embrionario de 1Co_15:4, con esta precisión: «según las Escrituras». La fórmula es eco de Jon_2:1 [Jon_1:17] (ver Mat_12:40); ver también Ose_6:2. Vuelve a encontrarse en Mat_16:21; Mat_17:23; Mat_20:19; Mat_27:64; Luc_9:22; Luc_18:33; Luc_24:7, Luc_24:46.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Luc_24:41-43

NOTAS

10:41 Adic. occ.: «y vivimos familiarmente en su compañía cuarenta días después de su resurrección de entre los muertos».

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_2:36+

NOTAS

10:42 (a) El «Pueblo» por excelencia es el pueblo de Israel, Hch_10:2; Hch_21:28.

10:42 (b) Los «vivos»: los que en el momento de la parusía estarán vivos; los «muertos»: los que, muertos ya, resucitarán entonces para el juicio. Ver 1Ts 4:13 - 5:10. -Dios, resucitando a Jesús, le ha constituido en la dignidad de Juez soberano, Hch_17:31; Jua_5:22; Jua_5:27; 2Ti_4:1; 1Pe_4:5; así pues, la proclamación de la Resurrección es a la vez para los hombres una invitación al arrepentimiento, ver Hch_17:30-31.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_2:38+; Hch_3:16+

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_1:8+; Hch_8:16

NOTAS

10:44 Es «el Pentecostés de los gentiles», análogo al primer Pentecostés, como lo comprueba Pedro, v. Hch_10:47; Hch_11:15; Hch_15:8.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_2:33

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_2:4+, Hch_2:11

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_11:17; Hch_8:36

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Hch_1:5+; Hch_2:38+

NOTAS

10:48 (a) Los apóstoles generalmente no administraban por sí mismos el bautismo, ver Hch_19:5; 1Co_1:14, 1Co_1:17.

10:48 (b) Según Hch_11:2-3 (ver Hch_10:28), lo que pareció insólito e ilegítimo a los «hebreos» de Jerusalén, es la estancia de Pedro en casa de incircuncisos, más aún que la autorización de bautizarlos. El mismo problema dio ocasión al conflicto de Antioquía, Gál_2:11.