II Crónicas  6 Biblia Jerusalén (1998) | 42 versitos |
1 Entonces Salomón dijo: "Yahvé puso el sol en los cielos, pero ha decidido habitar en densa nube.
2 He querido erigirte una morada principesca, un lugar donde habites para siempre."
3 El rey, volviéndose, bendijo a toda la asamblea de Israel, que se mantenía en pie.
4 Dijo: "Bendito sea Yahvé, Dios de Israel, que habló por su boca a mi padre David, y ha cumplido por su mano lo que dijo:
5 "Desde el día en que saqué de la tierra de Egipto a mi pueblo Israel, no he elegido ninguna ciudad entre todas las tribus de Israel para edificar un templo en el que resida mi Nombre (y no elegí tampoco ningún varón que fuera príncipe sobre mi pueblo Israel,
6 pero he elegido a Jerusalén para que resida allí mi Nombre) y he elegido a David para que esté al frente de mi pueblo Israel."
7 "Mi padre David acariciaba en su corazón el propósito de construir un templo al Nombre de Yahvé, Dios de Israel.
8 Pero Yahvé dijo a David, mi padre: "Has acariciado en tu corazón el deseo de construir un templo a mi Nombre; has hecho bien en ello.
9 Pero no serás tú el que construya el templo a mi Nombre. Un hijo tuyo, salido de tus entrañas, será quien construya el templo a mi Nombre."
10 Yahvé ha cumplido la promesa que pronunció. Me ha establecido como sucesor de mi padre David y me he sentado sobre el trono de Israel, como Yahvé había dicho, y he construido el templo al Nombre de Yahvé, Dios de Israel;
11 y he fijado en él un lugar para el arca en la que se encuentra la alianza que Yahvé pactó con los israelitas."
12 Salomón se puso en pie ante el altar de Yahvé, frente a toda la asamblea de Israel, y extendió las manos.
13 Salomón había hecho un estrado de bronce de cinco codos de largo, cinco codos de ancho, y tres codos de alto, que había colocado en medio del atrio; poniéndose sobre él se arrodilló frente a toda la asamblea de Israel. Y extendiendo sus manos hacia el cielo,
14 dijo: "Yahvé, Dios de Israel, no hay Dios como tú ni en el cielo ni en la tierra; tú que guardas la alianza y la fidelidad a tus siervos que caminan ante ti de todo corazón;
15 que has mantenido a mi padre David la promesa que le hiciste y que has cumplido en este día con tu mano lo que con tu boca habías prometido.
16 Ahora, pues, Yahvé, Dios de Israel, mantén a tu siervo David, mi padre, la promesa que le hiciste, diciéndole: "Nunca te faltará uno de los tuyos en mi presencia que se siente en el trono de Israel, siempre que tus hijos guarden su camino, andando en mi Ley, procediendo ante mí como tú has procedido."
17 Y ahora, Dios de Israel, cúmplase la palabra que dijiste a tu siervo David.
18 ¿Habitará Dios con los hombres en la tierra? Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos este templo que yo te he construido!
19 Inclínate a la plegaria y a la súplica de tu siervo, Yahvé, Dios mío. Escucha el clamor y la plegaria que tu siervo entona en tu presencia.
20 ¡Que día y noche tus ojos estén abiertos hacia este templo, hacia este lugar del que dijiste: "Allí estará mi Nombre". Escucha la súplica de tu siervo que entona en dirección a este lugar!
21 "Escucha la plegaria de tu siervo Israel, tu pueblo, que entone en dirección a este lugar. Escucha tú, hacia el lugar de tu morada, hacia el cielo, escucha y perdona.
22 "Si un hombre peca contra su prójimo y éste pronuncia una imprecación ante tu altar en este templo,
23 escucha tú en los cielos; intervén y juzga a tus siervos; declara culpable al malo, de modo que su conducta recaiga sobre su cabeza, e inocente al justo, retribuyéndole según su justicia.
24 "Cuando tu pueblo Israel haya sido derrotado por un enemigo por haber pecado contra ti, y se vuelva a ti y alabe tu Nombre, ore y suplique ante ti en este templo,
25 escucha tú en el cielo y perdona el pecado de tu pueblo Israel, y devuélvelos a la tierra que diste a sus padres.
26 "Cuando, por haber pecado contra ti, los cielos se cierren y deje de haber lluvia, y acudan a orar en este lugar y alaben tu Nombre, y se conviertan de su pecado porque los humillaste,
27 escucha tú en el cielo y perdona el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, enseñándoles el buen camino que deberán seguir, y envía lluvia a tu tierra, la que diste en herencia a tu pueblo.
28 "Cuando en el país haya hambre, peste, tizón, añublo, langosta o pulgón, cuando el enemigo ponga asedio a una de sus puertas, en la desgracia o la enfermedad
29 de cualquier persona o de todo el pueblo de Israel, que conozca la aflicción en su corazón, eleve plegarias y súplicas, y extienda sus manos hacia este templo,
30 escucha tú en el cielo, lugar de tu morada, perdona e intervén, dando a cada uno según su conducta, tú que conoces su corazón, - tú el único que conoce el corazón de los hijos de los hombres -,
31 de modo que te respeten a lo largo de los días que vivan en la tierra que diste a nuestros padres.
32 "También al extranjero, al que no es de tu pueblo y viene de un país lejano a orar en este templo a causa de tu gran Nombre, tu mano fuerte y tu tenso brazo,
33 escúchalo tú en el cielo, lugar de tu morada; haz al extranjero según lo que te pida, para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu Nombre y te respeten como tu pueblo Israel, y reconozcan que tu Nombre es invocado en este templo que yo te he construido.
34 "Cuando tu pueblo salga a la guerra contra el enemigo, por el camino por el que le envíes, y supliquen a Yahvé vueltos hacia la ciudad que has elegido y hacia el templo que he construido para tu Nombre,
35 escucha tú en el cielo su oración y su plegaria, y hazles justicia.
36 Cuando pequen contra ti - pues no hay hombre que no peque - y tú, irritado contra ellos, los entregues al enemigo y sus vencedores los deporten al país enemigo, lejano o próximo,
37 si en la tierra de su cautividad se convierten en su corazón y te suplican diciendo: "Hemos pecado, hemos actuado perversamente, nos hemos hecho culpables";
38 si en el país de los enemigos que los deportaron se vuelven a ti con todo su corazón y con toda su alma y te suplican vueltos hacia la tierra que diste a sus padres y hacia la ciudad que has elegido y el templo que he edificado a tu Nombre,
39 escucha tú en el cielo, lugar de tu morada, su oración y su plegaria, hazles justicia y perdona lo que ha pecado contra ti.
40 "Estén abiertos tus ojos y atentos tus oídos, Dios mío, a la súplica que se haga en este lugar.
41 Y ahora ¡levántate, Yahvé Dios, hacia tu reposo, tú y el arca de tu fuerza! ¡Que tus sacerdotes, Yahvé Dios, se revistan de salvación, y tus fieles gocen de la felicidad!
42 Yahvé, Dios mío, no rechaces el rostro de tu Ungido; acuérdate de las misericordias otorgadas a David tu siervo."

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Introducción a II Crónicas 

LOS LIBROS DE LAS CRÓNICAS DE ESDRAS Y NEHEMÍAS

Introducción
El AT comprende un segundo grupo de libros históricos que en gran parte reiteran y luego prosiguen la historia deuteronomista que abarca de Josué al fin de los Reyes. Se trata de los dos libros de las Crónicas, y además del libro de Esdras y, según la opinión común, del libro de Nehemías. Los dos libros de las Crónicas formaban primitivamente uno solo, y los libros de Esdras y Nehemías integraban el mismo conjunto, obra de un solo autor. No sólo encontramos en ellos el mismo estilo y las mismas ideas fundamentales, sino que la repetición, al comienzo de Esd 1, de los versículos con que concluye 2 Cro 36, certifica la unidad de composición.

Son, pues, los libros de las Crónicas (según el título hebreo; la Biblia griega y la Vulgata los llaman «Paralipómenos», es decir, los libros que refieren las «cosas omitidas», que añaden un complemento) obra del Judaísmo postexílico, de una época en que el pueblo, privado de su independencia política, gozaba con todo de una especie de autonomía reconocida por los dueños del Oriente: vivía bajo la dirección de sus sacerdotes, según las reglas de su ley religiosa. El Templo y sus ceremonias eran el centro de la vida nacional. Pero este marco legalista y ritual recibe vida de una corriente de piedad personal, de las doctrinas sapienciales, del recuerdo de las glorias o de las debilidades del pasado y de la confianza en las promesas de los profetas.

El autor de las Crónicas, un levita de Jerusalén, es profundamente adicto a este medio.

Escribe después de Esdras y Nehemías, bastante tiempo después, puesto que puede combinar a su gusto las fuentes que a aquéllos se refieren. La fecha más probable parece ser el comienzo de la época griega, antes del año 300 a. C. El libro recibió después adiciones procedentes de una o de varias manos. En especial fueron ampliados los cuadros genealógicos de 1 Cro 2-9 y se añadieron listas de nombres, probablemente las de los partidarios de David, 1 Cro 12, las de sacerdotes y levitas, 1 Cro 15, y la larga adición de 23:3-27:34, que es un recuento del personal cultual y administrativo de David.

Estos complementos, que posiblemente utilizaron excelentes documentos, siguen la línea de pensamiento del Cronista.

Muestra gran interés por el Templo. El clero desempeña en su obra un papel preeminente: no sólo los sacerdotes y los levitas, según el espíritu del Deuteronomio y de los textos sacerdotales del Pentateuco, sino también las clases inferiores del clero, los porteros y los cantores, equiparados en adelante a los levitas. La santificación del clero se extiende a los seglares mediante la participación de éstos en los sacrificios de comunión, que ante el Cronista recuperan su antigua importancia. Esta comunidad santa no se restringe exclusivamente a los de Judá: por encima de la apostasía del reino de Israel, del que habla lo menos posible, se imagina a las Doce Tribus unidas bajo el cetro de David y, por encima de las circunstancias del momento, espera la reunión de todos los hijos de Israel. Ni aun los mismos paganos quedan excluidos de la oración del Templo. «Israel» es para él todo el pueblo fiel, con el que Dios había concertado en otro tiempo una alianza y con el que ha renovado aquella alianza en la persona de David. Bajo David se realizaron mejor que nunca las condiciones de la teocracia del reino de Dios sobre la tierra; y en el espíritu de David debe vivir la comunidad, con un afán constante de reforma que es una vuelta a las tradiciones, para que Dios le conserve su favor y cumpla sus promesas.

El centro de interés permanente de esta larga historia es el Templo de Jerusalén y su culto, desde los preparativos bajo David hasta la restauración llevada a cabo por la comunidad vuelta del Destierro.

Estos grandes pensamientos del Cronista explican la composición de su obra. Los primeros caps., 1 Cro 1-9, ofrecen listas genealógicas que se detienen más en la tribu de Judá y la descendencia de David, en los levitas y en los habitantes de Jerusalén. Esto sirve de introducción a la historia de David, que ocupa todo el final del primer libro, 10-29. Se omiten las desavenencias con Saúl, así como el pecado con Betsabé, los dramas de familia y las rebeliones, pero se da relieve a la profecía de Natán, 17, y se concede una importancia considerable a las instituciones religiosas: traslado del arca y organización del culto en Jerusalén, 13, 15-16, preparativos para la construcción del Templo, 21-29. David ha levantado el plano, reunido los materiales, ha organizado las funciones del clero hasta en los detalles, y ha dejado la realización a su hijo Salomón. En la historia de éste, 2 Cro 1-9, la construcción del Templo, la oración del rey en la dedicación y las promesas con que Dios corresponde, ocupan la mayor parte. A partir del cisma, el Cronista sólo se preocupa del reino de Judá y de la dinastía davídica. A los reyes se les juzga conforme a su fidelidad o infidelidad a los principios de la alianza, según se aproximen o se aparten del modelo dado por David, 2 Cro 10-36. A los desórdenes siguen las reformas, y las más profundas de éstas son las de Ezequías y Josías; este último rey tiene sucesores impíos que precipitan el desastre, pero las Crónicas concluyen con la autorización dada por Ciro para reconstruir el Templo. Continuación de estas Crónicas, como hemos dicho, son los libros de Esdras y Nehemías.

Para escribir esta historia, el autor se ha valido, en primer lugar, de los libros canónicos: Génesis y Números para las listas del comienzo, y sobre todo Samuel y Reyes. Los utiliza con libertad, elige lo que cuadra a su propósito, añade y corta. Con todo, jamás cita estas fuentes esenciales que nosotros podemos verificar. En cambio, se refiere a cierto número de otras obras, «libros» de los reyes de Israel o de los reyes de Israel y de Judá, un «midrás» del libro de los Reyes, «palabras» o «visiones» de tal o cual profeta, etc. Estos escritos son desconocidos para nosotros y se discute respecto a su contenido y sus mutuas relaciones. Probablemente describían los diversos reinos a la luz de las intervenciones proféticas. Es dudoso que el Cronista se haya valido también de tradiciones orales.

Puesto que el Cronista ha dispuesto de fuentes que nosotros ignoramos y que podían ser dignas de fe, no hay razón para desconfiar, en principio, de todo lo que añade a los libros canónicos que nosotros conocemos. Se ha de examinar cada caso en sí, e investigaciones recientes han vindicado en diversos puntos al Cronista del descrédito en que le tenían muchos exegetas. Pero también se da el caso de que presente noticias incompatibles con el cuadro que trazan Samuel o los Reyes, o bien que modifique a sabiendas lo que dicen estos últimos libros. Este procedimiento —que no tendría excusa en ningún historiador moderno, cuya misión es narrar y explicar la sucesión de los hechos— se justifica por la intención del autor; él no es un historiador, es un teólogo que, a la luz de las experiencias antiguas y, sobre todo, de la experiencia davídica, «medita» sobre las condiciones del reino ideal; hace que el pasado, el presente y el futuro confluyan en una síntesis: proyecta sobre la época de David toda la organización cultual que tiene ante sus ojos, omite todo lo que pudiera empequeñecer a su héroe. Fuera de los datos nuevos que contiene y cuyo valor se puede verificar, su obra no vale tanto para reconstruir el pasado como para ofrecernos un cuadro del estado y de las preocupaciones de su época.

Porque el Cronista escribe para sus contemporáneos. Les recuerda que la vida de la nación depende de su fidelidad a Dios y que esta fidelidad se expresa mediante la obediencia a la ley y a la regularidad de un culto animado por la verdadera piedad. Quiere hacer de su pueblo una comunidad santa, en cuyo favor se realizarán las promesas hechas a David. Los hombres religiosos del Judaísmo contemporáneo de Cristo vivirán en este espíritu, a veces con desviaciones que él no había previsto. Su enseñanza sobre la primacía de lo espiritual y sobre el gobierno divino de todos los acontecimientos del mundo tiene un valor permanente; deberíamos meditarlo en una época como la nuestra, en que la invasión de lo profano parece retrasar indefinidamente el establecimiento del reino de Dios.

Fuente: Nueva Biblia de Jerusalén (1998) - referencias, notas e introducciones a los libros

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Notas


REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |1Re_8:14-21

NOTAS

6:3 Todo este cap. sigue muy de cerca a 1 R 8, cuya redacción deuteronomista y adiciones postexílicas correspondían anticipadamente a las intenciones del Cronista.



REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |1Re_8:22-29


NOTAS

6:13 Este v. es propio del Cronista, pero quizá conserve un recuerdo auténtico: en el Templo había un lugar reservado al rey, ver 2Re_16:18; 2Re_23:3.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |1Re_8:30-51


NOTAS

6:22 «pronuncia» (nasa') griego; «se obligue» (nasa') hebr.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |1Re_8:52

NOTAS

6:40 De la conclusión de la plegaria de Salomón en 1Re_8:51-53, el Cronista omite las referencias a la salida de Egipto, a Moisés y a la elección del pueblo. Lo sustituye con una cita libre del Sal 132, que celebra la entrada del arca en Jerusalén y la alianza davídica, con las promesas mesiánicas hechas a su dinastía.

REFERENCIAS CRUZADAS

[1] |Sal_132:8-10