Isaías 63 La Biblia de Nuestro Pueblo (2006) | 19 versitos |
1 ¿Quién es ése
que viene de Edom,
de Bosra,
con las ropas teñidas de rojo?
¿Quién es ése vestido de gala
que avanza lleno de fuerza?
– Yo, que sentencio con justicia
y soy poderoso para salvar.
2 –¿Por qué están rojos
tus vestidos y la túnica,
como quien pisa la uva?
3 – Yo solo he pisado la uva
y de otros pueblos nadie me ayudaba.
Los pisé con cólera,
los estrujé con furor:
su sangre salpicó mis vestidos
y me manché toda la ropa.
4 Porque es el día
que pienso vengarme,
el año del rescate ha llegado.
5 Miraba sin encontrar un ayudante,
espantado
al no haber quien me apoyara;
pero mi brazo me dio la victoria,
mi furor fue mi apoyo;
6 pisoteé a los pueblos con mi cólera,
los embriagué con mi furor,
para que su sangre bajara a la tierra.
7

Meditación histórica
Sal 77,12-21

Voy a recordar
la misericordia del Señor,
las alabanzas del Señor:
todo lo que hizo por nosotros el Señor,
sus muchos beneficios
a la casa de Israel,
lo que hizo con su compasión
y su gran misericordia.
8 Él dijo: Son mi pueblo,
hijos que no engañarán.
Él fue su salvador
9 en el peligro:
no fue un mensajero ni un enviado,
él en persona los salvó,
por su amor y su clemencia
los rescató, y los liberó
y los llevó siempre en brazos
en todos los peligros.
10 Pero ellos se rebelaron
e irritaron su Santo Espíritu;
entonces él se volvió su enemigo
y luchó contra ellos.
11 Se acordaron del pasado,
del que sacó a su pueblo:
¿Dónde está el que sacó de las aguas
al pastor de su rebaño?
¿Dónde el que metió en su pecho
su Santo Espíritu?
12 ¿El que estuvo
a la derecha de Moisés
guiándolo con su brazo glorioso?
¿El que dividió el mar ante ellos,
ganándose renombre perpetuo?
13 ¿El que los hizo andar
por el fondo del mar
como el caballo
por el desierto sin tropezar,
14 y como ganado que baja al valle?,
el Espíritu del Señor
los llevó al descanso:
así condujiste a tu pueblo
ganándote renombre glorioso.
15

Invocación a Dios Padre
Sal 103

Observa desde el cielo,
mira desde tu morada santa
y gloriosa:
¿dónde está tu celo y tu valor,
tu entrañable ternura y compasión?
No la reprimas,
16 que tú eres nuestro padre:
Abrahán no sabe de nosotros,
Israel no nos conoce;
tú, Señor, eres nuestro padre,
tu Nombre de siempre es
Nuestro Redentor.
17 Señor, ¿por qué nos extravías
lejos de tus caminos
y endureces nuestro corazón
para que no te respete?
Vuélvete, por amor a tus siervos,
a las tribus que te pertenecen.
18 Por un momento nuestros enemigos
se apoderaron de tu pueblo santo,
y pisotearon tu santuario.
19 Estamos como antiguamente,
cuando no nos gobernabas
y no llevábamos tu Nombre.

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Introducción a Isaías

PROFETAS

Libros proféticos. El apelativo de profeta se ha aplicado en la Biblia a los grandes amigos de Dios que han desarrollado un papel decisivo en la historia del pueblo de Israel, ya sea como líderes carismáticos (Abrahán, Moisés, etc.) o como autores inspirados que escribieron esa historia a la luz de la inspiración divina (de Josué a los libros de los Reyes). La Biblia hebrea los denominó con el término genérico de «profetas anteriores», para distinguirlos de los profetas propiamente dichos, los cuales, a su vez, fueron catalogados como «profetas mayores», Isaías, Jeremías y Ezequiel, y los 12 «profetas menores».
«Elección, vocación y misión» podrían resumir la experiencia excepcional de Dios que lanzaron a estos hombres a enfrentarse con el pueblo en momentos decisivos de su historia, para denunciar el pecado, llamar a la conversión, avivar la fe, abrir un horizonte trascendente de esperanza e interpretar los signos de los tiempos a la luz de la revelación divina.

ISAÍAS

La profecía de Isaías. Isaías es el primero de los grandes profetas, cuya personalidad e impacto de su mensaje hizo que bajo su nombre y autoridad se reuniera una colección de escritos proféticos posteriores a su muerte y a su época, formando una obra de conjunto que nos ha sido transmitida como la «profecía de Isaías».
Durante siglos todo el escrito se atribuyó a un solo autor, a Isaías -que en hebreo significa «El Señor salva»-. Hoy día la obra aparece claramente dividida en tres partes: los capítulos 1-39 serían del profeta Isaías propiamente dicho; los capítulos 40-55, de un profeta anónimo que ejerció su ministerio, dos siglos más tarde, entre los desterrados de Babilonia, durante el ascenso de Ciro (553-539 a.C.), y al que conocemos como Isaías II o Deuteroisaías; finalmente, los capítulos 56-66 formarían una colección de oráculos heterogéneos perteneciente a la época del retorno del destierro y de la reconstrucción del templo, a la que se le ha dado el título de Isaías III o Tritoisaías.
A pesar de las diferencias entre sí y del largo período histórico que abarcan las tres partes de la obra (tres siglos), el conjunto del escrito aparece como un todo unitario, portador de un mismo espíritu profético y de una misma visión trascendente de la historia.

Isaías el profeta.
De la persona de Isaías sólo sabemos lo que él mismo dice en su libro y lo que nos deja leer entre líneas: un hombre exquisitamente culto, de buena posición social, quien siguiendo quizás una tradición familiar ocupó un puesto importante en la corte real de Jerusalén. Hijo de un tal Amós, sintió la vocación profética en el año 742 a.C. «el año de la muerte del rey Ozías» (6,1).
Ya metido en su ministerio profético, se casó con una mujer designada como «profetisa» (8,3), de la que tuvo dos hijos, cuyos nombres simbólicos (7,3 y 8,3) se convierten en oráculo vivo sobre la suerte del pueblo. Toda su actividad profética se desarrolló en Jerusalén, durante los reinados de Ozías (Azarías), Yotán (739-734 a.C.), Acaz (734-727 a.C.) y Ezequías (727-698 a.C.).

Su época
. En el terreno de la política internacional, el libro de Isaías nos trasmite los ecos de un período de angustia que discurre bajo la sombra amenazadora del expansionismo del imperio asirio. El año 745 a.C. sube al trono Tiglat Piléser III, consumado y creativo militar. Con un ejército incontrastable va sometiendo naciones con la táctica del vasallaje forzado, los impuestos crecientes, la represión despiadada. Sus sucesores, Salmanazar V (727-722 a.C.) y Senaquerib (704-681 a.C.), siguen la misma política de conquistas. Cae pueblo tras pueblo, entre ellos Israel, el reino del norte, cuya capital, Samaría, es conquistada (722 a.C.), a lo que seguiría, poco después, una gran deportación de israelitas y la instalación de colonos extranjeros en el territorio ocupado.
Mientras tanto, el reino de Judá que ha mantenido un equilibrio inestable ante la amenaza Asiria, se suma, en coalición con otras naciones y contra los consejos de Isaías, a un intento de rebelión, y provoca la intervención armada del emperador que pone cerco a Jerusalén. La capital se libra de modo inesperado: el invasor levanta el cerco, pero impone un fuerte tributo ( 2Re_18:14 ).

Mensaje religioso. Como escritor, Isaías es el gran poeta clásico, dueño de singular maestría estilística; amante de la brevedad, la concisión y las frases lapidarias. En su predicación al pueblo sabe ser incisivo, con imágenes originales y escuetas, que sacuden con su inmediatez.
La visión de la santidad y del poder universal de Dios que ha tenido en su llamada profética dominará toda su predicación. Verá la injusticia contra el pobre y el oprimido como una ofensa contra «el Santo de Israel», su nombre favorito para designar a Dios. Desde esa santidad, tratará de avivar la vacilante fe del pueblo.
A la soberanía de Dios se opone el orgullo de las naciones poderosas, orgullo que será castigado pues el destino de todas las naciones está en sus manos. Es justamente este orgullo -antítesis de la fe, de labrarse su propio destino a través de alianzas con potencias vecinas- el pecado de Judá que más denunciará y fustigará el profeta. Pero a pesar de las infidelidades del pueblo y sus dirigentes, Isaías abrirá un horizonte mesiánico de esperanza: Dios se reservará un «resto» fiel de elegidos, hará que perdure la dinastía de David y convertirá a Jerusalén en el centro donde se cumplirán sus promesas.

Fuente: La Biblia de Nuestro Pueblo (Liturgical Press, 2006),

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Notas

Isaías 63,1-6Llegada del salvador victorioso. Las palabras de este mensaje dan a entender que el final de la deportación y del cautiverio todavía no ha llegado, pero se presagia ya como inminente, como algo que será realizado por el Señor en persona; éste asume en 63,1-6 los rasgos de un guerrero. No dice el texto expresamente que ese guerrero sea el Señor, es el oyente del mensaje quien debe deducir que la liberación que se describe aquí sólo puede realizarla el Señor.


Isaías 63,7-14Meditación histórica. La oración que realiza aquí el profeta -encarnando a toda la comunidad israelita- tiene como trasfondo, en primer lugar, la elección gratuita, y en segundo, la fidelidad divina. Por eso, en el momento de angustia, el pueblo apela a la fidelidad y misericordia divina.
Isaías 63,15-19Invocación a Dios Padre. En los casos de crisis extrema, el hombre desea una intervención especial de la divinidad. ¡Qué mejor que una intervención directa de Dios para poner fin a una situación caótica! ¿Será ése el camino? En nuestras encrucijadas históricas también nosotros anhelamos una intervención divina, y hasta deseamos que en el último segundo las armas de los asesinos no funcionen contra la gente humilde e indefensa, que las bombas queden suspendidas en el aire, que se hundan los portaviones. Y sabemos que Dios puede hacerlo, pero, ¿le corresponde eso a Dios? ¿No será que a fuerza de «creer» tanto en Dios se va perdiendo la fe en el hombre mismo? Y, ¿qué clase de fe en Dios es ésa que riñe con la fe en nosotros mismos, en nuestro destino y en nuestra misión?