Mateo 4 Biblia Jerusalén (1998) | 25 versitos |
1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.
2 Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre.
3 Y acercándose el tentador, le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes."
4 Mas él respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."
5 Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo,
6 y le dice: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna."
7 Jesús le dijo: "También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios."
8 De nuevo le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria,
9 y le dice: "Todo esto te daré si postrándote me adoras."
10 Dícele entonces Jesús: "Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto."
11 Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.
12 Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea.
13 Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaún junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí;
14 para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías:
15 ¡Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles!
16 El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido.
17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: "Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado."
18 Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores,
19 y les dice: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres."
20 Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron.
21 Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó.
22 Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron.
23 Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
24 Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó.
25 Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.

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Introducción a Mateo

EVANGELIOS SINÓPTICOS

Introducción
De los cuatro libros canónicos que narran la «Buena Nueva» (significado de la palabra griega «Evangelio») traída por Jesucristo, los tres primeros presentan entre sí tales semejanzas que pueden ponerse en columnas paralelas y abarcarse «de una sola mirada», que es a su vez el significado de la palabra «sin-óptico». Pero presentan también entre sí numerosas divergencias. ¿Cómo explicar a la vez estas semejanzas y estas divergencias? Lo que equivale a preguntarse: ¿cómo se formaron?

La tradición oral.
Para comprenderlo, hay que admitir en primer lugar que, antes de ser puestos por escrito, los evangelios, o por lo menos una gran cantidad de los materiales que contienen, se transmitieron oralmente. Lo primero fue la predicación oral de los apóstoles, centrada en torno al «kerygma» que anunciaba la muerte redentora y la resurrección del Señor. Iba dirigida a los judíos a quienes había que probar, mediante el testimonio de los apóstoles sobre la resurrección, que Jesús era efectivamente el Mesías anunciado por los profetas antiguos; y concluía con un llamamiento a la conversión. De esta predicación nos dan resúmenes típicos los discursos de Pedro en los Hechos de los Apóstoles (Hch_4:8-12, más desarrollados en Hch_3:12-26; Hch_2:14-36 y sobre todo Hch_13:16-41), así como Pablo en 1Co_15:3-7. Según Luc_24:44-48, este «kerygma» fundamental hundiría sus raíces incluso en las consignas de Cristo resucitado. Pero a aquellos que se convertían había que darles, antes que recibiesen el bautismo, una instrucción más completa sobre la vida y la enseñanza de Jesús.

Un resumen de esta catequesis pre-bautismal se nos da en Hch_10:37-43, cuyo esquema anuncia ya la estructura del evangelio de Mc: bautismo dado por Juan durante el cual Jesús recibe el Espíritu, actividad taumatúrgica de Cristo en el país de los judíos, su crucifixión seguida de su resurrección y de sus apariciones a algunos discípulos privilegiados, todo ello garantizado por el testimonio de los apóstoles. Según los Hechos, esta información procede todavía de la predicación oral. Muy pronto también, para ayudar a los predicadores y a los catequistas cristianos, se reunieron por temas comunes los principales «dichos» de Jesús. Vestigios de ello los tenemos todavía en nuestros evangelios actuales: estos «dichos» están a menudo unidos unos con otros por palabras-clave a fin de facilitar la memorización. En la Iglesia primitiva había también narradores especializados, como los «evangelistas», Hch_21:8; Efe_4:11; 2Tm_4:5, que contaban los recuerdos evangélicos bajo una forma que tendía a fijarse por la repetición.

Sabemos también, gracias a dos testimonios independientes (ver infra), que el segundo evangelio fue predicado por Pedro antes de ser puesto por escrito por Marcos. Y Pedro no fue el único testigo ocular entre los que anunciaban a Cristo; sin duda tampoco los otros tenían necesidad de documentos escritos para ayudar a su memoria. Pero es claro que un mismo suceso tenía que ser narrado por ellos según formas literarias diferentes. Un caso típico lo tenemos en el relato de la institución de la Eucaristía. Antes de escribirlo a los fieles de Corinto, sin duda Pablo lo refirió oralmente según una tradición particular (1Co_11:23-26) conocida también de Lc (22:19-20). Pero el mismo relato se nos ha transmitido, con variantes importantes, según una tradición conocida de Mt (26:26-29) y de Mc (14:22-25).

Es, pues, en la tradición oral donde hay que buscar la causa primera de las semejanzas y de las divergencias entre los Sinópticos. Sin embargo, esta tradición oral no es capaz por sí sola de dar cuenta de las semejanzas tan numerosas como sorprendentes, tanto en el detalle de los textos como en el orden de las perícopas, que sobrepasan las posibilidades de la memoria, incluso la antigua y oriental. Para explicar el origen de nuestros evangelios es necesario recurrir a una documentación escrita.

Testimonios de Papías y Clemente.
El testimonio más antiguo que tenemos sobre la composición de los evangelios canónicos es el de Papías, obispo de Hierápolis, en Frigia, que escribió hacia el 130 una «Interpretación (exégesis) de los Oráculos del Señor», en cinco libros. Esta obra se perdió hace mucho tiempo, pero el historiador Eusebio de Cesarea nos ha conservado de ella los dos pasajes siguientes: «Y el Anciano decía: Marcos, que fue el intérprete de Pedro, puso por escrito cuidadosamente todo aquello de lo que guardaba memoria, aunque sin ajustarse al orden de las cosas que el Señor había dicho y realizado. En efecto, a quien él escuchó o acompañó no fue al Señor sino a Pedro más tarde, como ya he dicho. Éste procedía según las conveniencias de su enseñanza y no como si quisiera dar la ordenanza de los oráculos del Señor. Por tanto, no se puede censurar a Marcos el haberlos redactado del modo como él los recordaba. Su única preocupación fue no omitir nada de lo que había oído, sin permitirse ninguna falsedad en ello». Inmediatamente después, Eusebio añade el testimonio de Papías sobre Mateo: «Mateo, pues, puso en orden los oráculos, en lengua hebrea; cada uno los interpretó como podía» (Hist. Eccl., III, 39, 15-16).

Un segundo testimonio sobre la composición de los evangelios nos lo da Clemente de Alejandría (a su vez citado por Eusebio de Cesarea): «En los mismos libros también, Clemente cita una tradición de los Ancianos relativa al orden de los evangelios; es ésta: decía que los evangelios que contienen las genealogías fueron escritos primero y que el de san Marcos lo fue en las circunstancias siguientes: Después que Pedro hubo predicado públicamente la doctrina en Roma y expuesto el evangelio [guiado] por el Espíritu, sus oyentes, que eran muchos, animaron a Marcos, como que él era el que le había acompañado desde hacía tiempo y guardaba en su memoria sus palabras, a transcribir lo que aquél había dicho; así lo hizo y transcribió el evangelio a los que se lo habían pedido. Al enterarse de ello Pedro, no emitió consejo en ningún sentido, ni para impedírselo ni para recomendárselo» (Hist. Eccl., IV, 14, 5-7). Al igual que el de Papías, este testimonio se remonta a los Ancianos, es decir a hombres de la segunda generación cristiana. Toda la tradición posterior, griega, latina o incluso siríaca (Efrén), no hará sino repetir, añadiendo algunos detalles, estos dos testimonios fundamentales. ¿Qué podemos deducir de ello?

Papías y Clemente concuerdan en atribuir la composición de uno de los evangelios a Marcos, discípulo de Pedro (ver 1Pe_5:13), cuya predicación habría puesto por escrito. Viniendo de dos fuentes arcaicas independientes, esta información puede ser tenida por cierta. Según Clemente, Marcos habría escrito viviendo todavía Pedro, el cual, por lo demás, se habría desinteresado más o menos del asunto. Papías no nos da ningún dato explícito sobre este punto. Su texto deja más bien entender que Marcos habría escrito después de la muerte de Pedro, y en este sentido lo interpretarán Ireneo de Lyon y el más antiguo Prólogo evangélico que ha llegado hasta nosotros (finales del siglo II). Papías no nos dice dónde escribió Marcos su evangelio. Clemente precisa que fue en Roma, donde Pedro ejercía su ministerio. Este detalle, recogido en la tradición posterior, parece exacto porque el evangelio de Marcos contiene un cierto número de palabras griegas que no son más que una transcripción del latín.

Clemente no nos da ninguna noticia sobre Mateo, salvo lo de que su evangelio contenía una genealogía de Cristo (Mat_1:1-17). Según Papías, habría escrito en hebreo, término que podría aplicarse también al arameo, y luego su obra habría sido traducida al griego. Este detalle será repetido unánimemente por la tradición posterior. Un hecho podría confirmarlo. En los dos pasajes fundamentales citados más arriba, los datos relativos a Marcos son mucho más extensos que los que se refieren a Mateo, de quien ni siquiera se nos dice que se trata del publicano de Mat_9:9. ¿No sería esto un indicio de que el evangelio de Marcos, escrito en griego, se habría divulgado rápidamente en el mundo cristiano hasta que el de Mateo, que lo sustituirá como evangelio de base, fue traducido del hebreo (o del arameo) al griego? Pero Papías y Clemente ya no concuerdan cuando se trata de establecer el orden en el que habrían sido escritos los evangelios. Papías parece decir que Mateo habría puesto en orden los «oráculos» de Cristo que Marcos nos había transmitido en desorden. Probablemente este dato no debe ser tomado a la letra.

Por último, para Papías Mateo habría escrito después de Marcos; según Clemente, Marcos habría escrito después de Mateo y Lucas, cuyos evangelios contienen una genealogía de Cristo (Mat_1:1-17; Luc_3:23-38). La tradición posterior, desde Ireneo, retendrá el orden Mt, Mc, Lc; pero ¿no sería porque Mt se había convertido en el evangelio fundamental? Los datos tradicionales son, pues, contradictorios en lo que se refiere al orden de producción de los tres Sinópticos. Sobre Lucas, Eusebio de Cesarea no nos ha conservado testimonio de Papías, si es que hubo alguno. Desde Ireneo y los antiguos Prólogos evangélicos, la tradición atribuirá su redacción a Lucas, el médico discípulo de Pablo (Col_4:14; Flm_1:24; 2Tm_4:11).

El problema sinóptico.
Estos datos, que no son siempre concordantes, están lejos de resolver el problema sinóptico. Por ejemplo, Papías habla de un evangelio de Mateo escrito «en lengua hebrea», perdido desde hace tiempo, pero no nos dice nada sobre la forma griega, sin duda más desarrollada, del evangelio según Mateo que nosotros tenemos actualmente. Por lo demás, esta forma griega ha podido recibir variantes, como lo atestiguan, entre otros, las citas de este evangelio hechas por los Padres antiguos, especialmente el apologista Justino.

En cuanto a Marcos, aun cuando su fuente sea Pedro, cabe preguntarse por qué se muestra tan parco respecto de la enseñanza de Jesús. ¿Fue su evangelio el primero en ser escrito, como parece afirmar Papías, o por el contrario el último de los tres, como expresamente dice Clemente? Y ¿de dónde ha tomado Lucas las tradiciones que son propias de él? ¿En qué medida ha comprendido el mensaje de Pablo, de quien fue discípulo? En fin, los evangelios escritos por Marcos, Mateo y Lucas ¿no recibieron complementos, o hasta modificaciones más o menos profundas, desde el momento en que fueron compuestos hasta el de su recepción definitiva en las iglesias?

Y ¿en qué fecha aproximadamente tuvo lugar esto? Para responder a esta pregunta, es preciso tomar el problema remontándose en el tiempo. Conocemos actualmente más de 2000 manuscritos griegos en pergamino que contienen el texto de los evangelios sinópticos, escalonándose entre los siglos IV y XIV. Todos estos manuscritos ofrecen entre sí variantes inevitables, pero que no pasan de ser variantes de detalle.

Los textos que nosotros utilizamos en nuestros días, ya sea para estudiar los Sinópticos ya para traducirlos a lenguas modernas, se fundan en los dos más antiguos de estos manuscritos: el Sinaítico, que proviene del monasterio de Santa Catalina del Sinaí, hoy conservado en el Museo Británico, y sobre todo el Vaticano, conservado en la Biblioteca Vaticana. Ambos se datan de mediados del siglo IV. Pero la autenticidad del texto que nos ofrecen puede ser atestiguada de diferentes maneras. Desde comienzos de este siglo se han descubierto en Egipto un buen número de papiros con textos del NT. Citemos dos de los más importantes. Un códice que contiene alrededor de cuatro quintas partes de Lucas (e importantes fragmentos de Juan) se data de comienzos del siglo III. Es propiedad de la Biblioteca Bodmer, en Cologny, cerca de Ginebra. Su texto es muy próximo del que nos da el Vaticano. Por su parte, en la colección Chester Beatty, de Dublín, se conservan numerosos fragmentos bastante importantes de los cuatro evangelios, pertenecientes a un códice datado de mediados del siglo III. Aunque menos próximo del Vaticano que el precedente, su texto tampoco difiere de él más que en variantes de detalle. Otros cuatro fragmentos, mucho más modestos, pues sólo contienen algunos versículos de Mateo, se datan también o del siglo III, o incluso el más antiguo de finales del siglo II o comienzos del III. A este testimonio de los manuscritos griegos hay que añadir el de las versiones antiguas.

Desde finales del siglo II, los evangelios fueron traducidos al latín en África del norte (probablemente Cartago) así como al siríaco. La versión copta se remonta al siglo III. Esto por hablar sólo de las más importantes y más antiguas. Hay que tener presente, en fin, las numerosas citas evangélicas hechas por los Padres antiguos: Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría y Orígenes entre los griegos, Tertuliano y Cipriano entre los africanos, Áfrates y Efrén entre los sirios. Todo esto forma un conjunto de testimonios concordantes, repartidos por todo el mundo cristiano, que nos permiten afirmar que los evangelios, sin perjuicio de las variantes inevitables que no afectan a su sustancia, estaban ya compuestos desde mediados del siglo II, e incluso probablemente en fecha más antigua, en la forma en que ahora los conocemos.

Una mención especial merece el apologista Justino, quien escribía hacia el 150 su Diálogo con Trifón y sus dos Apologías del cristianismo. Aunque cita a menudo los evangelios, nunca lo hace con el nombre de Mateo, Lucas o Marcos, sino bajo el más general de «Memorias de los apóstoles». Algunos han creído poder concluir de aquí que Justino ignoraba la división en cuatro evangelios, afirmada con fuerza por Ireneo unos treinta años más tarde. Un estudio de sus citas permite pensar que Justino utilizaba de hecho una armonía evangélica compuesta a partir de los tres Sinópticos, y probablemente también de Juan.

El problema sinóptico se plantea, por tanto, para el período que se extiende entre la composición de los primeros evangelios por Mateo, Marcos y Lucas, y la forma en que los conocemos ahora que, en lo esencial, podría remontarse a los comienzos del siglo II. ¿Cómo explicar a la vez las semejanzas y las divergencias que existen entre los tres evangelios sinópticos en esta forma que hoy conocemos? Muchas controversias ha suscitado este problema desde hace dos siglos, y no es cuestión aquí de entrar en detalles demasiado técnicos. Indiquemos simplemente las tendencias generales de la exegésis moderna.

La teoría que goza de mayor favor es la de las Dos Fuentes. Elaborada hacia mediados del siglo pasado, hoy es aceptada con mayor o menor convicción por la inmensa mayoría de los exegetas, tanto católicos como protestantes. Una de las dos fuentes en cuestión sería Mc, de quien dependerían Mt Lc en todos los relatos que tienen en común con él (triple tradición). Mt y Lc contienen también bastantes secciones, especialmente de los «dichos» de Cristo (así: el Sermón inaugural de Jesús) desconocidas de Mc (doble tradición). Como, según la teoría de las Dos Fuentes, estos dos evangelios son independientes entre sí, habría que admitir que ambos se sirvieron de otra fuente a la que se llama Q (inicial de la palabra alemana «Quelle», fuente). En cuanto a las secciones propias, tanto de Mt como de Lc, provendrían de fuentes secundarias que conocerían cada uno de ellos.

Presentada de esta forma, la teoría de las Dos Fuentes se presta a una seria objeción. Incluso en las secciones dependientes de la triple tradición, Mt Lc ofrecen entre sí no pocas concordancias contra Mc, positivas o negativas, más o menos importantes. Si es verdad que un cierto número de estas concordancias puede explicarse como reacciones naturales de Mt Lc en su esfuerzo por mejorar el texto un poco tosco de Mc, queda aún otra porción de ellas que es difícil de explicar. En vista de ello, algunos exegetas han perfeccionado la teoría suponiendo que Mt Lc dependerían, no del Mc tal como ha llegado a nosotros, sino de una forma anterior (proto-Mc) ligeramente diferente del Mc actual. Sea lo que fuere de este último punto, es cierto que la teoría de las Dos Fuentes, relativamente simple, permite justificar un gran número de hechos «sinópticos». Por otro lado, concuerda en parte con el dato tradicional heredado de Papías: la prioridad se da a Mc. Los relatos de este evangelio, vivos y ricos en detalles concretos, podrían muy bien reflejar la predicación de Pedro. Algunos han propuesto incluso identificar la fuente Q (colección sobre todo de los «dichos» de Jesús) con Mt, de quien Papías dice que puso en orden los «oráculos» del Señor. Pero Papías emplea la misma expresión para designar el evangelio de Mc (como también para el título de su obra) y nada permite pensar que el Mt del que habla no habría contenido más que logia. Sigue siendo verdad que la existencia de una colección de «dichos» de Jesús, al servicio de las necesidades de la catequesis, es muy verosímil; el evangelio (no canónico) de Tomás sería un buen ejemplo de ello.

Desde hace varias décadas, algunos exegetas, sobre todo en Inglaterra y en los Estados Unidos, han querido rescatar una teoría propuesta hace algo más de dos siglos por Griesbach y que tendría la ventaja, a sus ojos, de evitar el recurso a una fuente hipotética como la de Q. Esa teoría se apoya en la tradición de los Ancianos referida por Clemente de Alejandría: el primer evangelio sería el de Mt, Lc dependería de Mt; y Mc, que sería el último, dependería unas veces de Mt otras de Lc, a los que habría simplificado. Es cierto que muchas veces parece que Mc ha fundido los textos paralelos de Mt Lc (hecho que la teoría de las Dos Fuentes apenas puede justificar). Pero ¿en qué queda el dato tradicional (Papías y Clemente) que dice que Marcos puso por escrito la predicación de Pedro? Y ¿cómo suponer que Marcos habría omitido deliberadamente los evangelios de la infancia así como la mayor parte de los «dichos» del Señor, en particular la casi totalidad del discurso inaugural de Jesús?

En fin, otros exegetas siguen persuadidos de que la teoría de las Dos Fuentes, a pesar de sus ventajas, es demasiado simple para poder explicar la totalidad de los hechos sinópticos. Sin duda, Mc parece a menudo más primitivo que Mt Lc, pero también es verdad lo contrario: a veces presenta rasgos tardíos, tales como paulinismos o también adaptaciones a lectores del mundo grecorromano, mientras que Mt o Lc, incluso en los textos de la triple tradición, conservan detalles arcaicos, de expresión semítica o de ambiente palestino. Surge entonces la hipótesis según la cual las relaciones entre los Sinópticos habría que considerarlas, no ya al nivel de los evangelios tal como los tenemos ahora, sino al nivel de redacciones más antiguas que podrían llamarse pre-Mt, pre-Lc, incluso pre-Mc, sin perjuicio por lo demás de que todos estos documentos intermedios pudieran depender de una fuente común que no sería otra que el Mt escrito en arameo, y traducido después al griego de diferentes maneras, del que habla Papías. De ahí la posibilidad de pensar en la existencia de interreacciones entre las diversas tradiciones evangélicas, más complejas pe-ro también más flexibles, que podrían explicar mejor todos los hechos sinópticos.

Esta hipótesis daría cuenta también de un hecho apuntado desde finales del siglo pasado: algunos autores antiguos, en particular el apologista Justino y otros después de él, citan los evangelios de Mt Lc bajo una forma un poco diferente de la que nosotros conocemos, y a veces más arcaica. ¿No habrían tenido a mano estos pre-Mt y pre-Lc que antes mencionábamos? Estudios de detalle han mostrado igualmente que Lc Jn ofrecen entre sí contactos tan estrechos, sobre todo (pero no exclusivamente) en lo que se refiere a los relatos de la pasión y de la resurrección, que podrían explicarse por la utilización de una fuente común ignorada de Mt de Mc.

Redacción de los Sinópticos.
La fecha de la redacción de los Sinópticos es muy difícil de precisar, y tal datación dependerá forzosamente de la solución que se acepte del problema sinóptico. En la hipótesis de la teoría de las Dos Fuentes, la composición de Mc se situará un poco antes (Clemente de Alejandría) o un poco después (Ireneo) de la muerte de Pedro, por tanto entre el 64 y el 70, no después de esta fecha dado que no parece suponer que la destrucción de Jerusalén se haya consumado ya. Las obras de Mt-griego y de Lc serían posteriores a él, por hipótesis; lo cual se confirmaría por el hecho de que, con toda probabilidad, Mt-griego y Lc suponen que la ruina de Jerusalén es ya un hecho consumado, Mat_22:7; Luc_19:42-44; Luc_21:20-24. Su fecha estaría entonces entre el 75 y el 90. Pero hay que reconocer también que este último argumento no es definitivo. Si lo fuera, valdría igualmente para inferir, por ejemplo, que Ezequiel habría profetizado la destrucción de Jerusalén por los caldeos después de la toma de la ciudad (comparar Eze_4:1-2 con Luc_19:42-44), lo que es manifiestamente falso. Para una datación tardía del Mt-griego, sería más procedente invocar ciertos detalles que denotan una polémica contra el judaísmo rabínico salido de la asamblea de Yammia, la cual tuvo lugar por el año 80. Y si se admite que los Sinópticos fueron compuestos en etapas sucesivas, la datación de su última redacción deja abierta la posibilidad de fechas más antiguas para las redacciones intermedias, y con mayor razón para el Mt arameo que estaría en el origen de la tradición sinóptica.

De todos modos, el origen apostólico, directo o indirecto, y la génesis literaria de los tres Sinópticos justifican su valor histórico, permitiéndonos además apreciar cómo éste debe ser entendido. Derivados de la predicación oral que se remonta a los comienzos de la comunidad primitiva, estos textos tienen en su base la garantía de testigos oculares, Luc_1:1-2. Indudablemente ni los apóstoles ni los otros predicadores y narradores evangélicos trataban de hacer «historia», en el sentido técnico y moderno de la palabra. Su propósito era más teológico y misionero: hablaban para convertir y edificar, para inculcar y esclarecer la fe, para defenderla contra los adversarios, 2Tm_3:16. Pero lo hicieron apoyándose en testimonios verídicos, garantizados por el Espíritu, Luc_24:48-49; Hch_1:8; Jua_15:26-27, exigidos tanto por la probidad de su conciencia como por el cuidado de no dar pie a refutaciones hostiles.

Los redactores evangélicos que después de ellos consignaron y reunieron sus testimonios lo hicieron con el mismo afán de honesta objetividad que respeta las fuentes, como bien lo demuestran la simplicidad y el arcaísmo de sus composiciones, en las que tan poco lugar se concede a elaboraciones teológicas posteriores. En comparación con algunos evangelios apócrifos que tanto abundarán en creaciones legendarias e inverosímiles, son más bien parcos. Si los tres Sinópticos no son biografías modernas, nos ofrecen no obstante muchas informaciones históricas sobre Jesús y los que le siguieron. Pueden compararse con las vidas helenísticas populares, por ejemplo las de Plutarco, que no ocultan su simpatía para con su personaje, pero sin ofrecer un desarrollo psicológico suficiente como para satisfacer los gustos modernos. Pero hay modelos más próximos en el AT, como las historias de Moisés, de Jeremías, de Elías. Los evangelios se distinguen de los modelos paganos por su seriedad ética y su finalidad religiosa, de los modelos veterotestamentarios por su convicción de la superioridad mesiánica de Jesús (por no entrar en más detalles).

Esto no quiere decir, sin embargo, que cada uno de los hechos o de los dichos que refieren pueda tomarse como reproducción rigurosamente exacta de lo que sucedió en la realidad. Las leyes inevitables de todo testimonio humano y de su transmisión disuaden de esperar una tal exactitud material, y los hechos contribuyen a recomendar esta cautela, por cuanto vemos que el mismo relato o la misma sentencia de Cristo se transmite de manera diversa por los diferentes evangelios. Esto, que vale para el contenido de los diversos episodios, vale con mayor razón aún para el orden en el que se hallan organizados entre sí. Este orden varía según los evangelios, y no otra cosa cabía esperar de su compleja génesis, según la cual elementos, transmitidos primeramente de manera aislada, poco a poco se fueron amalgamando y agrupando, reuniendo o separando, por motivos más bien lógicos y sistemáticos que cronológicos. Es preciso reconocer que no pocos hechos o «dichos» evangélicos han perdido su vinculación original con el tiempo o el lugar, y sería a menudo un error tomar a la letra nexos redaccionales tales como «entonces», «luego», «aquel día», «en aquel tiempo», etc.

Pero tales comprobaciones no suponen menoscabo alguno para la autoridad de los libros inspirados. Si el Espíritu Santo no dio a sus intérpretes una perfecta uniformidad en el detalle, es que no concedía a la precisión material importancia para la fe. Más aún, es que buscaba esta diversidad en el testimonio. «Más vale acuerdo tácito que manifiesto», dijo Heráclito. Desde un punto de vista puramente histórico, un hecho que nos atestiguan diversas y aun discordantes tradiciones posee, en su sustancia, una riqueza y una solidez que no sería capaz de conferirle un testimonio perfectamente coherente, pero de una sola tonalidad. Así, algunos «dichos» de Jesús están atestiguados doblemente: según la triple tradición en Mar_8:34-35 = Mat_16:24-25 = Luc_9:23-24, y según la doble tradición en Mat_10:37-39 = Luc_14:25-27. Hay aquí una variante entre formulación negativa y positiva, pero el sentido es el mismo. Podrían citarse una treintena de casos similares, lo cual les da un sólido fundamento histórico. El mismo principio vale para los hechos de Jesús; por ejemplo, el relato de la multiplicación de los panes se nos ha transmitido según dos tradiciones diferentes, Mar_6:35-44 y p.; Mar_8:1-9 y p. No podemos tampoco poner en duda que Jesús haya curado enfermos, con el pretexto de que los detalles de cada relato de curación varíen según sea el narrador. Los relatos del proceso y de la muerte de Jesús, lo mismo que los de las apariciones del Resucitado, son casos más delicados, pero en ellos se aplican los mismos principios para apreciar su valor histórico.

Y aún supone una ventaja el que la diversidad de los testimonios no se deba solamente a las condiciones de su transmisión, sino que sea el resultado de correcciones intencionadas. No cabe duda de que en muchos casos los redactores evangélicos han querido presentar las cosas de forma diferente. Analizar las tendencias propias de cada evangelista es lo que se llama la «crítica de la redacción», crítica que presupone que los evangelistas eran verdaderos autores y teólogos en sentido pleno. Y, antes que ellos, la tradición oral, de la que son herederos, tampoco transmitió los recuerdos evangélicos sin interpretarlos y adaptarlos a las necesidades de la fe viva de que eran portadores. Es para nosotros muy útil conocer, no sólo la vida de Jesús, sino también las preocupaciones de las primeras comunidades cristianas, y las de los mismos evangelistas. Estas tres etapas de la tradición son las que nos dan los evangelios, siempre que los leamos teniendo en cuenta esos tres asientos sucesivos. Los tres niveles son inspirados, los tres proceden de la Iglesia antigua, cuyos responsables representaban el primer magisterio.

El Espíritu Santo, que iba a inspirar a los autores evangélicos, presidía ya todo este trabajo de elaboración previa y lo conducía hacia la consumación de la fe, garantizando sus resultados con esa verdadera inerrancia que no reside tanto en la materialidad de los hechos como en el mensaje de salvación que en sí contienen.

El evangelio según San Mateo.
Las mismas grandes líneas de la vida de Jesús que vemos en san Marcos se encuentran en el evangelio de San Mateo, pero el acento se pone de otro modo. El plan, en primer lugar, es diferente. Los relatos se alternan con los discursos: 1-4, relato: infancia y comienzo del ministerio; 5-7, discurso: sermón del monte (bienaventuranzas, entrada en el Reino); 8-9, relato: diez milagros que muestran la autoridad de Jesús, invitación a los discípulos; 10: discurso misionero; 11-12, relato: Jesús rechazado por «esta generación»; 13, discurso: siete parábolas sobre el reino; 14-17, relato: Jesús reconocido por los discípulos; 18 discurso: la vida comunitaria en la Iglesia; 19-22 relato: autoridad de Jesús, última invitación; 23-25, discurso apocalíptico: calamidades, venida del reino; 26-28, relato: muerte y resurrección. Es de observar la correspondencia de los relatos (natividad y vida nueva, autoridad e invitación, rechazo y reconocimiento), y la relación entre los discursos primero y quinto, y entre el segundo y el cuarto; el tercer discurso constituye el centro de la composición. Como por otra parte Mateo reproduce de manera más completa que Marcos la enseñanza de Jesús (que en gran parte tiene en común con Lucas) e insiste en el tema del «reino de los Cielos», Mat_3:2; Mat_4:17+, su evangelio puede caracterizarse como una instrucción narrativa sobre la venida del reino de los Cielos.

Este reino de los Cielos (= de Dios), que debe restablecer entre los hombres la autoridad soberana de Dios como Rey finalmente reconocido, servido y amado, había sido preparado y anunciado por la antigua alianza. Por eso Mateo, que escribe para una comunidad de cristianos venidos del Judaísmo y sin duda enfrascada en debates con los rabinos, se ciñe particularmente a mostrar en la persona y en la obra de Jesús el cumplimiento de las Escrituras. En cada punto de inflexión de su libro se remite al AT para probar cómo la Ley y los Profetas «se cumplen», es decir, no sólo se realizan en cuanto se esperaba, sino que alcanzan una perfección que los corona y los supera. Así lo hace a propósito de la persona de Jesús, confirmando con textos escriturísticos su linaje davídico, Mat_1:1-17, su nacimiento de una virgen, Mat_1:23, en Belén, Mat_2:6, su estancia en Egipto, su residencia en Cafarnaún, Mat_4:14-16, su entrada mesiánica en Jerusalén, Mat_21:5, Mat_21:16; refiriéndose a su obra, de curaciones milagrosas, Mat_11:4-5, de enseñanza que «cumple» la Ley, Mat_5:17, dándole una interpretación nueva y más interior, Mat_5:21-48; Mat_19:3-9, Mat_19:16. Y con no menor energía subraya cómo la apariencia humilde de esta persona y el fracaso aparente de esta obra resulta que cumplen también las Escrituras: la matanza de los inocentes, Mat_2:17 s, la infancia oculta en Nazaret, Mat_2:23, la mansedumbre compasiva del «Siervo», Mat_12:17-21; ver Mat_8:17; Mat_11:29; Mat_12:7, el abandono de los discípulos, Mat_26:31, el precio irrisorio de la traición, Mat_27:9-10, el prendimiento, Mat_26:54, la sepultura durante tres días, Mat_12:40, todo ello era el designio de Dios anunciado por la Escritura. Y del mismo modo, la incredulidad de la gente, Mat_13:13-15, y sobre todo de los discípulos de los fariseos, aferrados a sus tradiciones humanas, Mat_15:7-9, y a quienes no se les puede dar más que una enseñanza misteriosa en parábolas, Mat_13:14-15, Mat_13:35, eso también estaba anunciado por las Escrituras. Es cierto que los otros Sinópticos utilizan también este argumento escriturístico; pero Mateo lo intensifica notablemente hasta el punto de hacer de él un rasgo característico de su evangelio. Esto, unido a la construcción sistemática de su exposición, hace de su obra el documento de la nueva economía que da cumplimiento a los designios de Dios en Cristo.

Para Mateo Jesús es el Hijo de Dios y Emmanuel, Dios con nosotros desde el principio. Al final del evangelio, Jesús en cuanto Hijo del hombre recibe toda autoridad divina sobre el reino de Dios, en los cielos y en la tierra. El título Hijo de Dios reaparece en los momentos decisivos del relato: el bautismo, Mat_3:17; la confesión de Pedro, Mat_16:16; la transfiguración, Mat_17:5; el proceso de Jesús y su crucifixión, Mat_26:63; Mat_27:40, Mat_27:43, Mat_27:54. Unido con aquel título está el de Hijo de David (diez veces, así Mat_9:27), en virtud del cual Jesús es el nuevo Salomón, sabio y curador. Efectivamente Jesús habla como la Sabiduría encarnada, Mat_11:25-30 y Mat_23:37-39. El título Hijo del hombre, que recorre todo el evangelio, culminando en la última escena majestuosa, Mat_28:18-20, viene de Dan_4:17 [Dan_4:20] y Dan_7:13-14, donde se halla en estrecha relación con el tema del reino.

El anuncio de la venida del reino comporta una conducta humana que en Mateo se expresa sobre todo por la búsqueda de la justicia y la obediencia a la Ley. La justicia, tema preferido de Mateo (Mat_3:15; Mat_5:6, Mat_5:10, Mat_5:20; Mat_6:1, Mat_6:33; Mat_21:32), es aquí la respuesta humana de obediencia a la voluntad del Padre, más bien que el don divino del perdón que es como la entiende San Pablo. La validez de la Ley (Torá) mosaica queda afirmada, Mat_5:17-20, pero la explicación que de ella hacen los fariseos se rechaza frente a la interpretación que le da Jesús, quien insiste sobre todo en los preceptos éticos, en el Decálogo y en los grandes mandamientos del amor a Dios y al prójimo, y habla de otros temas (el divorcio, Mat_5:31-32; Mat_19:1-10) en la medida en que tienen un aspecto moral.

Entre los evangelistas distingue también a Mateo su interés explícito por la Iglesia, Mat_16:18; Mat_18:17 (dos veces), la comunidad de los creyentes a la que procura dar principios de conducta y jefes autorizados. Estos principios se recuerdan en los grandes discursos, sobre todo en el cap. 18, que contiene directrices sobre cómo tomar decisiones y resolver conflictos: la solicitud por la oveja descarriada y por los pequeños, el perdón y la humildad. Mateo no tiene el triple ministerio de los obispos, los presbíteros y los diáconos, pero menciona a los sabios o a los jefes instruidos, y en particular a los apóstoles, con Pedro a su cabeza, Mat_10:2, que participan de la autoridad de Jesús mismo, Mat_10:40; Mat_9:8, y también a los profetas, los escribas, los sabios, Mat_10:41; Mat_13:52; Mat_23:34. Como juez de última instancia está Pedro, Mat_16:19. Dado que el poder, aunque necesario, es peligroso, los jefes deben tener humildad, Mat_18:1-9. Mateo no se hace ninguna ilusión respecto de la Iglesia. El que menos se piensa puede claudicar (incluso Pedro, Mat_26:69-75); los profetas pueden decir mentiras, Mat_7:15; en la Iglesia santos y pecadores se hallan mezclados hasta la última criba, Mat_13:36-43; Mat_22:11-14; 25. No obstante, la Iglesia es enviada en misión al mundo entero, Mat_28:18-20. El estilo de vida apostólica o misionera se describe en 9:36-11:1. Todo el evangelio está encuadrado por el formulario según el cual Dios se une con su pueblo por medio de Jesucristo, Mat_1:23 y Mat_28:18-20. Los rechazados del antiguo Israel, Mat_21:31-32, junto con los gentiles convertidos, se convierten en el nuevo pueblo de Dios, Mat_21:43. Es comprensible que este evangelio tan completo y tan bien estructurado, redactado en un lenguaje menos sabroso, pero más correcto que el de Marcos, fuera recibido y utilizado con predilección por la Iglesia naciente.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |Mar_1:12-13; |Luc_4:1-13; Deu_8:2

NOTAS

4 Jesús es conducido al desierto para ser allí tentado durante cuarenta días, como lo había sido antes Israel durante cuarenta años, Deu_8:2; Deu_8:4; ver Núm_14:34. Allí sufre tres tentaciones, subrayadas por tres citas tomadas de Deu 6-8, capítulos dominados (como la ética de Mateo) por el mandamiento de amar a Dios: Deu_6:5. Las tres tentaciones, a primera vista enigmáticas, pueden entenderse (a la luz de la interpretación tradicional judía de Deu_6:5) como tentaciones contra el amor de Dios, valor supremo: a) No amar a Dios «con todo tu corazón», esto es, no someter a Dios tus deseos interiores, revelarse contra el alimento divino el maná. b) No amar a Dios «con toda tu alma», esto es, con tu vida, con tu cuerpo físico, hasta el extremo del martirio si es preciso. c) No amar a Dios «con todas tus fuerzas», esto es, con tus riquezas, lo que se posee, los bienes exteriores. Al final, Jesús se muestra como uno que ama a Dios perfectamente.

4:1 (a) El Espíritu Santo. «Soplo» y energía creadora de Dios, que dirigía a los profetas, Isa_11:2+; Jue_3:10+, va a dirigir ahora a Jesús mismo en el cumplimiento de su misión, ver Mat_3:16+; Luc_4:1+, como más tarde dirigirá los comienzos y el desarrollo de la Iglesia, Hch_1:8+.

4:1 (b) Este nombre, que quiere decir Acusador, Calumniador, ha traducido a veces el hebreo Satán (Adversario), Job_1:6+; ver Sab_2:24+. El personaje que lo lleva, dado que se dedica a hacer caer a los hombres en culpa, es considerado responsable de todo lo que obstaculiza la obra de Dios y de Cristo: Mat_13:39; Jua_8:44; Jua_13:2; Hch_10:38; Efe_6:11; 1Jn_3:8; etc. Su derrota significará la victoria final de Dios, Mat_25:41; Heb_2:14; Apo_12:9; Apo_12:12; Apo_20:2, Apo_20:10.



REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Heb_2:18; Heb_4:15; Sal_69:10 [Sal_69:9]; Éxo_24:18; Éxo_34:28; Deu_9:9; 1Re_19:8

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Job_2:1-7

NOTAS

4:3 El titulo bíblico de «Hijo de Dios» no expresa necesariamente una filiación de naturaleza, sino que puede indicar simplemente una filiación adoptiva resultante de una elección divina que establece entre Dios y su criatura relaciones de una protección particular. Así este título es aplicado a los ángeles, Job_1:6, al Pueblo elegido, Éxo_4:22; Sab_18:13, a los israelitas, Deu_14:1; Ose_2:1 [Ose_1:10]; ver Mat_5:9, Mat_5:45, etc. , a sus jefes, Sal_82:6. Por tanto, cuando se dice del Rey Mesías, 1Cr_17:13; Sal_2:7; Sal_89:27 [Sal_89:26], no exige que éste sea más que humano, y no es necesario suponer más en el pensamiento de Satán, Mat_4:3, Mat_4:6, de los endemoniados, Mar_3:11; Mar_5:7; Luc_4:41, a fortiori del centurión, Mar_15:39, ver Luc_23:47. Incluso las palabras del Bautismo, Mat_3:17, y de la Transfiguración, Mat_17:5, no implicarían de suyo más que el favor especial otorgado al Mesías-Siervo; y la pregunta del sumo sacerdote, Mat_26:63, no parece que va más allá de esta significación mesiánica. Pero el título de «Hijo de Dios» queda abierto en otros pasajes a la significación más elevada de una filiación propiamente dicha, y Jesús lo ha sugerido claramente al designarse como «el Hijo», Mat_21:37, superior a los ángeles, Mat_24:36, que tiene a Dios por «Padre» a título enteramente especial, Jua_20:17 y ver «Padre mío», Mat_7:21, etc. , porque sostiene con él relaciones únicas de conocimiento y de amor, Mat_11:27. Estas declaraciones, apoyadas por otras sobre el rango divino del Mesías, Mat_22:42-46, y sobre el origen celestial del «Hijo del hombre», Mat_8:20+, confirmadas finalmente por el triunfo de la Resurrección, han dado a la expresión «Hijo de Dios» el sentido propiamente divino que se encontrará, por ejemplo, en San Juan, Jua_1:18+. Si los discípulos no tuvieron clara conciencia de ello en vida de Jesús (los textos de Mat_14:33 y Mat_16:16, al añadir esta expresión al texto más primitivo de Mc, reflejan sin duda una fe más evolucionada), la fe que definitivamente adquirieron después de Pascua, con la ayuda del Espíritu Santo, se apoya no menos realmente en las palabras históricas del Maestro, que expresó, hasta donde podían captarlo sus contemporáneos, su conciencia de ser el Hijo propio del Padre.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Deu_8:3

[2] Sab_16:26

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Mat_27:53

[2] Dan_3:28

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Sal_91:11-12

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Deu_6:16

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Apo_21:10

[2] Deu_34:1-4

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Mat_16:23-26

[2] Deu_6:13

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] 1Re_19:5-8; Mat_26:53; Sal_91:11

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |Mar_1:14-15; |Luc_4:14

[2] Jua_4:1-3, Jua_4:43, Jua_4:45

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Mat_13:53 s

NOTAS

4:13 «Nazará», forma muy rara, atestiguada por excelentes autoridades: B Z Orígenes k, ver Luc_4:16 : la masa de testigos ha vuelto a la forma común «Nazaret».

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Isa 8:23—9:1

[2] 1Ma_5:15; Jua_7:52

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Luc_1:79 s; Jua_8:12+; Rom_2:19

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Mat_3:2+

[2] Dan_7:14

NOTAS

4:17 La Realeza de Dios sobre el pueblo elegido, y a través de él sobre el mundo, es el tema central de la predicación de Jesús, como lo era el del ideal teocrático del AT. Implica un Reino de «santos», cuyo Rey verdadero será Dios, porque su reinado será aceptado por ellos con conocimiento y amor. Esta Realeza, comprometida por la rebelión del pecado, debe ser restablecida por una intervención soberana de Dios y de su Mesías, Dan_2:28+; Dan_7:13-14. Es esta intervención la que Jesús, después de Juan Bautista, Mat_3:2, anuncia como inminente, Mat_4:17, Mat_4:23; Luc_4:43. Antes de su realización escatológica definitiva en la que los elegidos vivirán cerca del Padre en la alegría del banquete celestial, Mat_8:11+; Mat_13:43; Mat_26:29, el Reino aparece con comienzos humildes, Mat_13:31-33, misteriosos, Mat_13:11, impugnados, Mat_13:24-30, como una realidad ya comenzada, Mat_12:28; Luc_17:20-21, en relación con la Iglesia, Mat_16:18+. Predicado en el universo por la misión apostólica, Mat_10:7; Mat_24:14; Hch_1:3+, será definitivamente establecido y devuelto al Padre, 1Co_15:24, por el retorno glorioso de Cristo, Mat_16:27; Mat_25:31, en el Juicio final, Mat_13:37-43, Mat_13:47; Mat_25:31-46. Entretanto, se presenta como una gran gracia, Mat_20:1-16; Mat_22:9-10; Luc_12:32, aceptada por los humildes, Mat_5:3; Mat_18:3-4; Mat_19:14, Mat_19:23-24, y los abnegados, Mat_13:44-46; Mat_19:12; Mar_9:47; Luc_9:62; Luc_18:29, rechazada por los soberbios y los egoístas, Mat_21:31-32, Mat_21:43; Mat_22:2-8; Mat_23:13. Sólo se entra en él con la vestidura nupcial, Mat_22:11-13, de la vida nueva, Jua_3:3; Jua_3:5; hay excluidos, Mat_8:12; 1Co_6:9-10; Gál_5:21. Hay que velar para estar a punto cuando venga de improviso, Mat_25:1-13.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |Mar_1:16-20; |Luc_5:1-11

[2] Jua_1:35-42

[3] Mat_10:2

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jua_21:3

[2] 2Re_6:19; Eze_47:10; Mat_8:19-22; Mat_13:47-50; Mat_19:27

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |Mar_1:39; Mar_3:7-8; |Luc_4:14-15, Luc_4:44; Luc_6:17-18; =Mat_9:35; Isa_35:5

NOTAS

4:23 Las curaciones milagrosas son la señal preferente del advenimiento mesiánico, ver Mat_10:1, Mat_10:7; Mat_11:4.

NOTAS

4:24 (a) Este término designa un vasto territorio dividido en tres grandes provincias, entre las cuales estaban «Siria-Palestina». Mt quiere indicar aquí el amplio eco de la palabra de Jesús.

4:24 (b) Ahora los llamamos «epilépticos», ver Mat_17:15.

NOTAS

4:25 La Decápolis era una agrupación de diez ciudades libres con su territorio, diseminadas sobre todo al este y al nordeste del Jordán hasta incluir Damasco.