Jeremías  36 Biblia de Jerusalen (Desclee, 2009) | 32 versitos |
1 El año cuarto de Joaquín*, hijo de Josías, rey de Judá, dirigió Yahvé estas palabras a Jeremías:
2 Toma un rollo de escribir y apunta en él todas las palabras que te he comunicado tocante a Israel, a Judá y a todas las naciones, desde la fecha en que te vengo hablando —desde los tiempos de Josías hasta hoy—.
3 A ver si la Casa de Judá se entera de todo el mal que he pensado hacerle, de modo que abandone cada cual su mal camino, y entonces pueda yo perdonarles su culpa y su pecado.
4 Llamó, pues, Jeremías a Baruc, hijo de Nerías, y apuntó Baruc al dictado de Jeremías todas las palabras que Yahvé le había hablado, en un rollo de escribir*.
5 Dio Jeremías a Baruc estas instrucciones: «Yo estoy detenido y no puedo ir al templo de Yahvé.
6 Así que ve tú y lee en voz alta las palabras de Yahvé que yo te he dictado y que has apuntado en el rollo. Léelas en público, en el templo de Yahvé, aprovechando un día de ayuno. Y las lees también ante todos los de Judá que vienen de sus ciudades.
7 A ver si presentan sus súplicas a Yahvé y abandona cada cual su mal camino, porque grande es la ira y la cólera con las que ha hablado Yahvé a este pueblo.»
8 Baruc, hijo de Nerías, hizo todo lo que le había mandado el profeta Jeremías: leyó en el templo de Yahvé las palabras de Yahvé que estaban escritas en el libro.
9 Precisamente en el año quinto de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, el mes noveno*, se proclamaba ayuno general delante de Yahvé, tanto para el pueblo de Jerusalén como para toda la gente venida de las ciudades de Judá a Jerusalén.
10 Baruc, pues, leyó en el libro las palabras de Jeremías en el templo de Yahvé, en la estancia de Guemarías, hijo de Safán el escriba, en el patio alto, a la entrada de la Puerta Nueva del templo de Yahvé. Las leyó ante toda la gente.
11 Cuando Miqueas, hijo de Guemarías, hijo de Safán, oyó todas las palabras de Yahvé escritas en el libro,
12 bajó al palacio real, al cuarto del escriba, y se encontró allí con todos los dignatarios: el escribano Elisamá, Delaías, hijo de Semaías, Elnatán, hijo de Acbor, Guemarías, hijo de Safán, Sedecías, hijo de Jananías, y todos los demás.
13 Entonces les transmitió Miqueas todas las palabras del libro que había oído leer a Baruc delante de toda la gente.
14 Entonces los dignatarios enviaron a donde Baruc a Yehudí, hijo de Natanías, hijo de Selemías*, hijo de Cusí, para que le dijese: «Toma el rollo que has leído en voz alta ante la gente y tráelo personalmente.» Baruc, hijo de Nerías, tomó el rollo y se dirigió adonde estaban ellos.
15 Le dijeron: «Ven, siéntate y ten a bien leérnoslo a nosotros.» Y Baruc se lo leyó.
16 En cuanto oyeron todas aquellas palabras, se asustaron y se dijeron unos a otros: «Anunciemos sin falta al rey todas estas palabras.»
17 Y a Baruc le pidieron: «Explícanos cómo has escrito todas estas palabras*
18 Les dijo Baruc: «Al dictado. Él me recitaba todas estas palabras* y yo las iba escribiendo en el libro con tinta.»
19 Dijeron los jefes a Baruc: «Vete, escondeos tú y Jeremías, y que nadie sepa dónde estáis.»
20 Fueron adonde el rey, a la corte (el rollo lo consignaron en la estancia de Elisamá el escriba), y transmitieron personalmente al monarca todas aquellas palabras.
21 Entonces mandó el rey a Yehudí que trajera el rollo. Yehudí lo tomó de la estancia de Elisamá el escriba y lo leyó en voz alta ante el rey y todos los dignatarios que estaban en torno al monarca.
22 El rey estaba instalado en el salón de invierno —era en el mes noveno—, con un brasero* delante encendido.
23 Cada vez que Yehudí leía tres o cuatro hojas, él las rasgaba con el cortaplumas del escriba y las echaba al fuego del brasero, hasta terminar con todo el rollo en el fuego del brasero.
24 Ni el rey ni ninguno de sus dignatarios se asustaban ni rasgaban sus vestidos mientras escuchaban la lectura.
25 Y por más que Elnatán, Delaías y Guemarías suplicaron al rey que no quemara el rollo, no les hizo caso.
26 Luego el rey ordenó a Yerajmeel, hijo del rey*, a Serayas, hijo de Azriel, y a Selemías, hijo de Abdel, que arrestaran al escriba Baruc y al profeta Jeremías. Pero Yahvé los había ocultado.
27 Después de que el rey hubo quemado el rollo y todo lo que había escrito Baruc al dictado de Jeremías, dirigió Yahvé estas palabras a Jeremías:
28 «Coge otro rollo y escribe en él todo lo que antes había en el primer rollo que quemó Joaquín, rey de Judá.
29 Y a Joaquín, rey de Judá, le dices: Esto dice Yahvé: Tú has quemado aquel rollo, diciendo: ‘¿Por qué has escrito en él que vendría sin falta el rey de Babilonia y que destruiría esta tierra, llevándose cautivos de ella a hombres y bestias?’
30 Pues bien, esto dice Yahvé a propósito de Joaquín, rey de Judá: No tendrá quien le suceda en el trono de David; su propio cadáver yacerá tirado, expuesto al calor del día y al frío de la noche.
31 Yo castigaré sus culpas y las de su linaje y sus siervos, y traeré sobre ellos y sobre todos los habitantes de Jerusalén y los hombres de Judá todas las desgracias que les anuncié, sin que hicieran caso.»
32 Entonces Jeremías tomó otro rollo, que entregó al escriba Baruc, hijo de Nerías, quien volvió a escribir al dictado de Jeremías todas las palabras del libro que había quemado Joaquín, rey de Judá, e incluso se añadieron a aquéllas otras muchas por el estilo.

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Introducción a Jeremías 

Jeremías.
Poco más de un siglo después de Isaías, hacia el 650 a. C., nacía Jeremías de una familia sacerdotal residente en los alrededores de Jerusalén. Conocemos su vida y carácter mejor que los de ningún otro profeta por los relatos biográficos en tercera persona de que está sembrado su libro, y cuyo orden cronológico es el siguiente: 19:1-20:6; 26; 36; 45; 28-29; Jer_51:59-64; Jer_34:8-22; 37-44 . Las «Confesiones de Jeremías»: 11:18-12:6; Jer_15:10-21; Jer_17:4-18; Jer_18:18-23; Jer_20:7-18, proceden del profeta mismo. No constituyen una autobiografía, pero sí son un testimonio emocionante de las crisis interiores que atravesó y que se describen en el estilo de los Salmos de súplica. Llamado por Dios muy joven aún, el 626, el año trece de Josías, Jer_1:2, le tocó vivir el trágico período en que se preparó y consumó la ruina del reino de Judá. La reforma religiosa y la restauración nacional de Josías despertaron esperanzas que fueron destruidas por la muerte del rey en Meguidó el 609 y por el cambio del mundo oriental, la caída de Nínive el 612 y la expansión del imperio caldeo. Desde el 605, Nabucodonosor impuso su dominio en Palestina, Judá se rebeló por instigación de Egipto, que intrigaría hasta el fin y, el 597, Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó a una parte de sus habitantes. Una nueva rebelión hizo volver a los ejércitos caldeos, el 587 fue tomada Jerusalén, incendiado el templo, y tuvo lugar la segunda deportación. Jeremías vivió esta dramática historia predicando y amenazando en vano a los reyes incapaces que se sucedían en el trono de David; fue acusado de derrotismo por los militares, perseguido y encarcelado. Después de la toma de Jerusalén, y aun cuando veía en los desterrados la esperanza del porvenir, Jeremías prefirió permanecer en Palestina junto a Godolías, el gobernador nombrado por los caldeos. Pero éste fue asesinado, y un grupo de judíos, temeroso de las represalias, huyó a Egipto llevándose consigo al profeta. Probablemente murió allí.

El drama de esta vida no estriba sólo en los acontecimientos en que Jeremías se vio envuelto, sino también en el mismo profeta. Era de alma tierna, hecha para amar, y fue enviado para «extirpar y destruir, reconstruir y plantar» Jer_1:10; le tocó sobre todo predecir desgracias, Jer_20:8. Tenía ansias de paz y hubo de estar siempre en lucha: contra los suyos, contra los reyes, los sacerdotes, los falsos profetas, contra todo el pueblo, «varón discutido y debatido por todo el país», Jer_15:10. Se vio desgarrado por una misión a la que no podía sustraerse, Jer_20:9. Sus diálogos interiores con Yahvé están sembrados de gritos de dolor: «¿Por qué ha resultado mi penar perpetuo?», Jer_15:18, y aquel pasaje patético que se anticipa a Job: «Maldito el día en que nací...», Jer_20:14, etc.

Pero este sufrimiento acrisoló su alma y la abrió al trato con Dios. Lo que nos hace a Jeremías tan querido y tan nuestro es la religión interior y cordial que él mismo practicó antes de formularla en el anuncio de la Nueva Alianza, Jer_31:31-34. Esta religión personal le llevó a profundizar en la enseñanza tradicional: Dios sondea los entresijos y los corazones, Jer_11:20, retribuye a cada uno según sus obras, Jer_31:29-30; la amistad con Dios, Jer_2:2, se rompe con el pecado, que sale del corazón malvado, Jer_4:4; Jer_17:9; Jer_18:12. Este aspecto afectivo le emparenta con Oseas, cuyo influjo experimentó; esta interiorización de la Ley, esta función del corazón en las relaciones con Dios, esta preocupación por la persona individual le aproximan al Deuteronomio. Jeremías vio ciertamente de manera favorable la reforma de Josías, inspirada en este libro, pero recibió una cruel desilusión por su ineficacia para cambiar la vida moral y religiosa del pueblo.

La misión de Jeremías fracasó en vida suya, pero su figura no dejó de agrandarse después de su muerte. Por su doctrina de una Alianza nueva, fundada en la religión del corazón, fue el padre del Judaísmo en su línea más pura, y su influjo se nota en Ezequiel, en la segunda parte de Isaías y en varios salmos. La época macabeica le cuenta entre los protectores del pueblo, 2Ma_2:1-8; 2Ma_15:12-16. Al sacar a primer plano los valores espirituales, al poner de manifiesto las íntimas relaciones que el alma ha de mantener con Dios, preparó la Nueva Alianza cristiana, y su vida de abnegación y sufrimientos en servicio de Dios, que bien pudo prestar algunos rasgos para la imagen del Siervo en Is 53, convierte a Jeremías en figura de Cristo.

Esta influencia duradera supone que las enseñanzas de Jeremías se leyeron, meditaron y comentaron con frecuencia. Esta labor de toda una descendencia espiritual se refleja en la composición de su libro, que no se presenta, ni mucho menos, como obra escrita de una vez. Además de los oráculos poéticos y de los relatos biográficos, contiene discursos en prosa en un estilo afín al del Deuteronomio. Su autenticidad ha sido impugnada y han sido atribuidos a redactores «deuteronomistas» posteriores al Destierro. En realidad, su estilo es el de la prosa judía del siglo VII y comienzos del VI a. C., su teología es la de la corriente religiosa a la que pertenecen tanto Jeremías como el Deuteronomio. Son el eco auténtico de la predicación de Jeremías, recogida por sus oyentes. Toda esta tradición jeremiana no se ha transmitido en una forma única. La versión griega ofrece una recensión notablemente más corta (un octavo) que el texto masorético y a menudo diferente en detalles; los descubrimientos de Qumrán prueban que las dos recensiones existían en hebreo. Además, el griego coloca los oráculos contra las naciones después de Jer_25:13, y en orden distinto al hebreo, que los relega al final del libro, 46-51. Estas profecías quizá formaran primeramente una colección particular y no todas procedan de Jeremías: al menos, los oráculos contra Moab y Edom han sido fuertemente rehechos y el largo oráculo contra Babilonia, 50-51, data del final del Destierro. El cap. 52 se nos presenta como un apéndice histórico, paralelo de 2Re_24:18-25:30. Otros complementos de menor extensión fueron insertados a lo largo del libro y atestiguan el uso que de él hacían y la estima en que lo tenían los cautivos de Babilonia y la comunidad renaciente después del Destierro. Hay también abundancia de duplicados que suponen una labor redaccional. Finalmente las indicaciones cronológicas, que son numerosas, no se suceden con orden. El desorden actual del libro es resultado de un largo trabajo de composición, cuyas etapas es harto difícil reconstruir una por una.

No obstante, el cap. 36 nos da valiosas indicaciones: el 605, Jeremías dicta a Baruc los oráculos que había pronunciado desde el comienzo de su ministerio, Jer_36:2, es decir, desde el 626. Este rollo, quemado por Joaquín, volvió a ser escrito y fue además completado, Jer_36:32. Acerca del contenido de esta colección tan sólo caben hipótesis. Parece que le servía de introducción Jer_25:1-12 y agrupaba las piezas anteriores al 605, que se hallaban en los caps. 1-18, pero también contenía, según Jer_36:2, oráculos antiguos contra las naciones a las que se refiere Jer_25:13-38. Se incluyó allí el apartado de las «Confesiones», cuyo detalle se ha expuesto anteriormente. También se añadieron dos opúsculos sobre los reyes, 21:11-23:8, y sobre los profetas, Jer_23:9-40, que pudieron existir anteriormente por separado.

Así se distinguen ya dos partes en el libro: una contiene amenazas contra Judá y Jerusalén, 1:1-25:13; la otra, profecías contra las naciones, Jer_25:13-38 y 46-51. Una tercera parte está constituida por 26-35, donde se han reunido en un orden arbitrario trozos que ofrecen un tono más optimista. Casi todas estas piezas están en prosa y en gran parte proceden de una biografía de Jeremías, que se atribuye a Baruc. Grupo aparte forman los caps. 30-31, que son un opúsculo poético de consolación. La cuarta parte, 36-44, en prosa, prosigue la biografía de Jeremías y relata sus sufrimientos durante y después del sitio de Jerusalén, y concluye con Jer_45:1-5, que viene a ser como la firma de Baruc.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas

Jeremías  36,1
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] LXX: 43

NOTAS

36 Sobre este rollo que contenía los oráculos que Jeremías había dictado a su secretario, Baruc, ver la Introducción.

36:1 Año 605. Joaquín acababa de someterse a Nabucodonosor y se sentía seguro.


Jeremías  36,4
NOTAS

36:4 Algunos críticos proponen que se traslade aquí Jer_36:9.

Jeremías  36,5
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jer_20:1-2

Jeremías  36,9
NOTAS

36:9 Diciembre del 604.

Jeremías  36,10
REFERENCIAS CRUZADAS

[1] Jer_26:24+

Jeremías  36,14
NOTAS

36:14 «hijo de Selemías», hebr.; «y Selemías» conj.

Jeremías  36,17
NOTAS

36:17 El hebr. añade «al dictado de él», omitido por griego; probablemente se trata de una ditografía, ver nota al v. siguiente.

Jeremías  36,18
NOTAS

36:18 Lit. «De su boca, él me iba recitando todas estas razones...» -Son a la vez las «palabras de Jeremías», Jer_36:10, y las «palabras de Yahvé», Jer_36:6, Jer_36:8, Jer_36:11, ver Jer_36:4. El profeta es con toda verdad la «boca de Dios», Jer_1:9; Jer_15:19. Ver Éxo_4:15-16.

Jeremías  36,22
NOTAS

36:22 «con un brasero» hebr.; «el fuego de un brasero» versiones.

Jeremías  36,26
NOTAS

36:26 El título de «hijo del rey», ver Jer_38:6; 1Re_22:26-27, denota una función en la corte, quizá, según el contexto, el de oficial de policía.